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Aldo Isuani. "En el país hay una sociedad muy demandante frente a un capitalismo frágil"

Astrid Pikielny
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10 de mayo de 2015  

Crédito: Patricio Pidal/APV

"Mientras el capitalismo es un fabricante de desigualdad, la democracia está inspirada por ideales igualitarios. Y no es fácil de resolver esta tensión, salvo que se produzcan algunos acomodamientos, algo que la Argentina no ha sido capaz de resolver", sostiene Aldo Isuani, investigador principal del Conicet y profesor titular en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. En su libro Capitalismo versus democracia (Eudeba), recientemente publicado, ahonda en las particularidades del caso argentino, marcado por la tensión entre un capitalismo débil, que ilusoriamente "da la imagen de una potencia económica", y una sociedad altamente movilizada.

Es en la discusión teórica sobre la relación entre capitalismo y democracia que Isuani ha encontrado una hipótesis explicativa del relativo declinamiento del país a través del tiempo: la sociedad moderna e integrada que la argentina supo ser ha cedido lugar a bolsones de excluidos estructurales, altos grados de desigualdad y deterioro profundo de la educación y la salud pública.

El investigador, que se desempeñó como secretario de Acción Social de la Nación en épocas de la Alianza, no elude definiciones sobre el peronismo y las formas del populismo cuando afirma que no sólo necesitan coyunturas favorables para poder funcionar y están regidas por la lógica del corto plazo, sino que "terminan en fracasos o transmitiendo a los sucesores el agotamiento del modelo porque son sistemas que tienen poco anclaje en el sistema productivo".

Aunque ese análisis se extiende al final de los doce años de kirchnerismo, el politólogo advierte una novedad: "Por primera vez en la historia está la posibilidad de que un gobierno populista le deje una pesada herencia a otro gobierno populista".

-¿Cómo describiría, en particular, el caso argentino?

-En la Argentina hay un capitalismo débil, frágil e incapaz de producir un Estado de bienestar, y una sociedad que tiene una capacidad de organización, demandas y expectativas muy altas en relación con las respuestas que recibe. Creo que es fruto de experiencias redistributivas que la Argentina tuvo, que hicieron pensar como normal lo que en realidad fueron circunstancias excepcionales: los excedentes en la etapa de Perón en la posguerra; la venta de activos públicos y el endeudamiento ilimitado en la etapa de Menem, y el precio internacional de los productos agrarios en esta etapa.

-¿Son coyunturas que alimentan un país sobrevaluado en sus posibilidades?

-Generan la idea de país como una gran potencia económica con posibilidad de brindar una buena vida a sus ciudadanos, que se rompe tan pronto aparecen coyunturas internacionales desfavorables. Básicamente, la Argentina funciona con un sector agrario exportador y generador de divisas, y un sector industrial que básicamente trabaja para los mercados internos y genera empleo, a diferencia del agrario, que genera poco empleo, pero que necesita enormes cantidades de divisas para funcionar. Mientras la coyuntura ofrece divisas, el sector industrial puede funcionar bien y cuando tenemos alguna traba, la crisis que provoca la ausencia de divisas para financiar los insumos se traduce en crisis sociales y políticas. Éste es el famoso stop and go de la Argentina.

-Algo que ha caracterizado los últimos setenta años.

-Me parece que aquí radica buena parte de los problemas del mal funcionamiento de la democracia y del capitalismo en la Argentina: una sociedad muy organizada y demandante con gran capacidad de generar conflictos frente a un capitalismo frágil. Siempre uso una imagen que es que los pobres argentinos miran a los ojos y no al piso como en otras sociedades latinoamericanas. Hay una idea de derechos y de autoestima muy fuerte que hace que los sectores populares tengan una capacidad de reacción y de escasa resignación que vemos en otras sociedades latinoamericanas. Esto hace mucho más conflictiva a la sociedad argentina.

-¿Cuánto se parece o diferencia el modelo kirchnerista del peronismo de los años cincuenta?

-Hay un parecido importante: el peronismo y en general las fórmulas del populismo precisan de coyunturas internacionales favorables para poder funcionar. Un populismo pobre lo que ofrece es la cara del gobierno de María Estela Martínez de Perón. La pareja populismo-austeridad no se lleva demasiado bien; termina con fracasos o transmitiendo a los sucesores el agotamiento del modelo porque son sistemas que tienen poco anclaje en el sistema productivo. Y al tener poco anclaje en el sistema productivo, dependen básicamente del Estado para sobrevivir. Esto hace que sea tan feroz la lucha por permanecer en el Gobierno y en el Estado: en el populismo se tiene conciencia de que fuera del Estado el invierno y el desierto son demasiado duros. Y el incentivo al consumo a límites que pueden ir más allá de la salud del sistema de producción lleva a que generalmente termine en un desgaste de recursos que hacen el modelo inviable o lo llevan directamente a una crisis.

-Se sacrifica la idea de futuro en pos de un presente continuo y un consumo permanente.

-Sí, porque si uno está atado a permanecer en el Estado, el horizonte siempre son dos años, la próxima elección. Pensar en cuestiones de largo plazo que implican sacrificio en el presente está en contra de toda lógica de preservación del poder. Por lo tanto, la lógica del populismo en general es la lógica del corto plazo. En la Argentina, los intentos de ir al otro extremo y priorizar la inversión y los procesos de acumulación sin tener en cuenta el discurso igualitario potente de la sociedad argentina han desarrollado gobiernos autoritarios que terminaron con fuertes rechazos y derrotas de amplias alianzas entre las clases medias y populares. La experiencia un poco única de conservadurismo y populismo en un contexto democrático que fue la de Carlos Menem sabemos que terminó muy lejos de la revolución productiva prometida, con un proceso muy fuerte de desindustrialización, desempleo y desigualdad en la distribución de los ingresos.

-¿Por qué caracteriza al argentino como un "capitalismo frágil"?

-Porque es un capitalismo enormemente dependiente de un producto de exportación o de alguna coyuntura que le permita funcionar aceitadamente. Uno podría imaginar lo que hubiera sido la Argentina en los últimos cuatro o cinco años si un bichito hubiera acabado con la soja: hubiera significado una crisis mayúscula. Por lo tanto, uno de los deberes para quien quiera romper un círculo vicioso de muy larga data es definir cuáles son las áreas en las que la Argentina tiene capacidad competitiva y diseñar el desarrollo de una estrategia de inserción económica internacional -sólida y diversificada-, conducida desde lo político, con una alianza muy fuerte entre el Estado y los empresarios. Pero además de la estrategia de desarrollo de inserción internacional hay que repensar, al mismo tiempo, el esquema de políticas sociales.

-Este gobierno dio respuestas a través de planes sociales. ¿Han sido equivocadas, poco eficaces?

-Se ha ido creando un sistema de políticas sociales que ha consolidado un sistema estratificador y clasista, con trabajadores formales que cubren su salud a través de las obras sociales y prepagas; y tenemos los hospitales públicos para los pobres. Si uno va al sistema educativo, está empezando a pasar lo mismo. Si miramos las asignaciones familiares, la gente de mayores ingresos descuenta del impuesto a las ganancias el valor de sus hijos, los trabajadores formales tienen asignaciones familiares y subsidio por escolaridad, y los sectores de la AUH, los más pobres, tienen condiciones para acceder al beneficio, que es el certificado de salud y educación de sus chicos, con un prejuicio de que los pobres tienen menos preocupación por la salud y la educación de sus hijos que otros. Es un sistema que llega a todos, pero de una forma cada vez más estratificada. Y me parece que esto en la Argentina es un problema porque la desigualdad es resistida y tiene capacidad para generar conflicto.

-¿Los niveles de desigualdad son peores que los de los sesenta y setenta, mejores que los de los noventa y parecidos a los de los ochenta?

-Creo que estamos peor porque, además de la desigualdad de los ingresos, hay otro tipo de desigualdades que son mucho más difíciles de medir. Hoy tenemos un conjunto que no teníamos en los ochenta y que no llegó a consolidarse en los noventa, que es el de los excluidos estructurales. Dentro de ese grupo, tenemos un problema muy serio que es el juvenil: un millón de chicos urbanos, de entre 18 y 24 años que no estudian ni trabajan, ven TV, tienen acceso a Internet, y están siendo convidados por una publicidad cada vez más sensual que les dice que el mundo les pertenece. Y cuando miran al costado, a sus padres, hermanos, ven que nunca van a tener esa chance. Con que un pequeño porcentaje decida tomarse en serio la invitación a consumir, tenemos un problema muy serio.

-Entonces, cree que los planes sociales más bien han tendido a crear una red de clientelismo y control político y social.

-Hoy, las estadísticas no nos dicen cuántos son los pobres ni quiénes son. Y como los pobres no nacen con una marca en la frente y como la definición de pobreza es tan básica que nos dice que quien está debajo de la línea de consumo es pobre, la determinación de quién es el pobre se vuelve absolutamente discrecional. Puedo ir a una villa miseria y ver a una familia en la que ambos padres trabajan y ¿no son pobres? Y si trabaja sólo uno de ellos, ¿son pobres? ¿Y si no trabaja ninguno son indigentes? A menos que yo tenga un chip conectado al bolsillo de cada una de estas personas, no tenemos idea de cuáles son los ingresos reales de estas familias sobre todo porque viven en un mundo de informalidad gigantesco. Y ésta es la puerta de entrada al clientelismo político.

-¿Dónde mira cuando busca estadísticas confiables después de la intervención del Indec?

-En realidad estamos en un limbo. Uno podría definir la línea de pobreza en la Argentina y eso define la cantidad de pobres que hay. Apenas por encima de la línea de pobreza y apenas por debajo de esa línea hay una cantidad enorme de gente. Con lo cual si alguien me dice que la pobreza cayó del 20 al 18% o subió del 20 al 22% no me está diciendo nada. Lo que es significativo es cuando hay grandes saltos y en esto hoy no podemos tener una idea de lo que pasó a partir de la intervención del Indec. Uno podría calcular cuánto necesita una familia tipo para dejar de ser pobre y eso puede dar una cifra. No es el 7% que dice el Gobierno sin lugar a dudas, ni un 30% tampoco. Pero cuando hablamos de un 20% estamos hablando de dos millones de familias. Y medir la pobreza sólo a través del ingreso es una forma pobre de medir la pobreza. Hay indicadores más duros y difíciles de conseguir: el acceso a una educación de calidad, calidad de transporte, tipo de vivienda. La AUH tiene un impacto importante en aliviar la indigencia y no creo que tenga un valor suficiente para erradicar la pobreza.

-¿Por qué se ha fracasado en generar empleo genuino, formal, de alta calidad?

-El aumento del trabajo informal y precario es algo que sucede en otros lugares también en esta etapa del desarrollo del capitalismo. En la Argentina, podemos estar con un nivel de desempleo mucho menor que en el pasado, pero con un nivel de precariedad laboral igual al pasado, a pesar del crecimiento económico que el país tuvo durante tantos años. Hay muchas actividades que podrían ser blanqueadas, pero hay otras actividades que subsisten justamente porque están en negro. Por lo tanto, ir a fondo contra eso es ir a fondo contra las fuentes de trabajo y los costos en términos sociales son altos: es el caso de La Salada. Los gobiernos prefieren pagar un costo mayor en precarización que en desempleo, lo que explica por qué en la Argentina y en otros países la lucha contra el mercado negro e informal no sea a fondo.

-El empleo sigue siendo organizador y contenedor. Quizá por eso se prefiera inflación antes que desempleo.

-El problema es que cuando la inflación pasa ciertos niveles termina produciendo desempleo porque el empresario más allá de cierto nivel de inflación no sabe a cuánto vender sus productos ni cuánto le va a costar reponer sus insumos; con lo cual comienza una crisis de acumulación y una caída de inversión que termina en desempleo. Vamos a ver qué sucede este año cuando haya que quitar el respirador y el tubo de oxígeno. Esto tiene un sentido preelectoral que va a desaparecer después del nuevo gobierno.

-¿Básicamente, se trata de llegar a octubre?

-Sí, hay condiciones para llegar, pero con la lengua afuera. Será gradual o de shock, pero seguramente habrá un proceso de devaluación. Curiosamente, nos encontramos por primera vez en la historia con la posibilidad de que un gobierno populista le deje una pesada herencia a otro gobierno populista. Si eso llegara a pasar, va a ser una situación inédita. Uno de los hechos importantes que ha tenido el populismo es esta ausencia de espíritu republicano. Mi impresión es que si pudieran instaurar -que no pueden- una monarquía absolutista, lo harían. El respeto por las formas republicanas ciertamente no es algo que haya estado en el ADN de los populismos en la Argentina.

Un futuro posible, según Isuani

Meter el bisturí en las políticas sociales, ¿no implica activar una bomba de tiempo?

La Argentina gasta más de 100.000 millones de dólares por año en políticas sociales. Más de un cuarto de su producto bruto, con lo cual es mucho lo que podría repensarse y rehacerse. El sistema de salud pública, por ejemplo, es un sistema fragmentado en el que cada provincia hace lo que puede como puede. Hay un sistema de 300 obras sociales haciendo lo que creen, como pueden. Tenemos un gasto per cápita en salud mayor a otros países que no se advierte, porque hay dilapidación de recursos. Hay mucho para hacer, pero esto exige un gobierno que tenga fuerza y un proyecto sustentable a mediano y largo plazo. ¿Es fácil? No. ¿Imposible? Tampoco. El país tiene un sector agrario potente frente a un mundo que va a seguir demandando; y reservas energéticas importantes, además de algunos servicios que han ido conquistando mercados externos. Un gobierno que se base en esto para impulsar una estrategia de desarrollo económico y al mismo tiempo remodele el edificio del Estado de bienestar tiene alguna chance de empezar a llevarnos a un camino de crecimiento y desarrollo.

Mano a mano

Docente y teórico con vocación política

Aunque ya hace tiempo que vive y trabaja en Buenos Aires, cuando se explaya todavía se le advierte cierta cadencia de su Mendoza natal. Su claridad explicativa y su empeño por profundizar conceptos teóricos y, al mismo tiempo, acompañarlos con diversos ejemplos concretos y cotidianos probablemente se deban a la vocación docente y a las clases que sigue dictando en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de San Andrés. Aldo Insuani tuvo un paso por la política profesional hace unos años, cuando se desempeñó como secretario de Acción Social en el Ministerio de Desarrollo Social y Medio Ambiente de la Nación, en épocas de la Alianza. Ese cargo fugaz y "menor" le permitió escudriñar, de cerca y desde otro lugar, el mapa social de la Argentina y, fundamentalmente, la situación de la población de la tercera edad. Tan lejos del populismo como del neoliberalismo, este investigador defiende el camino de la socialdemocracia. En este sentido, actualmente comparte afinidades políticas con GEN y su principal referente, Margarita Stolbizer.

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