Suscriptor digital

Jack Kerouac: confesiones de un beatnik herido

La aparición en castellano de Diarios (1947-1954), que a fin de este mes publicará Editores Argentinos, permite zambullirse de lleno en la época más productiva del gran autor estadounidense. Vida privada, ambiciones, misticismo y procesos creativos confluyen en estas notas personales, realizadas antes de que la marea del éxito lo convirtiera en ícono generacional
Elvio E. Gandolfo
(0)
10 de abril de 2015  

La aparición de los diarios de Jack Kerouac en inglés continuó en su momento (2005) un proceso de publicación de la muy abundante cantidad de material escrito de todo tipo que había quedado inédita después de su muerte en 1969, y que había comenzado con títulos tan importantes como la edición completa de otro de sus libros, Visiones de Cody.

En Buenos Aires había aparecido una selección de los diarios en la revista Las Ranas (2009), traducida por Américo Cristófalo y Esteban Bértola. Iba acompañada por numerosas fotografías en blanco y negro. Diarios de Jack Kerouac (1947-1954). Un mundo llevado por el viento (Editores Argentinos, traducción de Martín Abadía) es la flamante edición completa en castellano de ese material. En la tapa muestra una foto que el propio Douglas Brinkley (historiador que ordenó el volumen) describe en detalle, diciendo que representa al "Kerouac icónico, es como si le ofreciera a Ginsberg su mejor pose de Jack London para consideración de la posteridad".

Además de usar gran parte de su vida como materia de su obra, el mismo Kerouac fue consciente de su condición de ícono mucho antes de que la aparición de En el camino (1957) se lo llevara por delante en una marea de éxito también icónico, que nunca se detuvo (como en El cazador oculto de Salinger, o El extranjero de Albert Camus). Tan temprano como en 1947, mientras se encontraba "en el Sur", apunta con fastidio:

Pues ¿qué soy yo? Un "personaje" (en el sentido americano). Me llaman Kerouac, omitiendo el nombre de pila, como si fuera una especie de figura en este mundo, inferior a un "tipo", a un "poder". Hacen eso y sonríen pensando en mí, incluso cuando me paso largos inviernos en soledad y lucho por ser disciplinado, discreto, digno.

Hoy los Diarios operan realmente como un libro o, mejor, dos libros. Uno va desplegando la escritura y el mundo cotidiano, familiar y social de Kerouac mientras escribía El pueblo y la ciudad, una visión de Lowell, su lugar de infancia y juventud. El otro tiene que ver con En el camino, el impacto monumental que torció incluso la publicación de su obra, ya que los editores buscaban todo lo que tuviera que ver de cerca o de lejos con él, postergando algunas de sus obras inéditas. Son dos libros porque son bien distintos, en tono y estructura. El primero es cronológico, tiene material íntimo no sólo en el sentido convencional (mujeres, borracheras, odios y polémicas) sino también porque su "figura" aún no es pública. El 9 de septiembre de 1948 dice por fin claramente: "El libro está terminado", y el diario sobre él termina.

El segundo, sobre En el camino, está armado con una cronología mezclada y un extenso cuaderno distinto, "Lluvia y ríos", que para quien haya leído la novela repetirá buena parte de su tono y contenido. En el primero, en cambio, el lector asiste al ritmo parejo que caracteriza la vida de Kerouac mientras se encarniza en terminar su primera novela, de más de mil páginas: trabajo, trabajo y trabajo de lunes a viernes, en Ozone Park (una zona de Queens), y viaje a la cercana Manhattan en el week-end, para fiestas, conversaciones interminables, bebida, droga, espectáculos o cine. El ciclo se repite una y otra vez.

En la segunda parte hay un desplazamiento importante a Denver, donde Kerouac pasa un período solitario esperando a su familia. Él mismo reconoció el cambio de tono. En agosto de 1949 escribe, con el toque culposo de un auténtico católico:

Me doy cuenta de que me he tornado perezoso en el corazón. No es que no quiera garabatear y arreglármelas como en el pasado, sino simplemente que ya no quiero pensar las cosas hasta el fondo, se acabó el pescador de lo profundo.

En ambos casos hay parrafadas directamente religiosas, sobre Jesús y Dios, que suenan como auténticas monsergas. El peso de la culpa era denso: le había dolido mucho la muerte del padre (que le hizo jurar que cuidaría a la madre hasta el fin) y de un hermano mayor sobre quien escribiría Visiones de Gerard, y que en los diarios aparece en un breve pasaje como fantasma nocturno.

Prosa espontánea, literatura, Europa

La principal leyenda que demuelen ediciones como la de los Diarios o la de las Cartas con Ginsberg (Anagrama) es el supuesto puro flujo espontáneo con que Kerouac habría escrito En el camino (traducido por Anagrama como En la carretera) en tres semanas, representado a la perfección por el "rollo" ininterrumpido de papel que sería el único original "fiel", con los nombres propios reales. En los diarios, la escritura de En el camino tiene numerosas instancias previas y se va construyendo de a poco, con varios cambios de dirección. Ya en la primera página distingue (como suele hacerlo) la distancia entre el impulso y la concreción:

Los dos últimos años estuve trabajando bajo un ánimo preliminar, el ánimo de empezar algo y no concretarlo. Completar algo es un horror, un insulto a la vida, pero el trabajo de vivir ha de consumarse, y el arte es trabajo. ¡¡Y qué trabajo!!

Desconfiaba en general de los críticos, la universidad, los liberales norteamericanos y Europa. Eso no le impedía tomar como uno de sus principales modelos a Céline, o considerar que estaba en la huella de Balzac, o sobre todo, en la de Proust. En verdad es mucho más cercano a otro gran norteamericano, Thomas Wolfe, que tenía una apetencia semejante en cuanto a representar la totalidad de América, algo que Kerouac reconoce sobradamente. De Europa decía:

La sensibilidad y la violencia de los franceses, los austríacos y otros como ellos es apenas el resultado de una combinación hórrida en sus corazones y de mucha charlatanería además. A un europeo, por lo general, lo moviliza un orgullo desfasado.

Desconfía también de Joyce: "Creo en una literatura sana opuesta al desvarío psicótico de Joyce. Joyce tan sólo renunció a tratar con los seres humanos". Y ya que está, agrega: "Es la imbecilidad del despectivo".

El lunes 5 de enero de 1948 escribe un fragmento maravilloso, inesperado, sobre las "cositas alegres" en forma de polilla, corpóreas, que lo rodean, único tanto en el tono como en el tema. "Si yo fuera un poeta irlandés, un bardo céltico, me concentraría exclusivamente en estas alegres hadas' de mi corazón". Pero es un escritor norteamericano (con mucho de franco-canadiense) y sigue con lo suyo. En octubre de 1949 dice: "Quiero, como en 1947, escapar de la narrativa europea para alcanzar los Capítulos Anímicos de una dispersión' poética norteamericana". Y ya en 1950, refina:

Un arte que expresa la mente de la mente, y no la mente de la vida (la idea de la vida mortal sobre la tierra), es un arte muerto. [?] Un arte muere cuando se describe a sí mismo en vez de a la vida, cuando pasa de la expresión de lo que siente el hombre frente al vacío, a una mera descripción del vacío. Al pasar del drama a las líneas abstractas, un arte expira.

Lo abruma la posibilidad de perder el tiempo, de divagar. "Desde ahora -dice- menos notas sobre la cuestión de escribir y sobre mí mismo, y escribir más." También la soledad: el último día de 1947 va a una fiesta, "pero qué triste me sentí a medianoche, sin una chica, solo en una habitación tocando Auld Lang Syne' en el piano con un dedo". En la mitad de ese año, junio, apunta irónico: "Cuántos tipos conocí que iban a escribir'. Todos se volvieron políticos.. un buen truco, una buena manera de abrirse paso en este mundo ¡Creativa, además!". Un poco después, en julio, lo vuelve a apretar la depresión: "Éstos deben ser los peores días de mi vida, no sé. Me siento viejo y acabado? sólo trabajo y me siento más solo que nunca". Y cierra: "Además, últimamente, me siento como un periodista: sin cerebro".

De todos modos tenía pasta de buen periodista cultural (lo aprovechó a fondo en su momento de gran fama, escribiendo para numerosas revistas masivas). Detectó por ejemplo el "sonido" de cada escritor. Los personajes de Dostoievski (o Dosti, como lo llamaba) solían decir "¿H'm?", el de él mismo en El pueblo y la ciudad era "¿Hah?". Quizá el de Balzac fuera "¡Arre! ¡Arre!", el de Melville, un silbido; en Twain, la palabra "satisfecho" y en Céline, "¡Uah! ¡Uah!", u "¡Oink! ¡Oink!".

Los otros

La contradicción permanente, el movimiento a veces simultáneo de atracción/rechazo aparece también con sus compañeros más cercanos. Además de amigos como Lucien Carr (quien había matado hacía un tiempo a David Kammerer, lo que puso en aprietos legales a Kerouac) o John Holmes, veía a menudo a Allen Ginsberg o a William Burroughs, dos pesos pesados. Pero a veces le costaba:

Acabé envuelto en una discusión sin sentido con Burroughs y Ginsberg, sobre psicoanálisis y "horror", y me perdí el partido de fútbol. Ellos todavía siguen embalados con las mismas cuestiones de hace un año, o dos. A todos nos gusta cocernos en el mismo caldo año tras año, incluso a mí.

Más adelante se centra en Ginsberg: "él intenta hacerse el avispado (léase, sarcástico) [?], hasta que lo acapara la tristeza y habla sin argucias intelectuales". Esa diferencia es radical. Ya en 1948 se pregunta cómo puede ayudar a un hombre que nunca se detiene y nunca quiere descansar, y siempre lo acusa "de estúpido porque a mí me gusta descansar de vez en cuando y porque me siento bien conmigo mismo ocasionalmente, y porque creo en el trabajo, y me gustan las cosas y la gente de vez en cuando".

En cuanto a Burroughs, era el mayor de ellos, el más extraño, una especie de "tío raro", y lo veían con mayor respeto incluso por sus experiencias extremas (como haber matado a su pareja de un tiro, jugando a ser Guillermo Tell). De todos modos, reconoce que se siente más cómodo con John Holmes: "No me siento conscientemente involucrado con él como con Burroughs, digamos, (a quien le temo), y le temo a Burroughs porque él me teme a mí".

Cuando murió Kerouac, otro " beat", el poeta Gregory Corso, le escribió un largo homenaje: "Sentimientos elegíacos americanos". Sin embargo, en una visita a su casa a principios de los años sesenta, desesperado por dinero, le había robado un diario fundamental de En el camino, que vendió luego a la House of Books de Nueva York y ésta, a su vez, a la Universidad de Austin, Texas. Aunque no integra la edición en tapa dura de los diarios, sí fue incluida por Douglas Brinkley en la edición en rústica, y agregado aquí. Por suerte, porque incluye material de primer nivel.

Ellas

Sin discusión La Mujer en la vida de Kerouac fue la madre, que lo acompañó hasta el final y con quien hablaba a menudo. Ahora que lo freudiano dejó de estar de moda, tampoco es fácil no reconocer que eso le complicaba bastante las cosas. Los diarios incluyen bastante material sobre mujeres, desde relaciones complejas (como el triángulo con Neal Cassady y Louanne, o luego con Carolyn Cassady e hijos) hasta pasiones (e idealizaciones salvajes) sucesivas. A veces con momentos violentos, como cuando Neal muele a golpes a Louanne, ante él y Lucienne Carr, y comenta: "Estoy desilusionado, pero interesado en este salvajismo de Neal".

Muchas chocaban contra el muro de la falta de trabajo: "Quizás le dije demasiado sobre mí -reconoce en un caso- y la dejé atónita con todas mis contradicciones que, según ella, nunca me pondrían a trabajar. Ah no sé". Unos meses después sigue concentrado en el tema con una bella muchacha de 16 años (pega la foto). "A su edad, el matrimonio [que él busca] sólo significa encarcelamiento". Hay muchas ideas pero también límites, o simple desorientación: el martes 10 de agosto de 1948 afirma que está "a punto de amar a alguien muchísimo de veras, en serio, esta vez será un amor de verdad', pero no sé a quién".

Los chirridos

También abundan los momentos de choque con los chismes, rumores o simple mala onda de los demás. O en los que siente una violencia interior desmesurada e inexplicable. Recomienda mantener la calma: "Quiero un montón de cosas, no esto ciertamente". También duda del propio diario: "Me pregunto si debería continuar [?]; hay demasiado que contar, y quizás la mayor parte de eso sea insignificante. ¿A quién se lo estoy contando?".

Mientras transcurre el diario, El pueblo y la ciudad va ascendiendo trabajosamente hacia la edición. Cuando llega, Kerouac le agradece emocionadamente a Dios. Ya experimenta el descontrol de lo que él cree la fama, y cree haber alcanzado la fortuna. Pero en abril de 1950 anota: "EL LIBRO NO VENDE MUCHO. No nací para ser rico".

El alcohol fue su destructor final. Era muy consciente de eso. En marzo de 1948 decía:

Decidí dejar de emborracharme, al menos de la manera en que lo hago habitualmente. Es curioso no haberlo pensado antes: empecé a beber a los dieciocho, y ahora, que llevo ocho años bebiendo ocasionalmente, comienzo a no poder soportarlo ni física ni mentalmente. Fue a la edad de dieciocho, por otra parte, cuando la melancolía y la indecisión llegaron a mí, no es casualidad el vínculo.

Igualmente lúcido era para percibir la novedad de su estilo: "Rumiar atónito. Pensar atónito". Era algo que iba más allá de lo literario, el giro crucial de las costumbres: "No hay sociedades secretas para el hípster, sólo la noche secreta del bebop. Pero es el espectáculo de la ruptura formal de una generación con la idea sobre la gente que tenía la generación anterior".

Nunca abandonó el combate. En abril de 1949 creía que viviría una década más de lo que vivió: "¿Qué clase de novela estaré escribiendo a los 57? (¿edad en la que Dosti escribió Karamazov?)". De los últimos tres libros publicados en vida, Satori en París es el más endeble; Big Sur, el más desesperado, y el último, La vanidad de los Duluoz , uno de los mejores que escribió en su vida. Allí detalla su período de futbolista universitario, de marino en la guerra y luego en la Marina Mercante, de "reventado" drogadicto poco después de la guerra, o el crimen cometido por Lucien Carr por el que tuvo que casarse para poder pagar la fianza. Abarca el período 1936-1946, y empalma a la perfección con los diarios, exponiendo de dónde viene todo. Además, como suele suceder con este tipo de escritores imparables, aún queda mucho por leer y descubrir.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?