Werther, para la apertura de temporada

El tercer acto de Werther, la ópera de Jules Massenet que anteayer retornó al Colón con su décimotercera temporada, parece un injerto traído de otro mundo lírico, en el que la sensualidad reprimida estalla con su energía liberada.
Jorge Aráoz Badí
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16 de abril de 2015  

Werther, ópera en 4 actos de Jules Massenet, basada en la novela de Goethe / Orquesta estable y coro de niños del teatro colón / Dirección musical: Ira Levin / Dirección escénica, escenografía, vestuario e iluminación: Hugo de Ana / Director del coro: César Bustamante / Figuras principales: Mickael Spadaccini (Werther); Anna Caterina Antonacci (Charlotte); Jaquelina Livieri (Sophie); Hernán Iturralde (Albert) / Teatro Colón.

Nuestra opinión: muy buena.

Impresiona como el desnudo incluido entre un par de caballeros elegantemente trajeados, en el "Déjeuner sur l'herbe", de Manet y demuestra que Massenet abraza el mundo con avidez y deleite incontenibles. Sin flaquear en su lealtad hacia las tradiciones ortodoxas, en este acto despliega una cantidad de capital emocional que falta en los dos actos anteriores donde mandan la moderación y las buenas maneras.

Si este contraste con la idea de represiva educación no estuviera, la ópera sería apenas una transposición de tipo familiar de la novela de Goethe, que por cierto, no lo es. Tampoco lo es la ópera. Y este tercer acto valoriza el resto de una de las más completas antologías sentimentales que puede exhibir la historia del drama lírico. Además de hacer evidente que Massenet no debe su celebridad a un catálogo de efectos, sino a la excepcional maestría con que los dosificó, al refinado criterio que aplicó para que no resultaran abrumadores y al buen gusto con que los desplegó.

Fue en el tercer acto donde se blanquearon cualidades y carencias interpretativas. El tenor belga Mickael Spadaccini, que empezó su actuación con una poco convincente "O nature", perdió timbre al forzar graves y agudos. Pero se repuso en "Pourquoi me réveiller", en que mostró que posee muy buen material aun sin desarrollar. Sólo le faltó voluptuosidad vocal y a veces pecó de lacrimoso.

Anna Caterina Antonacci impresionó vocalmente pequeña en los dos primeros actos y en ocasiones inaudible, como en los dúos. Pareció que se reservaba para su detonante tercer acto, donde mostró que no le faltaba volumen y carácter. Además de su grata presencia escénica, desarrolla una actuación muy elegante, con finos recursos teatrales.

Elogios para la Sophie, de la soprano rosarina Jaquelina Livieri que derrochó simpatía adolescente, con profesionalismo vocal, volumen, sutileza del fraseo y una base dramática notable. Y el Albert, del barítono argentino Hernán Iturralde con la dignidad natural que siempre transfiere a sus personajes su impecable afinación, flexibilidad y color especialmente seductor.

Héroe de la noche fue el director Ira Levin. El interés mantenido por el fascinante melodismo de Massenet (que ilumina la graduación sentimental de los personajes) fue escrupulosamente sostenido en la orquesta, por la mano del director. Ira Levin logró especial transparencia y, sobre todo, contribuyó a crear el clima de sensualidad indispensable, (exiguo en el escenario) para que esta ópera no respirara de manera suspirante, como sucede con algunas versiones.

Involucrado con Werther desde 1987 (en que fue convocado por la inolvidable Margarita Wallmann) Hugo de Ana retornó en 1987, 1991, 1995 y ya, como director de escena, en esta nueva producción que concentra al espectador en la intimidad de un alucinado por un amor inaccesible. Al transmitir con su escena la nobleza ingenua de Werther, la obra adquiere su forma individualista y visual. La caracterización psicológica de las tres figuras centrales realizada aquí por De Ana, el significativo lirismo que comunica su puesta y su mirada sobre Werther, dejan el registro de un modelo de esta ópera para tener en cuenta.

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