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Susana Giménez estrenó Piel de Judas: caos en la entrada, ovación en el teatro

Mirtha Legrand, antes de entrar al teatro
Mirtha Legrand, antes de entrar al teatro Crédito: Gerardo Viercovich
La diva se luce como comediante en su esperada vuelta a los escenarios; enterate todos los detalles
Silvina Ajmat
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20 de marzo de 2015  • 10:32

Corrientes y Talcahuano, a las 20. Susana Giménez había entrado al teatro Lola Membrives dos horas antes y se sabía que no saldría hasta cerca de las 23, pero si hay algo que tienen los curiosos es paciencia y perseverancia. Nunca hubo tanta gente por centímetro cuadrado en el atrio de ese teatro. Ni tan poco oxígeno. Ni tanto frenesí. Los invitados al estreno de Piel de Judas, la obra que marcó el regreso después de 24 años de Susana a los escenarios, padecieron la mala organización: celebrities, prensa y público general se apretujaban en un embudo humano hacia la puerta de ingreso, obstruida por cámaras de televisión que –lógicamente- esperaban hacer la nota con Mirtha Legrand o Ricardo Darín , algunos avivados que sólo querían colarse, y sobre todo invitados que no podían llegar siquiera a preguntar quién tenía sus entradas. La decisión de no hacer un estreno de prensa, con el consabido banner para cámaras ubicado en un sector distinto de la puerta, y un reparto ordenado de las entradas de invitación, fue deliberada, pero hay que decirlo, muy desacertada. Susana Giménez es demasiado popular. Era imposible evitar y contener la multitud de periodistas, cámaras, flashes y fanáticos que se congregó, empujó, y derribó vallas en busca de ser parte del show. ¿El resultado? Mirtha Legrand casi se desmaya y se larga a llorar por la turba enardecida que la rodeó cuando llegó, y el mismísimo Gustavo Yankelevich tuvo que ponerse a sacar del brazo a la gente del camino. Confusión, caos, maltrato y mucho malestar. Mejor les fue a Mauricio Macri y Juliana Awada , que con sus propios guardaespaldas accedieron de un tirón, y a Darín, siempre sonriente y acostumbrado como lo está a la histeria de un éxito. Porque, pasando a lo que nos convocaba, Piel de Judas ya es eso, un éxito.

A las 21 se apagaron las luces, justo después de que se acallaran los aplausos por el ingreso a la sala del jefe de Gobierno y Darín –ovación de pie-. Ambos se sentaron con sus respectivas parejas en las primeras filas, junto a Mercedes Sarrabayrouse y Joe Miranda, Lucía Celasco y Joaquín Rozas, Analía Franchín y Sebastián Eskenazi, Selva Alemán, entre otros invitados exclusivos. Se levantó el telón y un silencio expectante se instaló en la sala. Sonaba un violín. Era Alexis Brucker, el eximio violinista que protagoniza esta historia encarnado por Antonio Grimau . El impactante dispositivo escenográfico diseñado por Alberto Negrín provocó los primeros comentarios en la platea y a medida que fue pasando la velada los multiplicó: una casa estilo art déco cortada transversalmente en la mitad, sobre una plataforma giratoria que nos mostraba el interior y el exterior de la mansión rodeada de un bosque… Un trabajo exquisito. Y entró ella, con el primero de sus cuatro cambios de vestuario, un conjunto rosa chicle, su pelo platinado y su simpatía total. Los gritos no la dejaban empezar con su parlamento, algo que se repetiría a lo largo de la función, pero ella nunca se salió del personaje.

Piel de Judas, escrita por la dupla francesa Pierre Barrilet y Jean-Pierre Grédy con el nombre original de Peau de vache (una expresión que en francés se usa para referirse a alguien maligno), es una clásica comedia de enredos, fresca, de un humor sutil, de risa, más que de carcajada, que parece hecha a medida para el team artístico que reunió Yankelevich en esta versión argentina: Susana Gimenez sabe de vodevil, maneja el código con una naturalidad innata y conduce la obra con comodidad a lugares incluso más cómicos de los que el texto en sí plantea; Antonio Grimau es un sólido partenaire, que ya exploró el género con Susana en sus famosos sketchs televisivos y ahora le aporta la teatralidad y sofisticación que exige la pieza con una prolija construcción de su personaje; Mónica Antonópulos apuesta a su faceta cómica con un papel muy exigente y con mucho protagonismo; y un coro de personajes a cuál más hilarante (Alberto Fernández de Rosa, David Masajnik, Marcelo Serre y Goly Turilli) que completa el elenco y suma mucho al engranaje diseñado para hacer reír. El responsable de que este equipo funcione es Arturo Puig y su trabajo como director merece ser destacado: supo manejar el ritmo con pericia, un factor fundamental para el éxito de una obra de estas características, y principalmente, contener al enorme símbolo que representa Susana Giménez en un contexto ficcional. Sí, todos sabemos que es la diva de divas y ella no disimula en ningún momento su excesivamente platinada cabellera, sus looks susanezcos (tailleurs, algo de brillos y colores estridentes), y su forma de moverse y hablar –hasta se anima a autoparodiarse cuando en una escena tiene que hablar por teléfono. Pero por esas cosas mágicas que tiene el arte dramático, Susana se transforma por completo en Marion Brucker, la "piel de Judas", la "reina de las zorras", la mujer del violinista que hará de todo para conservar el amor de su marido, y demuestra una vez más que es una gran comediante. Por supuesto, se mete al público en el bolsillo desde la escena uno, hasta el cierre.

De más está decir que las ovaciones se extendieron por varios minutos. Hizo subir al escenario al director –"¡vení Arturo!"- , repartió besos para Mirtha que aplaudió de pie, para su nieta y su hija y se mostró exultante. Pese a haber tenido que suspender los últimos ensayos por un dolor de garganta, sabía, todos sabían que había sido una gran función, y decidieron celebrarlo con una gran comida para todo el elenco en el Palacio Duhau que, dicen, se prolongó hasta tarde. Sobraban las razones para brindar.

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