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Roberto M. Levingston: un presidente de facto que estuvo lejos de ejercer el poder

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19 de junio de 2015  

A los 95 años, murió el general retirado Roberto Marcelo Levingston, que gobernó el país como presidente de facto entre junio de 1970 y marzo de 1971, cuando la espiral de la violencia ya dejaba secuelas en la vida política argentina.

Formado en el arma de Caballería, era agregado militar en Washington y representante del Ejército ante la Junta Interamericana de Defensa cuando fue llamado por la junta de comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas, liderada por el general Alejandro Agustín Lanusse, para asumir la presidencia tras la caída del general Juan Carlos Onganía, cuyo poder había quedado devaluado luego del Cordobazo -la fuerte protesta social surgida en Córdoba en mayo de 1969- y del secuestro del teniente general Pedro Eugenio Aramburu en manos de los montoneros.

Levingston gobernó sólo nueve meses, bajo la sombra de Lanusse, con quien terminó enfrentado. Fue el segundo presidente de la Revolución Argentina, que en 1966 había derrocado a Arturo Illia.

Nacido en 1920 en San Luis, Levingston egresó del Colegio Militar en 1941. Fue compañero de promoción de los generales Alcides López Aufranc y Tomás Sánchez de Bustamante, y, en sintonía con los vientos que soplaban en el ámbito castrense, respaldaba la intervención militar en cuestiones públicas. Durante el enfrentamiento interno entre azules y colorados, luego del derrocamiento de Perón, había actuado un tiempo como vocero de los azules, que propiciaban la normalización institucional del país.

Tras el fuerte protagonismo político de Onganía, Lanusse forzó su caída y retuvo el poder en las Fuerzas Armadas, pero delegó la presidencia en Levingston, a quien muchos no conocían en la Argentina. El historiador Félix Luna recordaba que cuando dio a conocer su designación la junta de comandantes distribuyó el currículum y una foto del nuevo presidente de facto, porque su imagen no era familiar.

Sus principales desafíos eran restablecer el orden constitucional y reencauzar los desajustes de la economía. Con un estilo más abierto que su antecesor, Levingston se desempeñó como un nacionalista moderado. Nombró ministro de Economía a Carlos Moyano Llerena y designó en Obras y Servicios Públicos a Aldo Ferrer, enrolado hoy en el kirchnerismo más puro. Ferrer, incluso, pasó a conducir luego la cartera económica. Francisco Manrique asumió en Bienestar Social, área que retuvo durante la gestión de Lanusse.

La asunción de Levingston coincidió con el hallazgo del cadáver de Aramburu en la localidad bonaerense de Timote y no pudo evitar los sucesivos golpes de organizaciones guerrilleras. Fue asesinado, entre otros, el gremialista José Alonso, ex secretario general de la CGT, al comienzo de la década más caracterizada con la violencia política. El país era sacudido también por una sucesión de huelgas.

El presidente de facto se reunió con sus antecesores Frondizi y Guido -no con Illia-, pero mantuvo la prohibición de los partidos políticos, con el argumento de que no se había producido la renovación esperada en las distintas fuerzas. La situación política y social se tornó inmanejable y estalló el conflicto con Lanusse, por lo que renunció.

Alejado de la política activa, fue respetado en el Ejército, pero no fue un referente para las sucesivas generaciones de oficiales. Sus restos fueron sepultados en el cementerio de la Chacarita.

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