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Alicia Genovese: "Quiero escribir algo que sea lo más llano posible"

Premio Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2014, la autora presentará en noviembre La contingencia, su poemario distinguido en México
Silvina Premat
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22 de junio de 2015  

Además de haber obtenido el Premio Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2014 en la categoría Poesía, Alicia Genovese consiguió un extraño logro: hacer que nadadores, navegantes y pescadores leyeran poemas. Desde los seis años quería ser escritora. Algo extraño, porque en su casa no había libros, sino tuercas. Su padre era piloto de autos de carrera. No obstante, estudió Letras y cumplió su sueño. En abril recibió en México aquel prestigioso galardón por La contingencia, que escribió cuando, hace unos siete años, murieron su padre y su hermano y que será editado en noviembre. De los ocho libros de poesía publicados, el que más satisfacciones le dio fue el último, Aguas (2013). "He recibido mails de gente del mar, lectores que no están habituados a leer poesía -ni literatura-, pero que tienen mucha sensibilidad."

Algunos jóvenes poetas tienden a quedarse en lo anecdótico. Quizás estén reaccionando a una poesía sobrecargada, y eso es bueno, pero habría que buscar un equilibrio. Hay que hacer un esfuerzo de pensamiento y ponerlo al servicio del poema. La poesía te deja en la incertidumbre y con más preguntas. Lo que más gusta es hacer un esfuerzo reflexivo. Si bien siempre estoy en lo particular, doy giros que se salen de la anécdota.

Todas las palabras tienen connotaciones culturales. El término poetisa tiene una connotación peyorativa. Estuvo ligado al florecimiento de mujeres poetas de principios del siglo XX y adquirió un tinte peyorativo. Ahora hay un rescate de las poetisas, declamadoras y ese tipo de cosas. No me llevo bien con eso. Siempre que me han dicho poetisa ha sido para minusvalorarme de algún modo. Algunos españoles insisten en el uso de la palabra poetisa diciendo que es hermosa y que no se explican por qué no usarla. Eso es como pensar que las palabras son puras y no tienen connotaciones culturales.

Es un error analizar rasgos femeninos y masculinos en la escritura. Hay algún tipo de crítica literaria que hizo eso, pero no condujo a nada. Los procedimientos literarios no son tantos y repartirlos entre hombres y mujeres no va. En la poesía se ponen en juego una subjetividad femenina, un punto de vista, un enfoque de cualquier cosa que se mire en el mundo. Aparece la vivencia de ser mujer, el deseo que es diferente al deseo masculino.

En la Argentina hay mucho prejuicio. La poesía no entra en la academia. Por lo que sucede en el mercado editorial y en el ámbito crítico, diría que la poesía tiene dificultades. Parece que si escribís poesía aún estás en la escuela primaria. Si escribís narrativa, aunque fueras un mediocre narrador, parece que te graduaste. Se ha enquistado un malentendido. Sé que hay muchos malos poetas, pero también hay muchos malos narradores. Quizá sea más difícil de distinguir dónde está la buena poesía, pero si tuviésemos gente formada en la universidad que pudiera leer bien la poesía no haría falta dar tantos exámenes para que te tengan en cuenta.

No me propongo escribir un libro, voy siguiendo una hebra. Algunos de mis libros, sobre todo los últimos, tienen una unidad que hace pensar que los planifiqué. Pero mi manera de buscar los libros es al revés. Empiezo a escribir sobre algo que por alguna razón me llama la atención y a medida que voy escribiendo voy encontrando zonas comunes, y sigo como una hebra que se va armando. Por ejemplo, esta mañana miraba las rosas que tengo en el jardín y pensaba que son tardías, y alguna idea empezó a dar vueltas en torno a esto. Por alguna razón focalicé la rosa y no la hoja que caía atrás. Confío en la subjetividad que selecciona y sigo eso. Al final tengo un montón de material y salen estos armados de libros que pueden tener un tejido, nunca es una acumulación de poemas donde uno habla de una cosa y otro de otra.

Hago una lírica que no teme ensuciarse las manos. No me sé ubicar en ninguna corriente poética. Lo mío es poesía lírica moderna, no es una lírica pulcra o de estilo ampuloso. Es una lírica del siglo XX y XXI con una necesidad de comunicar muy grande. Mi lenguaje es nítido como fruto de un trabajo. Yo quiero escribir algo que sea lo más llano posible y que tenga la complejidad que veo en lo que quiero decir. No podría entender mi estar, mi ser aquí y ahora si no escribiese. Es lo único que me conecta con el mundo.

Hay que entender la palabra catarsis en el sentido griego, no en un sentido de autoayuda. La poesía puede ser reparadora, que es diferente de la autoayuda. "El poeta es aquel que acompaña las grandes catarsis", decía Olga Orozco. No es el lloriqueo del narcisismo herido, sino que es todo aquello que nos conecta con lo más oscuro de nosotros, el miedo, el amor, el odio, la muerte, la pérdida, la ausencia. Ésos son los lugares donde anida la poesía y desde donde va y viene. Tomar esos temas es empezar a reconocer lo que nos hace frágiles, nos pone a la intemperie, donde encontramos elementos vitales de los que aferrarse, porque son los que te pueden anclar en el mundo. Eso es lo más real, como una planta que crece, está muriendo o pelea contra el frío para seguir estando. En esos lugares uno puede establecer un diálogo con la propia subjetividad y verse uno, porque se escribe o lee poesía generalmente cuando se está en un desierto o rodeado por algo árido. Se trata de un desgarro, de irse al desierto, de donde se regresa distinto.

La narrativa más pura sigue una trama; la poesía es fragmentaria. En muchos de mis poemas hay zonas narrativas, pero la narración siempre es muy breve; un eslabón que conduce a otro sitio. En la trama de una narración está todo el secreto; en la poesía no. La poesía es fragmentaria. Nunca está toda la historia en ella. Siempre hay algo, una pequeña narración, como el poema "La conductora", en el que se adivina que hubo un accidente, pero eso no es lo más importante. El poema está en haberme quedado pasmada frente a lo que podría haber ocurrido y no ocurrió.

Lomas de Zamora, 1953

Publicó El cielo posible (1977), El mundo encima (1982), Anónima (1992), El borde es un río (1997), Puentes (2000), la antología La ville des ponts (Québec, 2001) y Química diurna (2004). Es autora también del ensayo La doble voz. Poetas argentinas contemporáneas (1998). Residió cinco años en Estados Unidos, donde se doctoró en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Florida. Actualmente dirige el Departamento de Literatura de la Universidad Kennedy. Ha coordinado seminarios y talleres de poesía en la Patagonia organizados por la Fundación Antorchas, en la Casa de la Poesía de Buenos Aires, en Casa de Letras. Obtuvo la beca a la creación del Fondo Nacional de las Artes en 1999, y en 2002 recibió la beca John S. Guggenheim

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