En la Argentina hay, o hubo hace poco y se terminó, una monarquía

Pablo Mendelevich
Pablo Mendelevich PARA LA NACION
Es asombroso que justo Cristina Kirchner opine que cuando un presidente tiene un favorito para sucederlo no hay democracia
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24 de abril de 2015  • 01:17

Se confirmó: en la Argentina hay, o hubo hace poco y se terminó, una monarquía. Es asombroso que justo Cristina Kirchner opine que cuando un presidente tiene un favorito para sucederlo no hay democracia. "Favoritos tienen los reyes, eso no es democracia, es de la monarquía", dijo en una entrevista con la cadena estatal rusa RT al responder a la pregunta de quién era su favorito para las próximas elecciones. Parece haber olvidado que su antecesor en la Casa Rosada, que era su marido, tuvo un favorito: ella. Por eso se convirtió en la segunda mujer que llega a la presidencia.

Aun si se piensa que sus calificaciones para obtener la candidatura presidencial en 2007 eran incuestionables, lo que le prodigó esa candidatura no fue una interna, un congreso partidario ni nada parecido sino el favoritismo tramitado en forma solitaria por Néstor Kirchner. "El próximo presidente será pingüino o pingüina", repetía Kirchner sobre el final de su mandato cuando quería mantener el suspenso acerca de si él iba a la reelección o impulsaba la candidatura de su esposa. Desde posiciones más atentas a las formas republicanas ese sistema sucesorio de factura conyugal fue en su momento objeto de diversas críticas, muchas de las cuales hacían alusión, precisamente, al sesgo monárquico. Pero ahora la propia Cristina Kirchner sostiene que tener un favorito es algo monárquico, o sea indigno de la democracia. Es cierto, en Rusia la Presidenta parecía estar especialmente enredada con los espejos: también dijo que "mucha gente se queda atrapada en la lógica binaria amigo-enemigo". Se supone que hablaba de los demás.

"Favoritos tienen los reyes, eso no es democracia, es de la monarquía", dijo Cristina. Parece haber olvidado que su antecesor en la Casa Rosada, que era su marido, tuvo un favorito: ella. Por eso se convirtió en la segunda mujer que llega a la presidencia.

Muchos analistas pasarán por alto el valor ideológico de su condena democrática a la posibilidad de tener un favorito, atrapados probablemente por la interpretación política instantánea. Al negarse a mencionar a un favorito, dirán, la Presidenta nos está anunciando que no escoge entre Scioli y Randazzo o algún otro. Juega a la prescindencia. Y, desde luego, está en su derecho. Sólo que pudo haber eludido o postergado un pronunciamiento de mil maneras. Se ignora si por ligereza, un lapsus linguae, una estrategia o mero desdén deslizó esta formidable contradicción con su propio historial.

En su momento el favoritismo que a ella la ungió presidenta mereció reproches porque se trataba de un matrimonio que se sucedía en el poder. Las postas violentaban el espíritu de la cláusula constitucional que limita a dos mandatos consecutivos el ejercicio de la presidencia. Claro que los constituyentes se referían a una misma persona, nunca se les ocurrió que un matrimonio de políticos podría burlar el espíritu de la norma sine die, por lo menos mientras la salud los acompañase. Que fue justamente lo que al final no sucedió con los Kirchner.

En su momento el favoritismo que a ella la ungió presidenta mereció reproches porque se trataba de un matrimonio que se sucedía en el poder. Las postas violentaban el espíritu de la cláusula constitucional que limita a dos mandatos consecutivos el ejercicio de la presidencia.

La historia argentina, por lo demás, incorporó a la cultura política la potestad de los presidentes de incidir en las sucesiones. En el libro El final, acerca de cómo terminaron los gobiernos desde Rivadavia en adelante, contabilizo 20 presidentes que tuvieron injerencia en la selección del sucesor. Si se excluye a los tres que decidieron su propia sucesión consecutiva (Perón, Menem, Cristina Kirchner) igual son muchos, 17. La lista incluye a tres militares, entre ellos el último presidente de la segunda dictadura, Edelmiro Farrell, cuyo favoritismo por Perón, su amigo y vicepresidente, quedó acreditado el famoso 17 de octubre, cuando le permitió hablar desde el balcón de la Casa Rosada (lo que no significa que las elecciones del 24 de febrero de 1946 no hayan sido limpias). Tanto Urquiza, como Sarmiento, Avellaneda, Roca y Figueroa Alcorta incidieron en la sucesión. Yrigoyen no fue monárquico por promover a Alvear. Desde luego, para poder ocuparse de la continuidad era indispensable terminar el propio mandato, algo infrecuente en la segunda mitad del siglo XX. Justamente el segundo golpe de estado se relaciona con la cuestión del favorito, porque el Ejército no aceptó que el presidente Castillo impusiera a Robustiano Patrón Costas, pero por entonces el problema no era el favoritismo sino la imposición, que se hacía mediante el fraude.

En todo caso, el favoritismo menos monárquico que podría hallar Cristina Kirchner en una recorrida histórica es el de 2003, cuando Duhalde se inclinó por Néstor Kirchner. Duhalde, quien hoy se manifiesta arrepentido de aquel favoritismo, como presidente llegó a forzar las reglas de juego en favor de su delfín (recuérdese que promulgó una ley de internas abiertas y antes de que se aplicase la suspendió por temor a que beneficiara a Menem). Pero Cristina Kirchner no cuestionó en Moscú los intríngulis, mucho menos recordó los favoritismos que la encumbraron. Sólo aseguró, convencida de que los rusos le creerán, que ella no actúa como una reina.

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