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Romance sin cursilerías

Pablo Gorlero
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23 de mayo de 2015  

La chica del adiós / Libro: Neil Simon / Versión: F. Masllorens y F. González del Pino / Dirección: Claudio Tolcachir / Intérpretes: Diego Peretti, Paola Krum, Gipsy Bonafina y Lucía Palacios / Escenografía: Alberto Negrín / Iluminación: Marcelo Cuervo / Vestuario: Ana Markarian / Stage manager: Franco Battista / Productor ejecutivo: Damián Zaga / Director de producción: Ariel Stolier / Producción: Adrián Suar, Pablo Kompel y Nacho Laviaguerre / Sala: Metropolitan Citi / Duración: 100 minutos.

Nuestra opinión: muy buena.

El anuncio de una comedia de Neil Simon en la cartelera porteña no genera ni cosquillas ni novedad. La rúbrica del autor norteamericano es una constante en las marquesinas de las salas comerciales. Muchas veces considerado garantía de éxito por su manejo de los climas, por su habilidad para confeccionar a sus personajes, tan reales, y por sus interesantes radiografías sociales, con una mirada personal. Detrás de sus fachadas graciosas, sus criaturas esconden capas más atractivas e intensas, y eso los vuelve más humanos, más interesantes.

Ésta es una trama concebida originalmente para el cine, en una película que se estrenó en 1977 (y una remake en 2004), cosechó elogios y entró en ese selecto grupo de comedias acariciables sin excepción. Pasaron muchos años y, afortunadamente, la sensible mirada de Claudio Tolcachir trasladó la acción a Buenos Aires y a nuestros días, en una agradecida adaptación en la que nada está forzado, todo encaja perfectamente y no sobra ni una frase.

Paula es una bailarina de unos 40 años, que vive con su hija de 13 años. Acaba de ser abandonada por su pareja, está sin trabajo, sin plata para el alquiler y con una frustración sin límites. Pero llega al departamento Rodolfo, conocido de su ex, un actor que arriba a la gran ciudad para representar una particular versión independiente de Ricardo III. No les quedará otra que compartir la vivienda y ese vínculo es el corazón de la propuesta.

Neil Simon diseñó una comedia espléndida, pero sólo con eso no alcanza. Si no se le sumó una estrellita a esta crítica es porque no estamos ante una dramaturgia insuperable. De todos modos, ese adjetivo tan esquivo, en este caso, se puede convertir en "inolvidable". Porque así es la propuesta de Claudio Tolcachir: sensible, emotiva, divertidísima? de esas obras ante las que uno, sin darse cuenta, se encuentra con una sonrisa permanente en el rostro y los ojos llorosos. Se puede pasar de la carcajada a la ternura. Pero no por un estado emocional dramático y trágico, por el contrario: es porque es sensible. Y bienvenidas las propuestas sensibles.

Tolcachir supo de dónde asir la obra para volverla viva, y la llave fueron sus actores. Hay un ritmo que no cede y una progresión dramática exacta. El director no se quedó sólo con el argumento, sino que le otorgó pinceladas musicales, relatos de situación, y un interesante quiebre de tiempo y espacio en ciertos momentos. Alberto Negrín, en la escenografía (sencilla, práctica), y Marcelo Cuervo, en las luces, fueron socios perfectos, así como la genial Gipsy Bonafina, al piano y en la interpretación de varios personajes. Cambia de máscara en segundos, canta y ejecuta en un parejo nivel de excelencia. A su vez, el juego musical vocal entre todos los intérpretes les da un color preciosista a algunos tránsitos.

Paola Krum es realmente encantadora. Realiza aquí un trabajo muy diferente a los que le tocaron en teatro y televisión en los últimos años. Y se agradece su arribo a la comedia. Sabe por qué carriles debe transitar y no se instala en lugares cómodos. Su composición tiene la sensibilidad lógica y precisa para esta propuesta. Con Diego Peretti tienen una química inmensa y conforman la pareja ideal. Él posee una autoridad escénica innata y es un gran conocedor del género. Sabe de semitonos, de capas intermedias con las que el actor no se vuelve previsible. La escena de la borrachera que comparten ambos actores es entrañable. Hacía mucho que este cronista no presenciaba un ritmo de comedia como el que se produce en La chica del adiós. Es el romance sin cursilerías, sin burla, genuino y tierno.

Pero la frase final es para Lucía Palacios, un placentero descubrimiento. Como la hija de la protagonista, tiene la tarea difícil de arrancar la obra. Y como relatora, solita su alma, debe estar al frente de la platea. Es natural, segura y lleva con confianza el relato. Asimismo, la relación que representa con Krum y Peretti es también entrañable.

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