El hombre que se atrevió a pensar distinto sobre el delito

Roberto Gargarella
Roberto Gargarella PARA LA NACION
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3 de junio de 2015  

Pocos días atrás falleció el notable profesor noruego Nils Christie, una de las personas que más ayudaron a renovar el pensamiento criminológico moderno y alguien que pasó a convertirse -a su pesar tal vez- en símbolo de una doctrina hoy por muchos repudiada, el abolicionismo. Una razón adicional, entonces, para lamentar su pérdida, ya que bastaba escucharlo para desarmar todos los prejuicios y reconocer en él -y a partir de él, en las doctrinas que propiciaba- la fuerza de un pensamiento humanista y reflexivo.

Christie fue una hermosa persona que participó en algunos de los debates más difíciles, divisivos e irritantes de su disciplina acompañado siempre de las mejores armas: empatía, inocencia, afecto.

Un hecho de su biografía permite acercarse a su pensamiento. Cuando era apenas un veinteañero, y Noruega buscaba superar el trauma del nazismo, el joven Christie, a contramano de lo que hacían y pensaban la mayoría de sus conciudadanos, decidió finalizar sus estudios en derecho yendo a escuchar a los colaboracionistas nazis, esto es, a aquellos a los que la sociedad señalaba como los peores criminales jamás habidos en el país. Entrevistó entonces a una cuarentena de carceleros alineados con el nazismo durante la guerra y acusados de muertes y maltratos físicos sobre sus detenidos en el extremo norte de su país. Y fue allí donde Christie aprendió la lección de su vida. Luego de recorrer las cárceles más peligrosas del mundo, dijo entonces (y lo repetiría una y otra vez): "Hablé con todos aquellos que eran descriptos como los peores monstruos que había creado el país, pero lo cierto es que no encontré a ningún monstruo, sino a gente común y corriente". A nuestro pesar, todos tendemos a ser -agregaría luego- demasiado parecidos los unos a los otros. "De qué lado hubiera quedado yo a los 17 años -se preguntaba- si hubiera estado trabajando como carcelero allí arriba, en esa época, con un arma en la mano." Permítanme agregar que este humanista radical noruego se hizo similares preguntas en sus numerosas visitas al país, y frente a los crímenes cometidos por los peores criminales del Proceso. Esto es lo que nos propone Christie: no se trata de un ejercicio de alegre irresponsabilidad, sino de otro por completo contrario, un doloroso esfuerzo de empatía.

Entre los datos que Christie citaba a menudo se encontraba el siguiente: durante años, Finlandia, alineada con la Unión Soviética, compartió con esta última y con los Estados Unidos las peores tasas mundiales de encarcelamiento (en Estados Unidos, unas 730 personas presas por cada 100.000, frente a 37 de Islandia o 62 de Noruega). Separada de la Unión Soviética poco tiempo después, y ya más en línea con los demás países escandinavos, Finlandia pasó a tener la segunda tasa de encarcelamiento entre las más bajas de Europa y una de las más bajas del mundo. ¿Qué había pasado? No es que los finlandeses se hubieran vuelto más inocentes -no eran ahora santos los que antes eran criminales-, sino que los criterios sobre qué se consideraba delito, tanto como las respuestas elegidas por el Estado para hacer frente al delito, habían cambiado (para ilustrar lo dicho con un caso fácil: si un día empezamos a encarcelar a los jóvenes que se copian en los exámenes o a los adultos que insultan a sus pares en la calle, tendremos muchos más presos que antes, pero esto será por una decisión propia y no porque tengamos ahora un brote de delincuencia).

A diferencia de quienes tienen preparadas respuestas contundentes y brutales frente a todo, Christie nos fuerza a pensar con detenimiento dentro de un territorio especialmente difícil. Christie no nos dice "el crimen no importa", "el dolor no existe", "la cárcel debe ser ya mismo abolida". Más que "abolicionistas", sus enseñanzas se inscriben dentro de lo que se conoce como la "justicia restaurativa". De lo que se trata (y a ello nos remite el término "restaurar," con raíces nórdicas) es de "volver a reconstruir la casa" o, más poéticamente, "levantar los leños caídos". En ocasiones, lo más importante (no lo único que se debe hacer, por supuesto) es reparar el vidrio roto, conocer la verdad, restaurar el dinero robado. Dicho esto, y para no escapar a las cuestiones más complicadas, podemos preguntarle a Christie, a renglón seguido, y más específicamente: ¿qué hacer frente al responsable del daño cometido, un daño que puede ser grave, irreparable, intolerable para la víctima o sus familiares? Otra vez, Christie no ofrece una respuesta fácil, sino que nos obliga a plantearnos la cuestión de un modo más completo.

Con sus buenas maneras de siempre, Christie nos preguntaba: frente a esas situaciones terribles, ¿es la cárcel la mejor respuesta que podemos ofrecer o al menos una respuesta atractiva? Cuando los padres envían a sus hijos a la escuela -agregaba enseguida-, lo hacen para que esos jóvenes se rodeen de buenos profesores, para que encuentren compañeros que puedan ser sus amigos toda la vida. Podemos pensar, entonces: ¿qué esperamos que ocurra cuando enviamos a alguien a la cárcel? ¿No resulta claro que, de ese modo, iniciamos o reforzamos un proceso de "capacitación para el crimen"? ¿No es eso lo que los hechos nos ratifican? ¿No es lo esperable que ocurra, cuando separamos a alguien de la sociedad y lo rodeamos de aquellos a quienes hemos identificado como los peores criminales? ¿Tenemos derecho a sorprendernos, luego, cuando el "culpable" no se "reforma", el preso se "reeduca" en el crimen o el "liberado" reincide?

Las cárceles, nos dice Christie, nos ofrecen un excelente diagnóstico sobre el país en el que vivimos, nos permiten entender qué tipo de sociedad es la nuestra, cómo responden nuestras autoridades ante los casos difíciles; cómo se comportan cuando no las vemos; contra quiénes impone su fuerza y a quiénes se esfuerza por mantener a salvo. La respuesta a esas preguntas se vuelve triste cuando pensamos en nuestro país y vemos lo que todo eso nos dice sobre quienes nos gobiernan: ¿quiénes son los que permanecen siempre impunes? ¿Quiénes son habitualmente sancionados? ¿Qué tipo de sanciones -y torturas- se han aceptado como prácticas habituales?

En definitiva, para un país como el nuestro, que como tantos se ha venido moviendo irresponsablemente entre el "garantismo bobo" y el irracionalismo de "mano dura", la muerte de un autor como Christie es una mala noticia: se ha ido quien nos ayudaba a hacernos las preguntas incómodas; ya no está con nosotros aquel que pensaba con claridad y hablaba con calma en un terreno en el que suelen decirse groserías improvisadas y a los gritos.

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