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La deuda con una amistad fraternal e inclaudicable

Alberto Díaz
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10 de junio de 2015  

Lo conocí recién en 1985: él salía de la Librería Gandhi, que en ese entonces estaba en la esquina de Charcas y Riobamba. Me le acerqué, conversamos un rato y quedamos en vernos al día siguiente en mi oficina. Según Saer, nos presentó Piglia. Este desacuerdo de cómo recordábamos habernos conocido evoca inmediatamente al Pichón Garay que en Glosa, muchos años después, está seguro de recordar que el Matemático estuvo entre los asistentes al cumpleaños de Washington Noriega.

Al día siguiente nos vimos en la editorial Alianza y le contraté los dos primeros libros, Glosa y El limonero real. Para celebrar la firma del contrato, fuimos a almorzar a Edelweiss, costumbre que mantuvimos incólume durante más de veinte años de fraternal amistad.

Cuando lo conocí, Saer llevaba publicados once libros en diez editoriales distintas y seis ciudades diferentes: Santa Fe, Rosario, Buenos Aires, Caracas, Barcelona y México. En este sentido, Glosa termina con esa modalidad errabunda e inicia una etapa, desde el punto de vista editorial, de estabilidad y de profesionalización creciente en su trayectoria. Si nuestra amistad algo le aportó a la obra de Juani es que comenzó a traspasar los límites de una literatura de culto y fue más allá de los círculos universitarios o vanguardistas. Saer tiene fama de ser un autor "difícil". Yo creo que en realidad es un autor exigente con el lector, pero una vez que se entra en su obra crea adicción.

En 1993 dejé la dirección de Alianza y pasé a Espasa Calpe/Seix Barral. Cuando le conté, me dijo que no me iba a resultar tan fácil deshacerme de él y que me seguiría. De ahí en más publicó toda su obra, compuesta por veintitrés títulos, en Seix Barral.

A fines de 2012, comencé a publicar los Borradores inéditos, de los cuales salieron ya tres libros, y vendrá el cuarto. Con estos cuatro volúmenes habré publicado la obra completa de Saer. Siento que pago así la deuda por todo lo que le debo a ese amigo y autor extraordinario que fue y es Saer.

El viernes 10 de junio de 2005 tuvimos nuestra última charla telefónica. Estaba internado en el sanatorio y me comentó que ya casi terminaba La grande, que sólo le faltaba el último capítulo y que lo había pensado como una coda, no muy extenso, no más de veinte páginas, y que había decidido terminar la novela con la frase "Moro vende". Del último capítulo Saer escribió en el cuaderno el título "Lunes, Río abajo", y la primera frase: "Con la lluvia, llegó el otoño, y con el otoño, el tiempo del vino". Al día siguiente a las 10 de la mañana su hijo Jerónimo me llamó para darme la dolorosa noticia de su muerte. Partí de inmediato a París y el jueves con la familia y otros amigos pude despedir al amigo del alma que fue Juani.

Nuestra amistad de veinte años se selló el día que fuimos a almorzar al Edelweiss. Pasaron diez años de su muerte y cada día lo tengo más presente y lo extraño más.

El autor es editor de la obra de Saer

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