Un cierre de listas con ausencia del efecto sorpresa

Alejandro Katz
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22 de junio de 2015  

Allí donde la imaginación política exhibe su ausencia la sabiduría popular presta sus fórmulas para la comprensión de los acontecimientos: más de lo mismo; nada nuevo; sobre advertencia no hay engaño; el que avisa no es traidor. Cualquiera de esas podría haber dado el título -o haber sido la frase conclusiva- de una columna con la que explicar las decisiones que, tomadas en general en la función de la trasnoche (esa más propia para los amantes clandestinos que para las decisiones de la política democrática), terminaron de definir, en la bisagra del pasado fin de semana, la configuración de las fórmulas con las que los ciudadanos nos encontraremos en las próximas elecciones.

La ausencia de sorpresa solo tiene interés al contrastarla con la ilusión de que alguien nos sorprendería, de que alguno de los frentes, alianzas o espacios (cualquier cosa menos partidos políticos, vale la pena recordarlo) haría algo apenas distinto que una afirmación identitaria, más táctica que estratégica.

Si en buena parte de los casos los ciudadanos debimos buscar la biografía de muchos de quienes integran las listas dado el desconocimiento de la trayectoria de aquellos que sólo unas horas antes no eran ni siquiera un nombre, en el caso de los candidatos con más posibilidades de ganar las elecciones la integración de las fórmulas resultó finalmente la comprobación de que nada es lo que no es.

El kirchnerismo puso, por primera vez en su historia, una verdad en la escena pública: su única ambición es el poder.

Por ello no eligió para completar la fórmula presidencial a un narrador, a alguien cuya capacidad consista en estructurar un argumento sobre la realidad, en justificar lo injustificable, en inventar un falso horizonte sobre el cual proyectar sus mentiras disfrazadas de verdades (la inclusión, la eliminación de la pobreza, la industrialización o cualquier otra), sino a un redactor: el que escribe las leyes que otorgan a la vez impunidad y riquezas, las dos virtudes, en la filosofía kirchnerista, del poder. Alguien que ya lo hacía desde el Poder Ejecutivo, y que ahora lo hará desde el Senado.

Su principal competidor, el Pro, insiste con una fórmula (más psicológica o química que electoral, si se quiere) ya probada alguna vez en la Ciudad de Buenos Aires. Una fórmula esquiva ante las palabras verdaderas de la política, una fórmula que no produce un relato pero tampoco escribe la legislación, que sustituye la palabra por la sensibilidad, que no dice, sino que siente y quiere hacer sentir.

El autor es ensayista y editor

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