Por la ciudad sin frenos

Cómo son las carreras clandestinas de bicicletas más famosas del mundo que llegaron al cemento porteño entre el cauce romántico de las aventuras urbanas y la polémica inevitable
Joaquín Sánchez Mariño
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31 de mayo de 2015  

Fuente: LA NACION - Crédito: Dafne Gentinetta

Cayó el sol en la colina. Tras la estatua de Mitre, un grupo de más de cien personas intenta recuperar el aire. A su alrededor, cientos de bicicletas tiradas en el pasto. Se oyen algunos gritos de festejo, arengas, y varias cervezas van de mano en mano. Junto al podio, un chico sostiene su muñeca contra el pecho y aprieta los dientes. Más tarde, en algún hospital de la zona, le dirán que está quebrado, y su leyenda comenzará a rodar: se rompió la muñeca y siguió corriendo, como en las películas, y salió tercero. El Pollo Eymann.

El primero es un bicho aparte. Un gladiador como lo llaman en Facebook, un semidiós. Tipo grandote, gesto adusto, no quiere notas. Usa una remera negra que identifica a su grupo: Pampa Riders, una comunidad de ciclistas que hace largos recorridos en un día, como ir a Mar del Plata. Su nombre y su apodo pide que no los mencionemos. Llevaba el número 47. Es, como los buenos mitos, un tipo clandestino. Digámosle Aquiles.

Acaba de terminar la primera Alleycat del año y el vértigo todavía es el rey de la escena. Son las siete y media de la tarde del sábado 9 de mayo. Hace unas horas, largaron 130. Ahora, llegaron 110. En el medio, una carrera.

Todo empezó en 1989 en Toronto, Canadá. Un gato callejero, de eso se trataba. Juntar a los mensajeros de la ciudad, gatos callejeros, ágiles, furtivos, sucios de tanto smog, y hacerlos correr ya no para llevar un sobre, sino para divertirse. Convertir el trabajo en subcultura. Darle épica.

La cosa creció. Chicago, Nueva York, San Francisco, Berlín, el DF. Con el tiempo se estableció como la carrera de los mensajeros e impartió su espíritu: llegar siempre primero, por el camino más rápido posible, sin respetar semáforos ni embotellamientos. Atravesar la anarquía de la ciudad sin detenerse, y reírse un poco de eso de que un gato callejero puede hacer un lío enorme entre los autos. Sin sponsors, sin los atributos de la fama: llegar como volando para satisfacción personal, para escuchar las sirenas siempre alejándose. Y una cuestión común, aunque no excluyente: la mayoría corre a bordo de bicicletas con piñón fijo, es decir, sin frenos ni posibilidad de descanso. Todo se maneja con fuerza de piernas y destreza. Es difícil de explicar. Para eso, Hollywood tiene su antídoto: la película Premium Rush lo muestra a la perfección, aunque los corredores de Alleycats se identifican más con Quicksilver, que en rigor es tres años anterior a la primera carrera.

Origen mensajero: se estableció como la carrera de los mensajeros e impartió su espíritu: llegar primero, por el camino más rápido, sin respetar semáforos ni embotellamientos
Origen mensajero: se estableció como la carrera de los mensajeros e impartió su espíritu: llegar primero, por el camino más rápido, sin respetar semáforos ni embotellamientos Fuente: LA NACION - Crédito: Dafne Gentinetta

¿Pero de qué se trata todo esto? ¿Cuál es el punto en que un pasatiempo se vuelve cultura? Digo, la largada. ¿Cuántos universos suceden a la vez, sin que nos demos cuenta de que nos atraviesan? Los miro llegar pedaleando por la calle, disfrutando en silencio de ese viento que provoca el avanzar. La mayoría parecen tipos tímidos. Se saludan con un golpe de manos y se quedan mirando, esperando que comience la aventura. La vaga sensación de salir volando, pienso. Una hamaca que en el punto máximo nos despide, extendemos brazos, buscamos la distancia para caer mejor. La adrenalina, el golpe del aire como un puño en la cara. Y entonces los corredores escuchan la voz de largada y se lanzan colina arriba en busca de sus bicicletas. Cada una de ellas tiene un papel con un mapa acomodado entre los rayos, su lista de check-points. Los hombres y las mujeres salen como hormigas. Buscan su elemento, leen el mapa y en menos de cinco minutos los 130 corredores del primer Alleycat del año desaparecen. El hormiguero ahora, como atravesado por una bota, está vacío. Sólo quedan dos o tres bicicletas tiradas en el piso, sus dueños se distrajeron o se acobardaron. Los chicos de la organización guardan los handies y se apresuran a salir para los check-points. Son casi las cinco de la tarde. Los hombres han salido a sentir volar.

La competencia, de origen canadiense,  se desarrolla en la ciudad desde hace dos años. Comenzó por una comunidad local de ciclistas amantes del piñón fijo
La competencia, de origen canadiense, se desarrolla en la ciudad desde hace dos años. Comenzó por una comunidad local de ciclistas amantes del piñón fijo Fuente: LA NACION - Crédito: Dafne Gentinetta

En Buenos Aires, la competencia se desarrolla desde hace dos años. Comenzó de la mano de Argentina Fixed Gear, una comunidad local de ciclistas amantes del piñón fijo. Aquella primera edición arrancó en el Planetario, corrieron treinta tipos. De entonces a hoy, la organización estuvo a cargo de diferentes grupos, para que puedan rotar y participar alternadamente. Todos coinciden en manejar la comunicación de manera preventiva, sin dar mayores datos para no opacar el espíritu under. De todas formas, el número –como la cultura ciclista en Buenos Aires– creció enormemente. Se anotaron 170 personas y asistieron 130, de los cuales sólo 110 lograron completar el recorrido. En esta ocasión la carrera constó de nueve check-points distribuidos por la ciudad y marcados en un mapa que no se les dio a los corredores hasta el momento de la largada. Así, todos salen sin saber siquiera adónde tienen que ir, como un acto de fe. Salieron del monumento a Mitre hacia Suipacha al 100, de ahí a Boedo, luego a Villa Crespo, a Agronomía, Villa Urquiza, Núñez, Palermo y finalmente otra vez al monumento. Se recorrieron aproximadamente 40 kilómetros. Tardaron, depende el corredor, entre una hora y media y dos. El único requisito de la organización fue que todos llevaran casco, y les pidieron reiteradamente que respetaran las señales de tránsito y cuidaran su integridad física. Lo que sucedió después fue imposible controlarlo. El caso del Pollo Eymann lo retrata. "Camino al tercer check-point me quedé solo. Fue una situación rara porque al no estar en pelotón una bici pierde mucho peso: es más complicado maniobrar solo que en grupo. Y quise pasar por el costado de una calle a velocidad considerable y un auto estaba entrando a una estación de servicio. No me vio, hice una maniobra evasiva que no fue suficiente y me llevó puesto. No fue tan bravo porque todo sucedió fuera de la calle. Yo terminé en la vereda y la calentura de seguir en carrera hizo que me levantara y saliera picando. El pobre hombre se bajó medio preocupado y no entendía nada. Para mí era la primera Alleycat, era importante dar el mayor esfuerzo posible. Recién a la noche sentí dolor cuando se empezó a hinchar la muñeca, y el domingo me hice placas y era fractura", cuenta. Aun así, llegó en el tercer puesto, algo que explica hablando del entusiasmo, la inconsciencia y la velocidad de piernas. "Creo que el valor de terminar la carrera era el más importante, más allá de pelear el podio", agrega después el chico de 22 años dedicado a la pos producción de cine y video.

"Me he dado palos, me he caído, pero no me desalienta eso", dice ella, que trabaja en una mensajería y conoce muy bien la ciudad
"Me he dado palos, me he caído, pero no me desalienta eso", dice ella, que trabaja en una mensajería y conoce muy bien la ciudad Fuente: LA NACION - Crédito: Dafne Gentinetta

No fue el único accidentado. Más allá de los 20 que no completaron el recorrido por problemas técnicos o desmotivación, hubo otros accidentes. Uno de los chicos, también anónimo por su preferencia, se rompió la clavícula. Los raspones, caídas y cortes son casi un juego de chicos. Lo que hacen, aun responsablemente, es una peligrosa lotería. La gracia de volar, dicen los que saben, radica en la amenaza de la caída.

Las mujeres también conocen el oficio. Emilia tiene rastas rubias y 31 años. Trabaja de mensajera desde el año pasado y ésta fue su primera Alleycat. Corrió junto a su grupo de compañeros de Medrex, una empresa de mensajería, que representó la pata originaria de la movida. Su ventaja, además de moverse como los verdaderos gatos callejeros entre los autos, es conocer los atajos de la ciudad. "Empecé con una playera y me fui dejando llevar y terminé con una fixie", dice sobre su bicicleta. Playera no hace falta explicar qué es, fixie vendría a ser una bicicleta de pista adaptada al uso urbano. "Te vas cebando: empezás a andar más rápido, estás todo el día en la bici y querés más, cada vez más, y así. Me he dado palos, me he caído, pero no me desalienta eso. Además, de las veces que terminé en el piso nunca fue por andar sin frenos. Cuando ando con piñón fijo soy más prudente. Lo malo nomás es que te lastima un poco las rodillas porque hacés toda la fuerza", dice antes de la largada.

¿Y estás acá para ganar o para divertirte?

Y…, si te digo la verdad quiero ganar. Al menos en la categoría mujeres, porque los varones son inalcanzables.

Hay pocas mujeres igual…

Sí, pero tienen ruteras, con cambios. Tienen más máquina, digamos, eso les da ventaja. Pero lo que tengo a favor es que trabajo de mensajera y supongo que conozco más las calles que ellas.

¿Qué es lo lindo de ser mensajera?

Estar en la calle… Estar en la calle libre.

¿Sos osada a la hora de pasar los semáforos?

Dicen que sí.

Emilia salió segunda. Probablemente ya esté pensando en su revancha. Eso, dice uno de los organizadores, es algo que marca la carrera: todos terminan desesperados por volver a correr, por otra oportunidad. ¿Por qué? El organizador, anónimo otra vez, explica: "Porque hay poco tiempo para pensar la ruta y en ese tiempo hay que manejar bien la bici, cuidarte de los autos, pensar la trayectoria más corta y andar lo más rápido posible. Es muy difícil hacer todo eso a la vez. Entonces, si no llegaste primero siempre queda en la cabeza el si hubiera agarrado por acá o si hubiera hecho esto... El 70 por ciento de la gente que corre en general no se perdona a sí mismo y quiere revancha sí o sí".

Fuente: LA NACION - Crédito: Dafne Gentinetta

El ganador, de hecho, es uno de ellos. Ya había ganado, después no, y ahora volvió por el trono. Hacia dentro ya es famoso. Hacia fuera, un fantasma, el motorcycle boy de Coppola. Y aunque toda subcultura puja por abastecerse de visibilidad, y empuja para arriba, en este caso la condición fugitiva es imprescindible para que la comunidad crezca. Como los bares con contraseña que se vuelven populares o las series de culto que no queremos compartir. Un rito analógico que vale la pena cuidar. Un objeto cronicable de los extramuros. La clandestinidad además aporta el cauce romántico de las mejores aventuras: hacer en la sombra sin pretender que la obra salga a la luz. Así es que nuestro Aquiles, sin nombre, sin epíteto, se mantiene anónimo con su doble corona. El de los pies ligeros no quiere ser nombrado.

Nicolás Montemurro en cambio no tiene problema: me explica un poco el sentido del vértigo y me dice que el ganador no es humano, que según cuentan los rumores desayuna con nafta. Nicolás, además de ciclista (esta vuelta salió cuarto), se dedica al periodismo. Le pregunto por qué arriesgan tanto por una carrera, si ni siquiera hay premio, y dice: "Hay un riesgo, eso todos lo sabemos. Yo una Alleycat no la terminé porque partí el eje delantero de la bicicleta, por ejemplo… Pero se intenta hacer todo con la mayor prudencia posible". Hace caso omiso –porque no lo sabe o porque no le importa– a que en 2008 murió un chico en Chicago durante una Alleycat de invierno, además de otros accidentes de gravedad. Pero acá, hasta el momento, no pasó nada de esto.

¿Cómo se gana? Nicolás dice que es mejor ir en grupo. "Cuando ves que uno ya diagramó un buen camino lo seguís. Además ya sabés quiénes son buenos, así que se arman pelotones. Y nadie te va a pegar un codazo para pasar, en ese aspecto hay buen espíritu deportivo… Mi atributo capaz es que soy un quemado: no freno. Pero esa es también mi falencia."

¿Existe la fantasía de salir volando?

No creo. Cada vez que uno se la pone y lo cuenta, nadie lo felicita. Es decir, ninguno se enorgullece de chocar, por más heroico que pueda parecer. Somos bastante autocríticos en ese aspecto.

¿Y son autocríticos con el riesgo innecesario de lo que hacen?

Sí, claro. Mis viejos en la primera que corrí estaban con el corazón en la boca. Siguen con miedo, pero me tienen más confianza.

La primera Alleycat del año constó de nueve check-points distribuidos por la ciudad y marcados en un mapa que no se les dio a los corredores hasta el momento de la largada
La primera Alleycat del año constó de nueve check-points distribuidos por la ciudad y marcados en un mapa que no se les dio a los corredores hasta el momento de la largada Fuente: LA NACION - Crédito: Dafne Gentinetta

Andrés Mut ya corrió tres de estas carreras, con buenos y malos resultados. En 2014 estuvo en Chicago y cuenta que miraba la amplitud de las calles pensando en cómo sería correr una Alleycat allí. A todos, pienso, se nos transforma la mirada a merced de nuestras pasiones. Dueño de Rouen Cycling, un local de bicicletas de Palermo, dice que a cada fixie que arma después la busca en las competencias, aunque en general los fanáticos preparan sus propios modelos. Cuenta que, si bien supo salir décimo primero en alguna edición, en la última le fue mal. Durante una semana, encerrado en su garaje de bicicletas, se maldijo por una serie de decisiones mal tomadas en su hoja de ruta. Ahora, ya sin tener que pensar en check- points ni avenidas, piensa un rato antes de responder cuál es el encanto tan particular de este encuentro. Y dice: "Esta carrera es algo que no está bien, pero lo sigo haciendo. Y sé que si quiero ganar tengo que correr muchos más riesgos, exponerme más… La verdad es que a un amigo no le recomendaría participar, me parece un peligro sin sentido, absurdo, completamente absurdo… Y aun así, ya estoy esperando a que anuncien la próxima para tener revancha, para volver a sentir esas dos horas de adrenalina. Es algo único, y supongo que esa contradicción explica mejor que yo lo que es un Alleycat".

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