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Grondona y Othacehé, próceres de la patria socialista

Jorge Fernández Díaz
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31 de mayo de 2015  

A la derecha de Raúl Alfredo Othacehé sólo hay una pared, y es bastante oscura. A su lado, los macristas más conservadores lucen como socialdemócratas europeos, y Carlos Menem es un hippie del Mayo Francés. Alguna vez Adolfo Pérez Esquivel le endilgó a Othacehé utilizar patotas violentas para producir temor y acallar a los disidentes. Y su deserción del Frente para la Victoria fue celebrada amargamente por Hebe de Bonafini, que lo vinculó entonces con Ramón Camps y el Batallón 601, y denunció al sempiterno intendente por "reclutar en sus filas a represores de la dictadura militar". El poderoso patrón de Merlo no respondió casi ninguno de esos ataques; vivió los fulgores de la breve primavera massista hasta que llegó este frío y escuálido invierno, y entonces regresó al kirchnerismo a tambor batiente. Lo despidió con bronca Hebe y lo recibió con alegría Wado de Pedro, que tiene a sus dos padres desaparecidos, fue militante de la agrupación Hijos, y ahora es secretario general de la Presidencia, con la encantadora misión de reclutar a los barones más reaccionarios del conurbano bonaerense.

La cosecha de Wado resultó exitosa y encierra una cruel broma del destino. Pero hay otra lectura posible: el cristinismo, hijo de la progresía local pero también de la oligarquía peronista, demuestra de un modo cada vez más desembozado que su única y genuina ideología es el poder. A cualquier precio. Incluso, si es necesario, abriéndole los brazos al abominable hombre de las nieves. Sólo desde este pragmatismo brutal, desprovisto de cualquier épica y virtud, se entienden las grandilocuentes operaciones culturales e históricas que luego necesita desplegar el Gobierno para otorgarle un maquillaje honorable a su táctica depredadora. Hacen falta muchos sables corvos para tragarse el sable de Othacehé. Y se precisa mucha retórica patriótica para que la militancia luche y luche, hasta conseguir su nuevo objetivo emancipador: sentar a Scioli en el sillón de Rivadavia. Admitamos, con todo, que el titán naranja es Felipe González al lado del duque de Merlo. Las cosas como son.

El Gobierno gasta a nuestro nombre, y para beneficio propio, con la tarjeta sin límites que el pueblo le extendió alguna vez. Abusa de la tarjeta y nos está fundiendo

Para explicar esta flojedad de escrúpulos que instrumentan las almas bellas del kirchnerismo a la hora de la verdad, cuando las papas queman y hay que pactar con cualquiera para no perder las elecciones, nada mejor que la doctrina Aníbal Fernández: los intendentes se dan vuelta porque "el tobogán termina en el arenero". Pero visto de cerca resulta que no es arena lo que ofrecen, sino oro en polvo, que proviene del presupuesto nacional. Todos los ríos van al mar, y todas las convicciones terminan en la caja. Doce años después continúa la "emergencia económica" y, por lo tanto, los superpoderes; el sistema federal está tan vigente como la Glostora y la levita: todos deben arrodillarse en Balcarce 50. Y hacer política consiste ahora en capturar el Estado y salir de compras. Este procedimiento no empieza y termina, por supuesto, en los conversos automáticos de la casta, sino que se extiende a la sociedad consumidora, que no pide cuentas ni se interesa por el precio de la fiesta. El Gobierno gasta a nuestro nombre, y para beneficio propio, con la tarjeta sin límites que el pueblo le extendió alguna vez. Está haciendo abuso de confianza con esa tarjeta. Nos está fundiendo, sin escucharnos, mitificando a la dinastía Kirchner, imprimiendo sus huellas familiares en edificios y símbolos que son de todos los argentinos, organizando celebraciones multimillonarias con fines proselitistas, y sobre todo inyectando plata para recalentar el consumo, generar falsa prosperidad y ganar en primera vuelta. El déficit subió casi 800% y el rojo fiscal superó los 55.000 millones de pesos entre enero y abril. La factura de la propaganda oficial mete miedo. Y el kirchnerismo desanda el desendeudamiento colocando letras y emitiendo títulos, e imprimiendo día y noche billetes sin respaldo. Huye hacia adelante. Es como un tío simpático, derrochador y demagógico que inventa manganetas con los bancos, y que cada tanto reúne a sus parientes y amigos para hacerle regalos y recibir sus lisonjas. Un día la empresa familiar quiebra, y nos preguntamos dónde está el tío. Es posible que no lo encontremos. Si tiene suficiente timing ya se hallará lejos y a salvo, y entonces algún infeliz deberá ponerle el pecho al tendal. Pero mientras tanto, ¿quién nos quita lo bailado, tío?

No se puede subestimar la astucia de Cristina Kirchner, que cayó en errores temperamentales y se disparó algunos tiros en los pies, pero que, a la vez, supo remontar su hora más difícil. Hoy se sabe que hace cuatro meses, en pleno escándalo Nisman, un grupo de expertos en encuestas y marketing político le trazó al Gobierno una evaluación precisa y lapidaria: electoralmente, el kirchnerismo estaba acabado. Ella no se dio por vencida y lanzó una campaña despiadada para matar al muerto. Su expertise les vendría muy bien ahora mismo a los caciques de la FIFA, que podrían aprender de sus socios de la Casa Rosada el infalible arte de zafar.

El manual del perfecto kirchnerista les aconsejaría rechazar de manera terminante la mera posibilidad de que los dirigentes del fútbol hayan caído en la tentación de la coima, presentarlos a continuación como honestos militantes de lo popular y calificar a la pesquisa norteamericana como una burda operación política de los fondos buitre y del imperialismo. Aníbal diría, por ejemplo, que la acusación del Departamento de Justicia de los Estados Unidos es un mamarracho. Y los especialistas locales en demolición conseguirían juristas amigos, algunos de ellos muy bien recompensados, para que minaran el expediente. Buscarían fotos en Facebook de Loretta Lynch y presentarían a la fiscal general como una persona frívola y poco confiable. Más tarde, sacarían a relucir las pifiadas históricas del FBI desde la gestión de Edgar Hoover. Y al final, pasarían la gorra entre tanto periodista garronero y tanto jugador venal para firmar una larga y lacrimógena solicitada en la que repudiarían la pérfida maniobra de Obama. Aunque pensándolo bien: las jugarretas kirchneristas, que le dieron excelente resultado durante este año alucinante, tal vez no fueran tan sencillas de practicar con poderes judiciales menos porosos a la influencia política, y en sociedades menos tolerantes a la corrupción. El espectacular operativo que mandó a la cárcel a varios directivos y alcanzó post mórtem a Julio Grondona tuvo la cualidad de recordarnos, como contraposición, nuestra indolencia frente a las prácticas mafiosas. Fue muy gracioso ver cómo los kirchneristas intentaron alejarse de esa putrefacción que los salpica, y cómo progres mediáticos se declaraban personalmente reivindicados por la caída en desgracia del grondonismo. Cuando fueron ellos mismos quienes aplaudieron de pie que don Julio y doña Cristina firmaran un pacto de promiscuidad. Los valientes guerreros anticorporativos celebraron hasta el éxtasis la confluencia de las dos corporaciones más rancias de la Argentina: el pejotismo y la AFA. Y ahora piden que se investigue todo hasta las últimas consecuencias, sin entender quizá que el Gobierno no puede cavar en su propio huerto sin el riesgo de encontrar los cadáveres que él mismo escondió. Othacehé y Grondona necesitan, por el bien del proyecto, ser parte de la patria socialista. Y la historia la escriben los que ganan, tío.

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