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La misma obra de siempre, una obra cada vez distinta

Sergio Chejfec
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10 de junio de 2015  

Un término musical describe la principal modalidad de la literatura de Saer. Como ocurre en la música, la idea de variación es de tal modo pregnante que más que trascender lo formal convierte la forma en significado. En Saer, la variación rebasó cualquier necesidad objetivista, y justamente por eso puso en un primer plano la noción de desvío supeditada a la de continuidad. Hay una frase que me parece reveladora de los múltiples niveles en que operaban estas cuestiones. Es un comentario en El concepto de ficción, cuando Saer explica el desvío hacia el policial representado por la novela La pesquisa: "Sin darme cuenta, había cambiado caballos por viejecitas, y estaba escribiendo otra vez la misma novela de siempre".

Lo primero para detenerse en esta frase, bastante visible dada la difusión de la fórmula, es la idea de la misma novela de siempre (como si se hablara de la vida de todos los días: la misma comida, siempre el mismo cuento). Una confesión paradójicamente poco habitual en un escritor -salvo que se le conceda un valor especial a la repetición- o, lo más probable en este caso, que la novela de siempre sea una forma indirecta, en el sentido de poco grandilocuente, de referirse a una vasta obra que por su naturaleza o complejidad trasciende por eventuales los temas o motivos. También puede ser que se refiera a la Novela inmóvil en medio de las distintas manifestaciones que adquiere según los libros; o sea, la idea de la obra única, de realización escalonada y hasta inevitable. Otro punto interesante es el lugar que ocupa el procedimiento. "Caballos por viejecitas" alude a una sustitución, y por extensión a una serie de decisiones de tipo técnico. Sin embargo, el reemplazo tiene una importancia equívoca, porque si bien se produjo no fue obstáculo para seguir con la novela de siempre, o sea, el procedimiento se mantuvo más allá de los motivos elegidos, pero éstos se impusieron a aquél. Y por último, furtiva como la jerga habitual, similar a una breve disculpa, encontramos la aclaración "sin darme cuenta", que remite a las acciones involuntarias, también raramente admitidas por los escritores (salvo los de vocación espontánea).

Entonces tenemos poética, procedimiento y, en supremo lugar, inconsciencia. Pienso que esta escena de escritura involuntaria no es más que eso: un cuadro montado por Saer para ironizar sobre otro de sus desvíos. Es una predicación de autoconciencia (la suya es una literatura basada en sus propias resonancias, y que reverbera sobre sus mismas pautas), vestida con ropas de inconsciencia y acto involuntario.

Continuidad y persistencia, en Saer, no son otra cosa que el marco de lo discontinuo y de la tensión semántica acumulada, que requiere el desvío para sostenerse.

El autor es narrador y crítico

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