Un conformismo populista que ha vaciado la política

Alejandro Katz
Alejandro Katz PARA LA NACION
Con candidatos que compiten por la presencia mediática antes que por reinstaurar la palabra en el centro de la vida pública, las elecciones provocan tanta expectativa como indiferencia
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2 de junio de 2015  

Hasta no hace mucho tiempo se discutía entre nosotros si la antigua distinción que organizaba las ideas políticas según fueran de izquierdas o de derechas conservaba todavía algún sentido. Hoy, ya no es sólo esa distinción clásica que ordenaba, en su afán clasificatorio, las pasiones y los intereses la que, según muchos, ha quedado obsoleta. Es el concepto mismo de "ideas políticas" –con su contenido de valores, proyectos, prioridades– el que al parecer resulta desacreditado y carente de sentido. Es por eso que las vísperas del cambio de gobierno están resultando al mismo tiempo tan esperadas como inútiles, y provocan tanta expectativa como indiferencia.

Fuente: LA NACION

Expectativa por el fin de la mise en abîme de esa figura repetida en el juego de espejos infinito de la cadena nacional, el fin de esa imagen reflejada que es por definición narcisista, que se habla a sí misma de sí misma y que cancela así toda posibilidad de interlocución, de diálogo, de existencia de esos otros que, por tanto, ansían las elecciones sólo porque éstas les permitirán, literalmente, cambiar de canal, ver otro rostro o, a decir verdad, otro espectáculo.

Inutilidad, al mismo tiempo, de las elecciones, porque quienes pueden ganarlas han dado cada vez más pruebas de que sólo buscan sustituir una imagen por otra, de que compiten por la presencia en la escena mediática más que por reinstaurar la palabra política en el centro de la vida pública, una palabra cuya ausencia es quizá la mayor flaqueza de nuestra democracia.

Si en todo esto hay un motivo de irónica tranquilidad, está dado por la certeza de que la política argentina, despojada primero del supuesto manto constrictor de las ideologías y, luego, de las exigencias del pensamiento, no podrá degradarse ya más, devenir algo menos de aquello en lo que se ha convertido: candidatos-mercancía, commodities en el mercado de los bienes políticos, que no pueden –y no pretenden– diferenciarse por lo que son, sino sólo por el modo en que se los empaqueta, promociona y vende. Indiferencia por ese resto que permanece, por el residuo que al cabo de doce años en el poder deja un gobierno que se vanagloria de haber reintroducido la política en escena y al partir sólo deja la escena, el escenario, el lugar de la exhibición pública, el sitio para exhibirse ante el público, no el espacio de la deliberación en el cual se construye ciudadanía, sino aquel en el que "la gente" se convierte en espectadora, el ciudadano en consumidor.

Pero ese trayecto que lleva de la plaza a la pantalla no se ha recorrido sólo por la trampa discursiva del kirchnerismo y su voluntad de hablar durante el día de lo contrario de cuanto hace durante la noche, o de jactarse en el presente de aquello que le resultaba indiferente en el pasado. Es también resultado del éxito de un modelo que ha llevado al extremo lo que es posible hacer con el país cuando no hay decisión –ni imaginación– para hacer algo que realmente merezca la pena, algo que convierta el futuro en un mejor lugar que el presente. El silencio de los candidatos que tienen posibilidades de suceder a este gobierno nos dice que, según ellos, el kirchnerismo ha hecho las cosas bien. Nos dice eso cuando fuera de ese silencio afirman que los problemas son "el cepo", "la inflación", "la inseguridad" y cuando la única obligación que se atribuyen es "resolver los problemas de la gente". Eventualmente objetan el estilo, con menos frecuencia mencionan la corrupción y cuando lo hacen es para sugerir que no ocurrirá durante sus gobiernos, pero no para proponer un modo eficaz de sancionar la que ya existe, la que fue ayer y la que está siendo hoy mismo. El silencio de los candidatos delinea los límites que ellos aceptan para la acción política. Son límites que dejan al 30% de la población por debajo de la línea de pobreza, una pobreza que posiblemente estén dispuestos a paliar, pero no a erradicar. Límites que dejan la educación y la salud en su actual estado, deplorable según cualquier estándar que se busque. Límites que son complacientes con unas clases medias que se autosatisfacen en el consumo de juguetes tecnológicos –ya obsoletos, por lo demás, cuando acceden a ellos–, algunos viajes en cuotas, autos que no caben en las cocheras de sus modestas viviendas. Límites de la acción política que no romperán la frontera de los acuerdos con los empresarios prebendados, los mercados protegidos, las rentas garantizadas.

¿Por qué hablar de algo, si todos parecen convencidos de que nada mejor es posible? ¿Si después de doce años de poner a la población como testigo de la incompetencia, la corrupción, el autoritarismo, el Gobierno sigue gozando de altos niveles de aceptación y sus candidatos pueden aspirar a ser elegidos? ¿Por qué decir lo que nadie quiere escuchar: que la Argentina sigue consumiendo en el presente riquezas futuras?

Lo cierto, o cuando menos algo que parece cierto, es que ninguno de los candidatos con posibilidades de ganar en las próximas elecciones y asumir la presidencia de la República habla de las cosas que importan o que deberían importar: cómo romper la transferencia intergeneracional de la pobreza, esa que asegura que cada chico que nace hoy en una familia pobre será pobre a lo largo de toda su vida; cómo generar empleo productivo, cuando la economía está primarizada, la industria es ineficiente y prebendaria, y el Estado, obeso e incapaz. Pero lo peor es que al callar dan cuenta del silencio complaciente de una sociedad que no quiere oír hablar y que parece haber renunciado a tener algo que decir; una sociedad que no quiere que se revisen en serio la estructura tributaria ni los acuerdos federales, que no ve nada complicado en las lógicas contradictorias del consumo y del ahorro, de la producción y del gasto. Una sociedad que no quiere aceptar que los contratos fundamentales están vencidos, o rotos, o viciados: el contrato educativo, que obliga a los docentes, a los alumnos y a las familias; el contrato sindical, que obliga a los dirigentes, a los empleadores y a los empleados; el contrato del servicio público; el contrato de los gobernantes; el contrato de la palabra que enuncia las virtudes cívicas…

Para qué hablar, si la sociedad parece satisfecha al saber que alguien se ocupa de los pobres, y cree que la Asignación Universal por Hijo es la clave de bóveda de los más graves problemas sociales, satisfecha de que el Gobierno administre la memoria y los derechos humanos, que esas tareas, en consecuencia, dejen de ser una preocupación y una obligación compartida, y que no puedan tener ninguna solución distinta de las que nos ofrecen. Si la sociedad, en síntesis, aparece satisfecha cuando encuentra la coartada para resolver, no ya los graves problemas colectivos, sino simplemente su mala conciencia. ¿Qué es el desdén por las ideas si no el desafecto ante los problemas y el desprecio por las soluciones? ¿Cómo, si no por medio de un atajo, convertimos un ideal de justicia en asistencialismo perenne?

Como si todos dijéramos al unísono que hemos llegado justamente a donde queríamos: al grado cero de la no política, de un conformismo populista sostenido en el melancólico discurso de los viejos revolucionarios devenidos asambleístas de Estado.

Pero ¿acaso los silencios no enuncian complicidades? ¿Acaso no es de todo esto de lo que deberíamos hablar? O, más aún, ¿acaso no es necesario justamente hablar? Hablar para saber de qué deberíamos hablar, para aprender a argumentar, a oír, a corregir, a reconocer a los otros, a abandonar nuestras propias ideas. ¿No deberíamos restituir la palabra al centro de la escena política? La palabra, no la cadena nacional, no la exaltación autorreferente. La palabra como diálogo, no como arma arrojada una y otra vez en el rostro de los demás. Deberíamos hacer los mejores esfuerzos para que todos tengan la palabra, para que todos puedan justificar y exigir justificaciones: no la palabra de uno dirigida a los otros, sino la palabra común que circula de boca en boca.

Es posiblemente hora de aceptar que nuestra democracia, esta democracia-espectáculo, se ha vuelto demasiado ruidosa, y entre tanto ruido lo que debe decirse, lo que debe escucharse, ha ido languideciendo hasta desaparecer y dejar en el lugar de la deliberación y de la política, para utilizar la expresión de Bohumil Hrabal, "una soledad demasiado ruidosa".

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