Con los ojos bien abiertos ante Kubrick

Fernando López
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23 de mayo de 2000  

Primero hay que pasar por alto el eco de estridencia folklórica que trae consigo, para los lectores argentinos, el título del libro: "Aquí Kubrick" (Ed. Mondadori, Barcelona).

Al fin y al cabo, tampoco el original en inglés, "Eyes Wide Open", era un dechado de imaginación. Otros accidentes derivados de la traducción a la española -por ejemplo, el empleo de los títulos con los que los films del desaparecido realizador fueron conocidos en la península- pueden, asimismo, desorientar un poco.

Pero a esos reparos menores pueden oponerse unas cuantas razones que justifican la lectura de esta obra puesta en venta aquí hace algunas semanas.

Por ejemplo, la capacidad de observación y la claridad expositiva que podían esperarse de su autor: Frederic Raphael. Este guionista de bien ganado prestigio -"Darling" y "Dos en el camino" figuran entre sus contribuciones al cine-, es además un narrador de fogueado oficio: lleva escritas diecinueve novelas.

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Haber trabajado durante dos años cerca de Stanley Kubrick -fue el guionista de "Ojos bien cerrados"-, colocó a Raphael en una condición privilegiada para asomarse a un territorio generalmente vedado a la curiosidad pública.

El director de "La naranja mecánica", se sabe, era un misántropo; construyó en torno de sí mismo una muralla y redujo su comunicación con el mundo al esporádico contacto que suponían sus películas, rodeadas siempre durante su proceso de realización de la misma atmósfera secreta.

Cualquier testimonio directo acerca de este obsesivo perseguidor de la perfección -que pretendía tenerlo todo bajo control y que en su empeño por abolir el imprevisto revelaba una cautela próxima al terror- resulta, por lo mismo, invalorable para el admirador de su obra.

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Es cierto que en su libro, en el que mezcla pasajes de un diario personal, descripciones muy gráficas y escenas recreadas a la manera de un guión, Raphael atiende con tanto esmero al relato de su experiencia cerca de Kubrick que termina revelando más de su propia experiencia que del cineasta.

No obstante, entre mucho pormenor inconducente, el cinéfilo podrá hallar apuntes certeros, intuiciones e hipótesis que enriquecen el retrato del artista solitario, del que asoma, al final, la imagen de un ser humano inteligente y complejo, vulnerable y en ocasiones vacilante.

Una imagen, por cierto, bastante menos distante y más entrañable que la de ese genio insociable y retraído con la que normalmente se lo asocia.

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