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La diferencia entre contar los pobres y medir la pobreza

Más que cuantificar la población vulnerable, la clave en el país es saber si la pobreza sube o baja, algo teórica y prácticamente más sencillo
Walter Sosa Escudero
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5 de abril de 2015  

Con recurrencia casi metronómica es que aparece en los medios la discusión sobre cuántos pobres hay en la Argentina. A diciembre de 2013, última fecha en la que se dispone de datos oficiales de pobreza, las discrepancias entre las distintas mediciones existentes eran alarmantes, con cifras que van desde el 4,7% que plantea el Indec al 29% de la CGT de Hugo Moyano, incluyendo una amplia gama de valores intermedios, como el 12% de Artemio López, el 20% del Instituto oficial de la Ciudad de Buenos Aires o el 26% de la Universidad Católica Argentina.

"Cuántos pobres hay es una pregunta bastante complicada", acota el ministro Kicillof. Y, efectivamente, el cálculo de la tasa de pobreza es un trabajo estadístico y conceptual muy sofisticado. El cómputo de la tasa de pobreza, entendida como la proporción de hogares pobres en una región y un período determinado, comienza por determinar si un hogar es pobre y luego agregar para obtener una tasa global de pobreza.

El primer escollo a sortear es conceptual y se refiere a qué se entiende por ser pobre. ¿En qué hay que fijarse para ver si un hogar es pobre o no? ¿Es en muchas cosas (el ingreso, el consumo, la educación) o sólo en una? Y si fuese una, ¿cuál de ellas sería? Y si se eligiese una, ¿es algo medible, como el ingreso, o algo más abstracto, como la felicidad? Y aun cuando esa dimensión sea cuantificable, ¿cómo se distingue a los pobres de los no pobres? Cualquiera de estas preguntas amerita una delicada discusión multidisciplinaria. No hace falta pensar mucho para ver que detrás de estas inquisiciones hay factores económicos, sociológicos, psicológicos, estadísticos, filosóficos, religiosos, biológicos, matemáticos, computacionales, antropológicos y políticos. La pobreza es efectivamente un fenómeno complejo, y cualquier intento de abarcarlo en forma simple es vano. Cualquier medición de la pobreza es esencialmente errada, involucra discrecionalidades, estimaciones, errores conceptuales, burocráticos y estadísticos.

Entonces, la cuestión central no es si las medidas de pobreza son erradas o no (que lo son, en un sentido conceptual), sino si son útiles para el verdadero propósito para el cual son creadas: para monitorear la salud social de una comunidad.

Cualquier medida útil de pobreza debería satisfacer dos objetivos. El primero es conocer la severidad del problema de la pobreza, en un momento y región. El segundo es monitorear la evolución de la pobreza, a la par de la performance de la economía y de la política pública. Ciertamente el primer objetivo implica el segundo, en el mismo sentido en que un termómetro confiable nos permitiría ver tanto qué temperatura tiene nuestro hijo como verificar si la medicación que le hemos dado para bajarle la fiebre está haciendo efecto.

En lo que respecta al problema de la medición de la pobreza en la Argentina, la cuestión clave es que es mucho mas complejo medir cuántos pobres hay en un momento determinado que cuantificar si la pobreza está subiendo o bajando. Las discrepancias metodológicas posiblemente redunden en un mar de estimaciones alternativas de la pobreza en un momento en particular, pero estas discrepancias se minimizan cuando el foco pasa de ver cuántos pobres hay a medir si la pobreza bajó o subió, siempre y cuando los conceptos y las metodologías usados sean coherentes en el tiempo.

Un termómetro creíble

Análogamente, las cifras de pobreza funcionan como un termómetro que si bien tiene dificultades en decirnos qué temperatura tenemos, puede medir con más credibilidad si la fiebre está subiendo o bajando. En este marco, la discusión actual acerca de cuántos pobres hay es de segundo orden (por su complejidad y no por su relevancia) en comparación con la verdadera discusión de fondo: si la pobreza bajó o subió en los últimos cinco años. Las disquisiciones sobre las diferencias entre el 4,6% del Indec, el 26% de la UCA y cualquier otro valor intermedio (para 2013) son relevantes sólo si son capaces de echar luz acerca de si la pobreza subió o bajó en los últimos años, a la luz de las próximas elecciones y de la percepción de la performance reciente de la economía argentina.

El enfoque metodológico adoptado por casi todas las mediciones alternativas es el llamado "monetario", en donde un hogar es pobre si sus ingresos están por debajo de una línea de pobreza, entendida como el valor de una canasta de bienes que una familia debería poder comprar y consumir para dejar de ser pobre. Entonces, más allá de la maraña de detalles metodológicos (que son muchos y complejos, como sugiere el ministro), la principal fuente de discrepancias se debe a cómo se miden los ingresos y cómo se valúa la canasta. Es decir, la estimación de la pobreza será más alta cuanto más bajos sean los ingresos encuestados y más altos sean los precios de la canasta de referencia utilizada. Consecuentemente, una parte importante de las disquisiciones acerca de si la pobreza subió o bajó recientemente es la ya recurrente discusión acerca de la evolución de los precios en nuestro país. "Tócala de nuevo, Sam", diría Humphrey Bogart ante esta discusión, repitiendo la frase más famosa que nadie parece haber dicho.

¿Es posible saber cuántos pobres hay en la Argentina, en un determinado momento? No, es muy difícil, se trata de una complejísima tarea que requiere enormes acuerdos conceptuales y metodológicos. ¿Es posible monitorear la evolución de la pobreza en la Argentina? Sí, es mucho mas fácil que la tarea anterior, sólo requiere un sistema estadístico metodológicamente coherente y estable. Y éste es el gran desafío de las estadísticas públicas

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