De Varsovia a Buenos Aires: la historia de Irene Dab, una sobreviviente del Holocausto

Irene junto al diputado porteño de PRO Daniel Lipovetzky, el subsecretario de Derechos Humanos Claudio Avruj y la fundadora y el presidenta del Museo del Holocausto Graciela Jinich y Gustavo Sakkal respectivamente
Irene junto al diputado porteño de PRO Daniel Lipovetzky, el subsecretario de Derechos Humanos Claudio Avruj y la fundadora y el presidenta del Museo del Holocausto Graciela Jinich y Gustavo Sakkal respectivamente Crédito: Prensa Legislatura porteña
Fue declarada personalidad destacada de los Derechos Humanos en la legislatura porteña; "¿Por qué yo sí sobreviví y otros no?", se cuestiona todos los días de su vida
Stephanie Chernov
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27 de mayo de 2015  • 03:41

Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Seis de la tarde del martes. Irene Dab ingresa al Salón San Martín y toda la audiencia se da vuelta para aplaudirla. Con los ojos brillantes de la emoción y una sonrisa, saluda a cada uno de los presentes.

"Hay momentos en la vida en que todo se trastoca inesperadamente. Momentos en los que la historia parece enloquecer y el espanto toma el control. En esos momentos en que la humanidad pierde el sentido, muchos caen derrotados, pero hay otros que resisten y sacan fuerzas de donde ya no quedan para seguir adelante", se señala en el video en que se presenta su historia.

Irene tenía 5 años cuando conoció el infierno nazi. Fue una de las 400.000 personas confinadas en el Ghetto de Varsovia. A esa edad debió aprender a esconderse, a llamar por otro nombre a su propio padre, a hacer de roperos sus refugios.

El acto que la distingue como Personalidad Destacada de los Derechos Humanos está encabezado por el diputado porteño de PRO y autor del proyecto, Daniel Lipovetzky. "El testimonio de Irene es muy importante para recrear la historia del pueblo judío. Nos ayuda a no olvidar las atrocidades ocurridas en el ghetto más grande de Europa", sostiene el diputado.

Irene Dab tenía apenas 5 años cuando conoció el infierno nazi. Fue una de las 400.000 personas confinadas en el Ghetto de Varsovia. A esa corta edad debió aprender a esconderse, a decir "tía" a señoras desconocidas, a llamar por otro nombre a su propio padre, a hacer de roperos sus refugios.

Durante algunos años, su nombre debió ser Teresa. Así la bautizó un matrimonio joven que la adoptó por pedido del padre, quien manejaba un camión que trasladaba obreros y la sacó en una bolsa de herramientas.

De casa en casa, de familia en familia, Irene vivía como una pastora cuidando una cabra. Simulaba ser la sobrina de un matrimonio: "Mi supuesto tío trabajaba con mi papá y se había ofrecido para cuidarme", cuenta en uno de sus relatos.

Finalmente, en un pueblo a 40 kilómetros de Varsovia, cuando la guerra llegaba a su fin, la llevaron a una casa y allí se volvió a encontrar con sus padres. "Por suerte la vida siempre triunfa, y de a poco todo se fue reacomodando. Papá venía todos los días a conversar conmigo, a poner sus fuerzas cuando las mías flaqueaban, una vez más, mi padre, mi salvador acudía a ayudarme a vivir", dice en un fragmento de un libro en el que ella recopila sus memorias.

Después de la guerra llegó a la Argentina; pero se encontró con otra traba: para obtener la visa, tenían que ser católicos. "Recuerdo que me hicieron rezar el padre nuestro para ver si lo sabía. No tuve problemas y así llegamos como católicos a la Argentina, en febrero de 1948", sostiene.

Después de la guerra, se fue con su familia a París y luego a Bélgica. Llegó a la Argentina, finalmente, por un tío que vivía en el país y les escribía cartas. Sin embargo, se encontraron con otra traba: para obtener la visa, tenían que ser católicos. "Recuerdo que me hicieron rezar el padre nuestro para ver si lo sabía. No tuve problemas y así llegamos como católicos a la Argentina, en febrero de 1948", sostiene.

Irene comenzó a contar su historia a diversas audiencias luego de la muerte de su padre: "Lo hice casi como una misión; una especie de homenaje a mis padres y a los seis millones de muertos que no pudieron sobrevivir para contarlo".

Asegura que en muchos momentos se preguntó si no sería mejor olvidar las atrocidades que vivió, pero siempre volvió a elegir el camino de la memoria "para que todo aquello tan terrible que sucedió, no vuelva a ocurrir en ningún rincón del planeta".

Si bien sostiene que la felicidad de sobrevivir es incontable, el sentimiento de culpa es permanente: "¿Por qué yo sí y otros no?", se cuestiona con angustia todos los días de su vida.

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Stephanie Chernov

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