Con el foco en los hijos de padres separados

Juan Garff
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5 de junio de 2015  

Hasta el domingo / Libro: María Inés Falconi / Dirección: Carlos de Urquiza / Música: Martín Bianchedi / Arreglos musicales: Gerardo Gardelín / Intérpretes: Valentina Correa, Agustina Gil, Ariel Gorosito, Mariana Fuertes y Raúl Piñeiro / Escenografía: Carlos Di Pasquo / Iluminación: Miguel Coronel / Sala: Auditorio Universidad Popular de Belgrano, Campos Salles 2145 / Funciones: sábados y domingos, a las 17 / Nuestra opinión: buena.

Toda la lógica que regía la vida de Lucía se subvierte. Los tiempos son otros, los roles cambian. Sus padres se separaron. Un día del fin de semana con el padre se puede convertir para ambos en una aventura con tintes de odisea. Sobre todo en los primeros tiempos, en que muchas cosas son nuevas tanto para el padre como para la hija. Algunas no salen según lo esperado, otras requieren de un mutuo aprendizaje.

Hace veinte años, María Inés Falconi, la autora de la popular saga Caídos del mapa, llevó a escena con Hasta el domingo una realidad con la que se podían identificar seguramente muchos de sus pequeños -y grandes- espectadores, pero que el teatro para chicos porteño había evitado hasta entonces. Llamativamente tampoco hubo después muchas obras teatrales que incluyeran familias de padres separados entre sus protagonistas. La nueva puesta en escena de Hasta el domingo, a cargo de Carlos de Urquiza, responsable también de aquélla del estreno, mantiene su vigencia.

Los elementos escenográficos de Carlos Di Pasquo marcan sucintamente los espacios de las diversas escenas, replicando el tono por momentos caricaturesco con que son delineadas las dificultades por las que atraviesan Lucía y su papá. Cuando salen a comer a un restaurante, y ella quiere que la acompañe al baño. Cuando en una excursión a Lucía se le ensucia un vestido y el padre se da cuenta de que no sabe manejar -ni tiene- un lavarropas. La música de Martín Bianchedi acompaña los cambios de escena como breves cortinas de transición.

Valentina Correa y Ariel Gorosito, en los roles protagónicos, se dejan llevar por el texto armado con una precisa mecánica dramatúrgica, inusual en el teatro para chicos. Pero en ese mismo fluir del texto quedó menos desarrollada la intensidad emotiva, la variación de matices en la composición de los personajes. Casi como si las palabras, en su eficacia pero también en su abundancia, los arrastraran sin dar mucho tiempo a otras facetas de la interpretación.

Sea como fuere, la trama se desarrolla ágilmente, sin dejarse inundar por tonos densos, pero sin eludir tampoco la conflictividad latente -y en algunos sentidos irresoluble- de la situación de partida. El humor es la herramienta que permite abrir inesperadas puertas en lo que parecen callejones sin salida. Reírse de uno mismo -todos y cada uno- aparece como un punto de partida para tomar las cosas de otra manera.

Asoman por momentos los pataleos de la hija, la impotencia disfrazada de enojo de los padres, incluso su dificultad de llegar a acuerdos aun después de la separación. Una amiga de Lucía, que no pasa por una situación similar, marca un punto de contraste con esa lógica perdida. Pero a la vez sirve a la niña como momento de reflexión en que construye nuevas vías para la expresión de sus afectos.

Por: Juan Garff

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