Una sociedad subgestionada

Martín Lousteau
Martín Lousteau PARA LA NACION
No sólo gestionamos de modo ineficiente nuestra abundancia, sino que repetimos errores pasados y agregamos nuevos
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1 de abril de 2015  • 01:33

Somos una sociedad subgestionada. No caben dudas al respecto. Y, si las hubiera, deberíamos disiparlas cada vez que un candidato presidencial recita el clásico "Tenemos una país enorme y rico en recursos naturales, con los cuatro climas, las tierras más productivas del mundo, lleno de potenciales fuentes de energía fósiles y renovables, con una población educada y sin conflictos raciales o religiosos". Es que si ello es cierto -y lo es- ¿cómo puede ser que tengamos los problemas que tenemos?

Peor aún: no sólo gestionamos de modo ineficiente nuestra abundancia, sino que repetimos errores pasados y agregamos, a cada paso, nuevos. ¿No padecimos ya varias veces en el pasado alta inflación, pobreza en ascenso, default, dólar blue o paralelo, un abultado rojo fiscal y déficit energético? Y a eso hoy le sumamos una inseguridad angustiante, una infraestructura productiva en estado calamitoso, un bajo desempeño educativo, una degradación del sistema de salud e, incluso, muertes por desnutrición.

Peor aún: no sólo gestionamos de modo ineficiente nuestra abundancia, sino que repetimos errores pasados y agregamos, a cada paso, nuevos.

Lo más escandaloso de esta situación es que ocurre en un contexto en el que todos los estados -nacional, provinciales y municipales- poseen más dinero que nunca. Comparado con el año 2000, a nivel nacional, hoy se disponen de 2,7 veces más recursos reales (esto es, ajustado por inflación). En la Ciudad de Buenos Aires esa cifra es de 2,1. En Córdoba y Mendoza los recursos reales resultan 2,2 veces mayores que en el año 2000. En la Provincia de Buenos Aires los duplican y en Santa Fe son 1,8 veces superiores.

¿Alguien puede decir sin ruborizarse que nuestros estados nos dan hoy el doble de seguridad, educación, salud, infraestructura, entre tantas otras cosas? Pareciera que nuestro sistema, en lugar de evolucionar, involuciona. Cuando tiene plata, la gasta mal. Cuando ya no la tiene, genera crisis de las cuales ni siquiera aprende. Recordemos que la Argentina tiene el triste récord de haber atravesado 16 años en recesión desde 1974 a la fecha, y de haber sufrido ocho crisis sistémicas en ese período (Rodrigazo, Plan Primavera, Crisis de la Deuda, Hiperinflación I y II con Plan Bónex, Tequila, y la prolongada Caída de la Convertibilidad).

¿No padecimos ya varias veces en el pasado altainflación, pobreza en ascenso, default, dólar blue o paralelo, un abultado rojo fiscal y déficit energético?

Si uno suma todos los años que vivimos en recesión encontrará que en esos episodios perdimos el 55% del PBI. Esta conducta explica por qué se acortó tanto la distancia con otros países de la región o por qué naciones antes más pobres y con menos desarrollo nos han superado. Por ejemplo, hace 40 años Brasil, y Chile tenían la mitad de nuestro ingreso por habitante, y Uruguay el 67% (medido en dólares PPP –Paridad del Poder Adquisitivo-). Hoy Brasil posee el 70% de nuestro ingreso por habitante, Uruguay el 93% y Chile el 105%. Ni hablar de otros ejemplos como Corea, que antes tenía el 40% de nuestro PBI per cápita y hoy es 1,6 veces mayor. O China, que viene acortando distancia a una velocidad extraordinaria: de tener apenas el 10% de nuestro ingreso por habitante en 1974 ha pasado al 60% en la actualidad.

Pero además, las crisis recurrentes tienen otros impactos tan o más nocivos. El más importante es que destruyen el tejido social: el fuerte aumento de la desigualdad en nuestro país está explicada en gran medida por esos episodios. Otras consecuencias son directamente de índole cultural. Por ejemplo, es difícil establecer causalidades y, por ende, responsabilidades: ¿en qué medida la buena o mala gestión de un presidente es enteramente atribuible a él?

Esos ciclos de euforia y depresión se dan también en términos de la popularidad de los gobernantes. Cuando estamos enojados con la situación vigente y con quien está a cargo queremos que lo reemplace alguien que, si no es exactamente lo contrario, al menos tenga algunas características distintivas que sean totalmente opuestas. Votamos con bronca, lo cual nos hace caer en una suerte de ceguera. Así pasamos de votar a Alfonsín a buscar a Menem para que ordene el caos económico, de éste a De La Rúa para recuperar la sobriedad y como protesta ante la corrupción, de éste a los Kirchner buscando a alguien que ejerciera el poder y ahora resentimos -con motivo- su abuso.

Lo más escandaloso de esta situación es que ocurre en un contexto en el que todos los estados -nacional, provinciales y municipales- poseen más dinero que nunca.

En ese recorrido parecemos aprender poco y nada. En tanto no lo hagamos, seguiremos siendo una sociedad subgestionada y, con ese patrón de ignorar los defectos del que viene para terminar con el actual, nos comportaremos también como una sociedad sugestionada. Si queremos salir de ese lugar tenemos que ser capaces de separar la paja del trigo, no cerrar los ojos y ver la realidad inclusive cuando nos devora la ansiedad. Diagnosticar con más rigurosidad las falencias de los candidatos en base a lo que ya conocemos de ellos y exigirles que corrijan esos defectos. Ante las recurrentes demandas de unidad tenemos que elegir compartir valores y no errores: sólo la ética y la gestión podrán revertir la degradación en la que nos encontramos.

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