Un pianista sorprendente

Pablo Kohan
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4 de junio de 2015  

Recital de Evgueny Kissin, Piano / Programa: Mozart: Sonata en Do mayor, K 330; Beethoven: Sonata N°23, op 57, "Appassionata"; Brahms: Tres intermezzi, op 117; Albéniz: Granada, Cádiz, Córdoba, Asturias; Joaquín Larregla: "¡Viva Navarra!" Abono Quinto Aniversario / Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente

No existe un formato ni una metodología única para elaborar una crítica musical. Pero, por lo general, ante un evento sonoro que tiene un desarrollo temporal, lo habitual es explayarse sobre momentos clave, miradas estéticas, avances dramáticos, excelencias o contratiempos para arribar, por último, a una conclusión. Luego de haber observado el recital que Evgueny Kissin ofreció en el Colón, con las pulsaciones y los estremecimientos todavía latiendo intensamente, no hay modo de evitar ir directamente a los resultados finales. Así, de entrada y a pura exaltación, podemos afirmar que la presentación de Kissin fue admirable, magistral, sobresaliente, atrapante, fenomenal, extraordinaria y profundamente artística. Y dado que esta enunciación laudatoria no viene a reemplazar las explicaciones, superada la pulsión primera, ahora, con menos urgencias y el mayor detallismo posible, habrá que extenderse sobre las fundamentaciones de esta proliferación de adjetivos elogiosos, que, por lo demás, sólo cierto recato los hizo detener en un número relativamente corto.

Apenas superados sus cuarenta, Kissin ya arrastra una historia brillante de más de veinticinco años de carrera. Y desde aquel comienzo fulgurante de pianista virtuoso e impactante ha arribado a un presente de músico completo, convencido de sus ideas y sin ningún impedimento técnico para plasmar esas concepciones en realizaciones impecables y, lo que es más importante, coherentes y definitivamente válidas y convincentes. Su recital estuvo dividido en cuatro segmentos diferentes, cada uno centrado en un compositor y un período histórico puntual. En cada uno de ellos, Kissin ofreció una lectura apropiada y con un sello totalmente personal e irrefutable. Cada una de sus interpretaciones fue paradigmática y con una concepción tan individual que podrían oponerse o correr en forma paralelo a las de los más grandes pianistas de las últimas décadas en absoluto pie de igualdad.

En la Sonata K.330, Kissin se preocupó en demostrar que el período salzburgués de Mozart no se apartaba, mayormente, de las galanterías propias de aquel tiempo, independientemente de las osadías armónicas y las sorpresas casi teatrales que Mozart incluía en sus obras instrumentales. Desproveyó a su interpretación del pedal casi por completo, hizo de la transparencia el objetivo y las delicadezas y los refinamientos más sutiles y más musicales se fueron sucediendo como por arte de magia. Distinto a Brendel, a Uchida o a Schiff, maestros indiscutibles todos ellos, Kissin hizo sus propias maravillas con la música de Mozart.

Para confrontar y rebatir esa remanida y equivocadísima frase que sostiene que Beethoven fue el último clásico y el primer romántico, Kissin presentó la Sonata Appassionata como una obra de un clasicismo avanzado, lejos de cualquier galantería, pero sin desbordes románticos que serían más pertinentes algunas décadas después. El modernísimo Steinway del Colón sonó casi como un fortepiano de comienzos del siglo XIX. Con una técnica perfecta, pero, sobre todo, con una idea muy clara, hasta en los pasajes de mayor furia y efervescencia, cada nota tuvo su identidad, no hubo empastamientos de ningún tipo y todo fue comprensible. El último movimiento -ese en el cual los pianistas, muchas veces, aprovechan para exhibir músculos y capacidades físicas- fue un ráfaga intensa y profunda de un Beethoven clarísimo pocas veces así escuchado. Nuevamente, distinto a Brendel o a Schiff.

Con los tres Intermezzi op.117 de Brahms volvió a suceder el milagro. En estas piezas, las tres lentas y sumamente poéticas, Kissin prefirió indagar por el mundo íntimo de Brahms, sin estridencias ni desbordes emocionales. Dado el contenido de este repertorio, Kissin se mostró con una contención romántica muy adecuada. ¿Hay otras maneras de aproximarse a estos Intermedios? Sí, por supuesto, y grandísimos artistas tienen otros y muy propios modos de hacerlo. Pero a Kissin, hoy, en esta segunda década del siglo XXI, le funciona de maravillas esta lectura imbuida de pinceladas recatadas, abundantes en contrapuntos y contracantos y muchísmo lirismo.

Por último, llegó el segmento más extraño, el español, el que supuestamente no "entraría" dentro del mundo de un artista como Kissin. Contra los preconceptos, Kissin opuso toda su personalidad musical. Fueron cuatro piezas del Albéniz nacionalista y romántico, anterior al impresionismo de Iberia, y sus interpretaciones fueron detallistas, minuciosas, muy expresivas y bellas. Después de una Asturias fragorosa, el recital concluyó con una pieza de virtuosismo, ¡Viva Navarra!, una jota de concierto del vasco Joaquín Larregla.

La explosión final de un Colón con muchísimos claros en la platea y los palcos fue compensada, generosamente, con tres piezas fuera de programa, la Danza española Nº5, de Granados, y dos obras de Chopin, ni más ni menos que la Polonesa heroica y la Mazurca op.68, Nº2.

Y habiendo cumplido con la norma de formular los argumentos que justifican aquellos elogios primeros, bien podríamos ampliar aquella enumeración inicial con algunos adjetivos más. Es que, verdaderamente, el recital de Evgueni Kissin fue mágico, descomunal, sorprendente, deslumbrante, y, sobre todo, será inolvidable.

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