En los límites de la ópera

Jorge Aráoz Badí
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18 de junio de 2015  

Quartett / Orquesta estable del Teatro Colón / Director musical: Brad Lubman / Director escénico: Alex Ollé / Escenografía: Alfons Flores / Vestuario: Lluc Castells / Luces: Marco Filibeck / Proyecciones: Frasnc Aleu / Actores: Allison Cook y Robin Adams / Teatro Colón / Nuestra opinión: muy buena

Luca Francesconi, compositor y libretista de Quartett, la ópera que se estrenó anteayer en el Colón, juega el juego de la originalidad operística y lo juega muy bien. Escribió obras basadas en la Balada del viejo marino, de Coleridge, en una visión de Gesualdo y en las impresiones propuestas por Las meninas, de Velázquez. Y en su catálogo aún figuran seis más, todas merecedoras de muy favorable repercusión y segura supervivencia. Y todas se distinguen por sus rasgos originales.

Quartett también. Para generar su libreto, Francesconi trabajó sobre el material de Las relaciones peligrosas, de Pierre Chordelos de Laclos, penetrante mirada sobre las intimidades de la corrupta sociedad cortesana anterior a la Revolución Francesa y sobre la reducción al inclemente diálogo entre los dos protagonistas, escrita por el poeta y dramaturgo alemán Heiner Müller.

Esencialmente, Francesconi impresiona como un sagaz y avezado hombre de teatro. Aunque su obra no tiene más que un acto integrado por trece escenas y dura una hora y 20 minutos, no es fácil mantener la atención ante una pareja que reflexiona sobre las relaciones entre los sexos, la muerte, la desolación y la conciencia de dos narcisistas que no pueden consumar una equilibrada conexión sexual y se refugian en la autosatisfacción. No hay acción y el relato se limita sólo a algunos penosos escarceos, provocaciones y amagos inconducentes.

Hay otros factores que contribuyeron a sostener la comunicación con el espectador. Uno fue la actuación muy convincente de dos consumados actores como son la tan atractiva Allison Cook y Robin Adams, ambos intérpretes del estreno en La Scala de Milán. Y otra, la absolutamente magistral puesta escénica de Alex Ollé, talentoso integrante de La Fura dels Bals. Y de sus colaboradores, la bien conocida y apreciada argentina Valentina Carrasco, el escenógrafo Alfons Flores, el vestuarista Lluc Castells, el iluminador Marco Filibeck y el realizador del excepcional trabajo de proyecciones Franc Aleu.

Resta un elogio cabal para el director Brad Lubman, que tuvo un menudo trabajo de conducción frente a la pequeña orquesta de cámara formada por músicos de la Estable y debió sintonizar permanentemente con la banda electrónica. Tanto Cook como Adams, por momentos cantaron sus partes. Sin embargo es difícil que se los recuerde como cantantes. Lo cierto es que no se pueden juzgar sus actuaciones, con el viejo vocabulario especializado para este ejercicio. No hay relación posible con la tradicional técnica vocal.

La música de Quartett trasciende por su contenido dramático y su notable valor como apoyo. Pero está muy sumisamente adherida a los sucesos escénicos. Tanto que impresiona como la música incidental de un film. Este hecho resbala hacia una discusión del contenido de la música en la ópera contemporánea, porque, sin duda, hay que acreditarle una influencia importante. Pero como la obra se rotula como una ópera hay que registrar que la música no parece jugar un rol decisivo.

Además de que en la platea había muchos claros, hubo espectadores que se retiraron de la sala. Lo hicieron silenciosamente, con el respeto que caracteriza al público de ópera argentino y que, por cierto, lo diferencia del de la Scala, cuando algo le desagrada. Sin duda, la temática de Quartett es poco habitual para una ópera. Aunque tampoco puede horrorizar a un espectador de esta época, sometido al fisgoneo cotidiano y vejatorio de la TV o al patético Gran Hermano.

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