Una regata de río, un hombre de mar

La historia acuática del francés Manuel Schmidt es el origen de la S33 Sailing Class, una atípica categoría con barcos hechos en la Argentina
Franco Spinetta
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7 de junio de 2015  

Fuente: LA NACION

Es sábado y el sol golpea sobre el Río de la Plata. Manuel Schmidt se calza la gorra inevitable y arenga a la tripulación. Son siete personas arriba de su barco XE. El nombre no es fortuito: XE es una expresión valenciana similar al che argentino. Así se llamaba el último barco de su abuelo Juan.

Alto, canoso y de ojos azules, Manuel fuma sin apuro y echando una mirada cada tanto hacia el Río de la Plata. Habla un español perfecto, aunque cualquiera podría adivinar que viene de cuna francesa. Nació en 1968 en el seno de una familia marcada por la potente historia de su abuelo. "Era un valenciano comunista que peleó en la Guerra Civil Española como piloto", cuenta. Cuando el ejército republicano cayó derrotado por las tropas del general Francisco Franco, muchos españoles se exiliaron en Francia, entre ellos Juan.

El viejo Schmidt no soportó estar lejos de su tierra y regresó bajo promesa de no entrometerse en correrías políticas. No le duró mucho y cayó preso. Luego de la cárcel amansadora, Juan se retiró y se compró un barquito para dedicarse a navegar en el mar valenciano.

Resulta fácil adivinar que la conexión de Manuel con el agua –y la razón por la cual estamos sobre un barco en el Río de la Plata– tiene que ver directamente con su infancia. Cuando tenía 6 años, su abuelo Juan lo dejó timonear el barco. Dice que fue una "sensación inexplicable. Imaginate que si es linda la sensación de manejar por primera vez una bici –continúa–, ¡lo que es dominar este bicho enorme!"

Durante sus vacaciones, Manuel visitaba Valencia para navegar con el abuelo Juan. La relación con el agua se hizo cada vez más intensa, en la medida en que iba adquiriendo más conocimientos sobre las tácticas y técnicas de la navegación. No perdía oportunidad para navegar.

Hay ocho barcos alistados para zarpar del puerto del Yacht Club Argentino: todo listo para la regata. Cada uno de los siete tripulantes tiene una función determinada: son piezas de un engranaje que funciona (o no) en base a las decisiones del Táctico. Manuel dice, mientras da instrucciones, que "la clave de esta función está en aprovechar el viento y la marea para sacar provecho de cada metro recorrido".

Manos a la obra: en charlas sobre la situación de las regatas argentinas concluyeron que era necesario encarar la construcción de nuevos barcos, más ligeros y competitivos. Era 2010
Manos a la obra: en charlas sobre la situación de las regatas argentinas concluyeron que era necesario encarar la construcción de nuevos barcos, más ligeros y competitivos. Era 2010 Fuente: LA NACION

En el barco XE todos están de buen humor. Ensayan algunos movimientos, prueban los instrumentos y bromean con Manuel, que retruca como buen porteño por adopción. Los barcos dan algunas vueltas entre las boyas que delimitan la pista esperando que el viento alcance los nudos necesarios para encarar la regata.

Pero la carrera no arranca. El viento rioplatense no despierta. Aprovecho para preguntarle cómo es que un parisiense empedernido cómo él llegó a la Argentina para afincarse. Y la respuesta era evidente: navegando. Se propuso cumplir con la fantasía de atravesar los mares y dar la vuelta al mundo, pletóricamente llevada al universo literario, de los sueños y las promesas de domingo: "¿Si dejamos todo y nos vamos a dar la vuelta al mundo?" Manuel le hizo esa propuesta a su mujer, René, cuando volvían en avión a su París natal de unas vacaciones en Portugal. Aprovechó un momento de debilidad de René (le aterra volar) para lanzarle la pregunta que venía macerando desde hacía ya un tiempo. "Sí, lo que quieras mi amor", fue la respuesta de la mujer, entre risas nerviosas.

Lola, la hija de Manuel e René, había nacido apenas un año atrás. Era 2002. El ritmo parisiense los había consumido. Manuel se pasaba más de diez horas por día trabajando en su estudio de arquitecto. El nacimiento de Lola lo había movilizado y sentía que algo no iba por el sendero correcto. "La vida me estaba pasando por al lado y yo simplemente la estaba mirando sin poder vivirla. Apenas podía estar un rato con ella", dice sentado en la popa de su barco con un cigarro levemente inclinado hacia abajo.

La idea de abandonar todo, tomarse un año sabático y salir a navegar el mundo se le hizo inevitable. "René pensó en una planificación de dos años, pero yo estaba desesperado y quería hacer todo ya. La verdad es no pensé que ella me iba a decir que sí", cuenta.

Había que comprar un barco, claro, pero también prepararse para una travesía que conllevaría riesgos imponderables. La idea, en principio, era imprimirle al viaje un ritmo pausado: "Queríamos parar en todos aquellos lugares que nos gustaran, pasar la cantidad de días que quisiéramos".

Todos están de buen humor. Ensayan algunos movimientos, prueban los instrumentos y bromean con que Manuel, que retruca como buen porteño por adopción
Todos están de buen humor. Ensayan algunos movimientos, prueban los instrumentos y bromean con que Manuel, que retruca como buen porteño por adopción Fuente: LA NACION

¿Había nervios, miedo? "No, para nada. Yo había navegado toda mi vida."

La carrera es adrenalina pura. Los barcos se ponen bien cerca y sólo se escuchan las órdenes de los tácticos, que intentan sacar provecho del poco viento que ofrece el Río de la Plata. Las velas se abren, se cierran y se vuelven a abrir tantas veces que uno pierde la cuenta. Colgados con arneses, los tripulantes transpiran a más de diez metros de altura en los mástiles, haciendo y deshaciendo los ajustes necesarios para encontrarles el punto justo a las órdenes del jefe.

Manuel no pierde la serenidad, pero se pone verborrágico y exultante. Va y viene, grita, consulta y decide. Es el jefe arriba. Sabe lo que hace.

Año 2004. La travesía de los Schmidt arrancó por la costa norte española, Portugal (donde en verdad todo había comenzado), Islas Canarias. El primer deslumbramiento se produjo en Cabo Verde, unas islas paradisíacas frente al continente africano. "Nunca había visto un lugar así, además entonces estaba virgen", cuenta. La parada en el Cabo fue extendida, no sólo porque el lugar lo ameritaba, sino también porque a partir de allí serían 12 días de navegación en mar abierto, sin contacto con la tierra. "Hasta ese punto, navegábamos algunas cuantas horas o incluso uno o dos días sin tocar puertos, pero una vez que pasás ese meridiano, no hay vuelta atrás", dice Manuel.

El barco estaba equipado con radares que permiten adelantar el pronóstico y un teléfono satelital para usar en caso de emergencia. Manuel asegura que los peligros de navegar a mar abierto existen, pero en gran medida son pura fantasía. "Es posible planificar bien para reducir los riesgos, esquivar las tormentas; nunca expondríamos a nuestra hija al peligro." Lola estaba en una edad perfecta para un viaje de ese tipo, en el que había que matar las horas y jugar en soledad la mayor parte del tiempo, mientras los padres se encargaban de los menesteres del barco.

Fuente: LA NACION

Así pasaron los días, entre maravillosos atardeceres ("increíbles y perfectos", según Manuel) y noches en las que, gracias a la ausencia del reflejo de luces cercanas, se logran ver todas y cada una de las estrellas del cielo. Los Schmidt descubrieron América en Salvador de Bahía, Brasil. Allí pararon unos meses.

Manuel estaba haciendo averiguaciones para terminar de darle forma al itinerario cuando se cruzó con un argentino en el puerto. "Tenés que ir a Buenos Aires, es un buen lugar para hacer base, el puerto es bueno y es seguro para dejar el barco", le dijo. Hasta entonces, Buenos Aires no estaba en sus planes.

Comenzaron a bajar por la costa brasileña, parando en cuanta playita les gustaba. Así pasaron también por Uruguay antes de toparse con el Río de la Plata, según Manuel el río "más raro del mundo". La primera impresión de Buenos Aires no pudo ser mejor: "Llegamos a Puerto Madero y nos encantó", dice. Amarraron y establecieron base allí. "Tuvimos mucha suerte de entrada porque nos encontramos con gente muy buena onda."

El ritmo porteño los atrapó. Decidieron quedarse unos meses y aprovechar el jardín que la Alianza Francesa tiene en Belgrano para que Lola no perdiera tanto tiempo en su formación escolar. Un día, Manuel y René caminaban por los bosques de Palermo cuando nació un sentimiento mutuo hecho palabras: "¿Y si nos quedamos acá?" La repregunta siguiente marcaría su destino: "¿Y por qué no?"

René y Manuel alquilaron un departamento, vendieron el barco y pusieron un bar (Le Bar) en el microcentro. Les empezó a ir tan bien que echaron raíces porteñas. Manuel estaba absorbido por el trabajo incesante del emprendimiento, que no le daba respiro. Se alejó del agua, otra vez.

En un viaje a Punta del Este vio una regata y sintió el llamado de su corazón: tenía que volver a correr. "Me puse en contacto con la gente que organizaba la regata, pero por supuesto nunca me llamaron", sonríe. Manuel estaba listo para volver a las pistas, pero –fiel a su estilo– no sería simplemente para correr. "Las regatas que se hacían acá eran muy intrincadas, muy difíciles de entender y poco disfrutables", asegura.

Barcos iguales: con naves de 10 mts de eslora de las mismas características, la clase tiene la particularidad de que sólo pueden participar hasta dos expertos por equipo.
Barcos iguales: con naves de 10 mts de eslora de las mismas características, la clase tiene la particularidad de que sólo pueden participar hasta dos expertos por equipo. Fuente: LA NACION

Manuel conoció a Augusto Bassanetti, otro hombre ligado a las competencias acuáticas, y se hicieron muy amigos. En las charlas sobre la situación de las regatas argentinas llegaron a la conclusión de que era necesario encarar la construcción de nuevos barcos, más ligeros y competitivos. Era 2010. Se contactaron con el arquitecto Javier Soto Acebal, quien interpretó a la perfección el pedido. Ese fue el origen del barco Sailing 33 (S33). Los S33 tienen diez metros de eslora, son livianos y fáciles de usar para quienes ya están adiestrados en el mundo de la náutica.

Manuel fue el encargado de redactar las reglas de esta novedosa regata y se enfocó en algo central: que todos los barcos partieran en las mismas condiciones. "Ninguno puede sacar una ventaja significativa sobre otro, más que su habilidad al correr", explica. Como es muy difícil importar barcos (tienen un arancel que duplica el costo), el S33 es fabricado en su totalidad en la Argentina. Desde que lo lanzaron al mercado, se vendieron ocho barcos (el precio ronda los 150 mil dólares). Ahora, asegura Manuel, la mira está puesta en el mercado chileno.

Los S33 no pierden la elegancia mientras se abren paso por las amarronadas aguas rioplatenses. La regata está en su etapa de definición. Desde afuera la carrera es desorganizada: los barcos van para un lado, se ponen de costado, parece que pierden el rumbo. Pero es sólo una ilusión óptica, movimientos que el Táctico planifica sobre la marcha para aprovechar el influjo de las corrientes, el viento y la Providencia.

Los barcos dan la última estocada y desde adentro el podio resulta confuso. Pero una imagen lo dice todo: Manuel, fumando tranquilo, sentado en la popa, con una sonrisa de oreja a oreja que lo dice todo: su barco XE cruzó la boya primero. Es el ganador.

FOTOS Sergio Liste y gentileza Matías Capizzano

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