Un nuevo modelo productivo para el país

Daniel Gustavo Montamat
Daniel Gustavo Montamat PARA LA NACION
Tras años de cortoplacismo electoralista, el desafío será aprender a trabajar en consensos básicos para poder aprovechar las oportunidades que nos ofrece el reacomodamiento del orden mundial
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16 de marzo de 2015  

El acuerdo con China ha reavivado un debate pendiente de cara al futuro. En buena hora. El eterno presente del populismo gobernante nos acostumbró a los espasmos tácticos detrás de la estrategia del poder perpetuo. Salvo contadas excepciones, la dirigencia política y social se acomodó al cortoplacismo oficial y sucumbió a los cantos de sirena del capitalismo de amigos. La recesión, la inflación y el desempleo terminaron de deshilachar el "modelo de crecimiento con inclusión social" que desde hace tiempo acumula déficits con atraso cambiario, y que ya ha dejado de convencer a propios y a extraños. El modelo productivo de la Argentina que viene debe apuntalarse en consensos básicos, aprovechar las oportunidades que nos ofrece el reacomodamiento del orden mundial, maximizar el valor agregado exportable y potenciar la creación de empleo privado formal.

La Argentina dicotómica no es un invento de los Kirchner; ellos exacerbaron un rasgo idiosincrático que surca toda nuestra historia. Las "o" disyuntivas también dominan la historia de nuestra organización productiva. En el siglo XIX fue "librecambio o proteccionismo"; en el XX, "agro o industria", y en el presente siglo la inercia nos ha retrotraído a la disyuntiva entre aislacionismo o integración, casi un arcaísmo en el mundo de las cadenas globales de valor.

La Argentina de la emancipación rompió con el monopolio comercial impuesto por España en el período colonial. El libre comercio promovió la exportación de cuero, sebo y tasajo a cambio de manufacturas que desplazaron en el mercado doméstico producción artesanal que antes contaba con un mercado protegido. Aquel modelo productivo exportador primario beneficiaba a Buenos Aires, que concentraba la mayor cantidad de saladeros, y perjudicaba al interior, donde predominaba la producción artesanal. Allí empezó la tensión entre librecambistas y proteccionistas. De Angelis, en la Gaceta Mercantil, órgano oficial del período rosista, argumentaba que la protección traía como consecuencia inevitable el aumento de los costos de producción y favorecía a algunas industrias en perjuicio de otras.

Aunque Rosas representaba los intereses ganaderos de la provincia de Buenos Aires que resistían el proteccionismo, para consolidar su poder en el interior tuvo que conceder la ley de aduanas en 1835, que estableció aranceles a la importación. Su gobierno quedó ideológicamente emparentado con un régimen proteccionista que no tuvo mayores consecuencias prácticas (las importaciones inglesas, luego de un corto interregno, volvieron a crecer), pero que dio pie, tras su caída, a una nueva oleada de ideología librecambista.

Desde mediados del siglo XIX hasta fines de siglo -cuando predominaron los cereales y la carne congelada-, surgió la economía lanar. Con la cría del ganado ovino y los establecimientos de esquila se sumó un nuevo producto a las exportaciones tradicionales. El comercio de lana abrió nuevos mercados, promovió nuevas tecnologías y aumentó el valor agregado agropecuario. Pero se exportaba lana en bruto y los productores locales eran tomadores de precios del mercado internacional. Cuando los precios internacionales bajaron se reavivó el debate productivo interno. Rufino Varela, ministro de Carlos Casares (1875-1878), en un discurso ante la Legislatura buscó superar la dicotomía de arrastre: "por libertad de cambio entiendo producto acabado por producto acabado. El día en que nuestras lanas puedan salir de aquí, no digo convertidas en paño, sino en levita completamente concluida para pedirle a Inglaterra el fierro convertido en agujas o en cuerdas de reloj, es decir, el producto concluido de nuestro país, por el producto concluido de Inglaterra". El pensamiento de Varela correspondía a una vertiente industrialista nutrida por figuras como los dos López (Vicente Fidel y Lucio), Pellegrini y Cané, entre otros. El propio Alberdi, ya desde Europa, mostraba empatía con estas ideas cuando sostenía "que el proteccionismo inteligente, liberal y progresista no engorda a los reyes, pero sí a los pueblos".

Toda esta corriente de pensamiento suscribía, sin renunciar a su liberalismo político, a las teorías de la industria infante (Carey) promovidas por los partidarios de la industrialización de los Estados Unidos. José Carlos Chiaramonte identifica este grupo como el de los "liberales nacionalistas", para distinguirlo de los nacionalistas antiliberales y de los liberales librecambistas. La dicotomía proteccionismo o librecambio impidió que el espacio liberal forjara acuerdos básicos para promover el incipiente desarrollo industrial nacional asociado a la cadena de valor agropecuaria, y esa discordia sembró la simiente para que el nacionalismo antiextranjero y corporativo enarbolara en el siglo XX la dicotomía "campo o industria".

El caballo de batalla de la nueva concepción binaria fue el modelo productivo de sustitución de importaciones, otra visión dicotómica y determinista de la realidad económica para la cual el subdesarrollo de la periferia es consustancial al desarrollo del mundo industrializado (países centrales). Corolario que sirvió al mismo tiempo como bálsamo exculpatorio y como premisa de una industrialización forzada a costa de la producción y de la productividad agropecuaria. La dicotomía campo o industria y la consiguiente orientación productiva al mercado doméstico frustraron el debate superador de una estrategia productiva orientada a los mercados internacionales a partir de una plataforma regional. Una estrategia con éxitos probados en la experiencia comparada cuyo debate empezó a insinuarse a partir del Mercosur, unión aduanera concebida en su génesis como nueva escala para el mercado doméstico y para la complementación intraindustrial de sus miembros. El atraso cambiario con salidas divergentes en Brasil (1998) y la Argentina (2002) volvió a clausurar el debate y la posibilidad de una articulación integradora.

Cuando explotó la convertibilidad, los superávits gemelos de la recuperación productiva alentaron expectativas de un nuevo rumbo económico orientado a la producción exportable con valor agregado, pero fue todo fugaz: la institucionalidad populista volvió por sus fueros. Otra vez el retraso cambiario y las medidas discrecionales de protección compensatoria para profundizar la autarquía y demonizar la integración al mundo a partir de la región. Vuelta a una sustitución de importaciones sostenida por los precios excepcionales de la producción agropecuaria exportable de la última década. Otra vez agro o industria, sin tener en cuenta los condicionantes del mundo globalizado.

Los datos señalan que en el último quinquenio, en promedio, las exportaciones de manufacturas de origen industrial (MOI) fueron de US$ 25.000 millones por año, y el déficit de la balanza comercial sectorial fue de us$ 30.000 millones/año, dado que el promedio de compras al exterior de ese sector fue de US$ 55.000 millones. Es decir, por cada 5,5 dólares que importa el sector industrial exporta sólo 2,5. Las exportaciones industriales son de 600 dólares por habitante en la Argentina, contra 2400 para México y 9800 de Corea. He aquí el nuevo dilema: o bajamos la importación de insumos industriales (y caen el empleo y el nivel de actividad) o aumentamos el destino regional e internacional de nuestra producción manufacturada.

Por eso, el primer desafío de un modelo productivo superador para el siglo XXI es vertebrar las cadenas de valor primarias, con la industria y los servicios para internacionalizar nuestros productos a partir de las ventajas comparadas que tenemos. En segundo lugar, hay que consolidar una plataforma productiva regional con nuestros vecinos, para integrar los mercados, promover encadenamientos productivos y negociar acuerdos de largo plazo con otras regiones o países extranjeros. Tercero, debemos aprovechar el reacomodamiento del orden mundial para reinsertar estratégicamente al país en las relaciones internacionales. A partir de una masa crítica regional podemos ofrecer seguridad alimentaria a China, la India y otros países emergentes, y seguridad energética a Estados Unidos y Europa. Otro modelo productivo, nuevos empleos formales.

El autor es doctor en economía y en derecho

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