El arte de mirar hacia dentro de uno para encontrar inspiración

La experiencia de una cronista de LA NACION con el Método Abramovic
Celina Chatruc
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30 de abril de 2015  

Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Separo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Separo. "Así no voy a terminar más", pienso, y cambio de método: decido separar los granos de arroz de las lentejas y contarlos después. "Separe y cuente" es la consigna que dejó sobre la mesa la artista serbia Marina Abramovic para este ejercicio, uno de los seis del workshop que dirigió esta semana en Buenos Aires al inaugurar la Bienal de Performance BP15.

Pasan los minutos y sigo separando. Varias veces cambio de estrategia y miro a los participantes que comparten la larga mesa; cada uno parece tener la propia. Sé que se trata de una meditación en movimiento y que la concentración en los granos y en los números apunta a despejar la mente -lo que es afuera es adentro, y viceversa, según la sabiduría oriental-, pero la mía insiste en preguntarme cuándo voy a llevar el auto al taller, cómo voy a hacer para que se entienda esta nota.

Entonces la veo llegar. Cuando decido que algunas cosas deben dejarse sin ordenar y estoy a punto de abandonar la tarea por la mitad, noto que Abramovic se me acerca. Le sonrío, aunque no nos conocemos, y me invita a recorrer en silencio el enorme galpón que compartimos con trescientas personas. No sé qué hora es ni cuánto tiempo pasó desde que llegué al Centro de Arte Experimental de la Unsam -una antigua estación eléctrica ubicada en Almagro, que ahora genera otro tipo de energía-, a las nueve y media de la mañana. Porque una de las premisas para acceder a la experiencia del Método Abramovic, que esta artista imparte desde el instituto MAI en Nueva York, es desconectarse de la tecnología para aprender a conectar con la intuición. Relojes y celulares quedan afuera, y es obligatorio usar auriculares para bloquear los sonidos.

Camino de la mano de la "abuela de la performance", como ella misma se define. Tiene casi 70 años y 40 de carrera, y hace dos décadas ganó el León de Oro en la Bienal de Venecia. Con la actitud cálida de una madre, me guía para que me pare sobre una tarima y cierre los ojos. Me toca los hombros, apoya una mano sobre mi espalda y me deja con un grupo que permanece inmóvil en la misma postura. Ahora la oscuridad se suma al silencio y surgen otras preguntas más difíciles de contestar, cómo, qué quiero y adónde voy.

El clima es de oración, similar al de una iglesia. La emoción es parecida a la que sentí en la capilla de Rothko, en Houston, y supongo que algo así habrá provocado Olafur Eliasson en la Tate Gallery de Londres con la instalación que simulaba un permanente atardecer. El arte como canal hacia una experiencia mística.

Otra vez siento una mano en mi espalda. Y en mi pecho. Es una de las asistentes de Abramovic que recorre el espacio vestida de negro. Cuando deja de tocarme, me siento más liviana. Abro los ojos y miro al resto de los participantes. Todos pudimos acceder a esta experiencia sin pagar entrada; cada uno se queda el tiempo que quiere. La idea es que el público pueda forzar sus propios límites y ampliar la conciencia, para entender el enorme poder transformador de una performance.

Paso al siguiente ejercicio: me sumo a los que caminan en cámara lenta. Delante de mí está el actor Boy Olmi, a quien también vi el día anterior en la inauguración de la Bienal. "Un artista debe mirar dentro de sí mismo en busca de inspiración -dijo entonces Abramovic-. Cuanto más profundo vea dentro de sí mismo, más universal se volverá."

Me recuesto en uno de los catres destinados a profundizar en esa mirada interior. Otra asistente me cubre con una manta. Veo pasar a varias personas caminando lento, como espectros. Cierro los ojos y me entrego. ¿Cuántas horas habrán pasado cuando despierto? Perder la noción del tiempo es parte de la consigna.

Ya en la prueba final, sentada en una silla, miro fijo una cartulina roja en la pared. Tras algunos minutos el color cambia; por momentos se confunde con el cemento y veo todo gris. "Ésa es una de las funciones del arte -pienso-: ayudar a mirar la realidad, y a nosotros mismos, de otra manera."

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