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La segunda muerte de Alberto Nisman

Martín Rodríguez Yebra
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22 de marzo de 2015  

Algo habrá hecho Alberto Nisman. El kirchnerismo tardó dos meses en encontrar el discurso soñado para asimilar la incomodidad en que lo sumió la extraña muerte del fiscal que acusó a la Presidenta.

Fracasó en el intento inicial de probar un suicidio y en la inmediata rectificación con la teoría del asesinato a manos de espías complotados para tumbar al Gobierno. Tampoco consiguió demasiado alivio en la ofensiva para desmerecer la calidad jurídica de su denuncia.

Ahora toca desnudar el lado oscuro del muerto. A partir de unas fotos que se filtraron en Internet pese a que estaban guardadas en aparatos bajo custodia de la Policía Federal, las usinas del oficialismo sugieren que Nisman era un asiduo consumidor de prostitución VIP. Al mismo tiempo, el dueño del arma mortal, Diego Lagomarsino, declaró que el fiscal, que lo había contratado para trabajar en la causa AMIA, lo obligaba a devolverle todos los meses 20.000 pesos de su sueldo. "Era un turro y un sinvergüenza", clamó el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández. Denunció que en sus salidas Nisman "tomaba el champagne más caro" y "pagaba minas" con el dinero destinado a investigar el atentado terrorista.

La campaña se reproduce viralmente por las redes de comunicación paraestatales como si se tratara de la prueba de inocencia definitiva de un gobierno bajo sospecha. Lagomarsino pasó de ser el sospechoso número 1 al que la Presidenta apuntaba en sus discursos a erigirse en una fuente de máxima credibilidad. Fernández analizó que su relato implicaría que el fiscal cometió los delitos de "malversación de caudales públicos, cohecho y peculado".

Lo que prefirió no recordar es que nadie va a poder investigarlo porque Nisman está muerto. Porque apareció con un tiro en la cabeza en el baño de su casa horas antes de presentar ante el Congreso su denuncia contra Cristina Kirchner por encubrir a los terroristas que volaron la AMIA.

Los supuestos vicios y corrupciones de la víctima no ocultan que pasaron dos meses sin una explicación convincente de cómo murió, en medio de una enorme conmoción social y un impacto sin precedente en la imagen internacional de la Argentina. Un gobierno que falló en cuidar a uno de los hombres más custodiados del país, que nunca aclaró la inopinada presencia de funcionarios oficiales en la escena del crimen, que se negó a dar el pésame a la familia del muerto y que enturbió la investigación desde el primer día cree al fin hallar algo de sosiego.

La ecuación es simple. Si Nisman era un personaje oscuro que se quedaba con dinero público y lo derrochaba en fiestas non sanctas, su denuncia carece de seriedad. Los camaristas a cargo de resolver el futuro de la causa contra la Presidenta se encontraron de golpe con una presión adicional.

Dar vuelta la página más dramática de su gestión obsesiona a Cristina Kirchner. Lo necesita para sostener la ilusión de extender de alguna forma su liderazgo político más allá del 10 de diciembre. No ve el drama de su acusador como un enigma que exige resolución, sino como un obstáculo político que saltar. Aunque para eso Nisman tenga que morir por segunda vez. Quizá triunfe. Ensuciar a la víctima suele rendir frutos en un país fascinado desde siempre con la impunidad.

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