Actor, director y artífice de La tregua, una película decisiva

Su paso por el cine y la TV estuvo marcado por los reconocimientos y una gran autoexigencia
Marcelo Stiletano
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14 de junio de 2015  

En la velada del último 20 de abril Sergio Renán estaba tan feliz y emocionado que hasta se animó a romper su inveterada costumbre de tratar de no volver a ver una de sus películas. En la sala 8 del complejo Village Recoleta, envuelto en la calidez del aplauso que le entregaban de pie antiguos compañeros de trabajo, algunos de sus amigos más cercanos y admiradores de su obra, Renán se sobrepuso a las enormes dificultades para hablar que soportó en los últimos tiempos para celebrar el arduo trabajo de restauración de la obra cumbre de su carrera como director (y una de las películas esenciales de la historia del cine argentino), realizado por la Academia del Cine de la Argentina y expuesto por primera vez a la luz. Esa noche del Bafici 2015, La tregua pudo verse por primera vez tal como su director la había concebido 41 años antes.

La tregua, un extraordinario éxito de crítica y de público (la vieron más de dos millones de espectadores), obtuvo además para el cine argentino la primera nominación al Oscar como mejor película extranjera. Desde el vamos, Renán sabía que sus posibilidades no eran muchas frente a un rival imposible de derrotar como Amarcord, de Federico Fellini. Pero igual esperó el veredicto de la Academia de Hollywood (anunciado ese año por Frank Sinatra) hecho un manojo de nervios, sentado al lado de Jack Nicholson, Anjelica Huston y Fred Astaire. Y nunca dejó de recordar con una sonrisa aquella experiencia en Los Angeles, rodeado de estrellas. "La película ya había comenzado con la suite que se me asignó en el hotel Beverly Wilshire, donde a mi izquierda estaba alojada Ingrid Bergman y, como corresponde, a la derecha John Wayne", evocó en 2008 para el libro de conversaciones ( Me estoy acostumbrando a ser el que soy) con el periodista Claudio Minghetti.

Desde aquella luminosa aparición, en la que se dio hasta el gusto de imponer como protagonistas contra la opinión de muchos a Héctor Alterio y Ana María Picchio, Renán desarrolló una carrera como realizador cinematográfico menos prolífica que sustanciosa, siempre con el exquisito cuidado formal que se le reconoce y a través de historias marcadas por los sentimientos, las huellas que deja el paso del tiempo, la desprotección afectiva, los vínculos entre padres e hijos y una genuina porteñidad, aunque en algún caso las exigencias de la coproducción con España (como en su adaptación de El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares, en 1996) le exigió alguna concesión.

Esas constantes aparecen en Crecer de golpe (1976, a partir de una novela de Haroldo Conti), Sentimental (1980), Gracias por el fuego (1983) y Tacos altos (1985), casi siempre con libros propios escritos junto a nombres tan destacados como Aída Bortnik y Jorge Goldenberg. La única excepción fue La fiesta de todos (1978), hecha por encargo a modo de celebración del triunfo argentino en el Mundial. "No debí hacerla, y eso es algo que nunca me terminaré de perdonar. No debí hacer la película que fue. Te digo «la película que fue» porque hay gente que dice que ensalza el gobierno militar, cosa que no es. Pero aun lo que fue, una película de gente gritando goles, no debí hacerla. Sucede que todos mis reparos eran de tipo artístico y no de tipo ideológico, porque tenía claro que era un homenaje a Kempes y Fillol", recordó en 2012 en una nota escrita por Leila Guerriero para adn cultura. Sufrió sus dos últimas películas ( La soledad era esto, de 2003, y Tres de corazones, de 2007), apenado por las críticas adversas y las autoexigencias que lo atormentaban frente a la sensación de haber hecho algo equivocado.

Renán llegó a la dirección acicateado por Leopoldo Torre Nilsson después de una larga experiencia como actor. Al comenzar la década de 1960 ya era una cara muy conocida en la televisión, medio en el que debutó junto a María Vaner en La buhardilla de las ilusiones (1956). Luego fue galán de Beatriz Taibo y María Aurelia Bisutti, y protagonizó algunas comedias ( Los solteros del 10° C, la sátira Todos somos mala gente), dramas históricos ( Hombres y mujeres de bronce, Tres destinos) e innumerables adaptaciones de obras del teatro local y universal. Pocos recuerdan que llegó a ser el protagonista de la primera (y fugaz) versión de la telenovela Un mundo de 20 asientos, en 1969. Su papel de colectivero fue retomado con mucho más éxito, años después, por Claudio Levrino. Y hasta llegó a compartir una improbable pareja romántica con Zulma Faiad en la comedia Cada uno por su lado, de Abel Santa Cruz.

La consagración televisiva de Renán llegó en 1970, cuando debutó allí como director y puestista de Las grandes novelas, ciclo consagrado a adaptar títulos notables de la literatura (uno de ellos fue precisamente La tregua, de Mario Benedetti), rodeado de excelentes guionistas y notables elencos rotativos. El ciclo, que se inició como Las grandes versiones y concluyó como Los grandes relatos, se extendió por tres temporadas y tuvo una suerte de virtual continuación una década después, pero sin igual repercusión, con el título genérico de Ficciones (1987).

En el caso del cine, también el actor fue dejando cada vez más espacio al autor y al director. Antes de que llegara La tregua había sido uno de los rostros más característicos de la Generación del 60, con presencias en títulos clave de esa etapa como Circe, La cifra impar y, sobre todo, El perseguidor (1965, de Osías Wilensky), a partir de un relato de Julio Cortázar, con un personaje inspirado en la vida de Charlie Parker que doblaba en el saxo las melodías interpretadas de verdad por el Gato Barbieri.

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