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En la ciudad de los reflejos

La reciente bienal de arte permitió acceder a algunos de los más lujosos palacios de Venecia y deparó, también, maravillosas sorpresas
Hugo Beccacece
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26 de junio de 2015  

La historiadora italiana Isabella Palumbo Fossati Casa (esposa de Jean-Michel Casa, embajador de Francia) presentó en Buenos Aires la edición italiana de Dentro le case. Abitare a Venezia nel Cinquecento, donde se ocupa de estudiar cómo se vivía en Venecia, su ciudad natal, en el siglo XVI. Por medio de planos, grabados y fotografías de La Serenísima, la escritora describe los espacios y tesoros de la antigua república marítima. Para quienes aman Venecia, los interiores de los palacios y las casas de esa ciudad despiertan una curiosidad irresistible, porque muchos de ellos aún son propiedad de particulares y no se pueden visitar. Sin embargo, hay momentos excepcionales en los que las puertas cerradas se entornan. Durante las bienales de arte, por ejemplo, las grandes y lujosas construcciones del pasado se alquilan o se prestan y se convierten en sedes de muestras internacionales e instalaciones. Las históricas residencias admiten así a visitantes a menudo más interesados en esas casas de fábula que en las exposiciones de artistas contemporáneos. Hace un mes, ése fue mi caso.

Era mayo. Una tarde de lluvia, entré por una puerta casi oculta, al borde de un canal interior, en una de las mansiones venecianas que más deseaba conocer. Una instalación del siglo XXI, montada por artistas asiáticos durante la 56» Bienal, excusa maravillosa, me abría las puertas de un edificio que resume como pocos la historia cultural de medio milenio. Ignoraba que la "excusa" me reservaría una sorpresa.

La melancólica llovizna contrastaba con la excitación que me producía subir al piso principal del palazzo Barbaro,

célebre por su tradición literaria y artística. La residencia se levantó en el siglo XV. Su nombre es el de uno de sus antiguos propietarios, Zaccaria Barbaro, que la compró hacia mediados del siglo XV. La construcción inicial, de estilo gótico, sufrió reformas y ampliaciones. Uno de los salones más bellos, el de baile, es un ejemplo deslumbrante del barroco veneciano. En ese palacio acuático se hospedaron en el siglo XIX pintores como Claude Monet, James Whistler y John Singer Sargent, y escritores como Robert Browning y Henry James, además de la excéntrica millonaria Isabella Stewart Gardner. Ésta levantaría en Boston un palacio, hoy museo, recreación bastante fiel del que la había alojado a orillas del Gran Canal.

A fines del siglo XIX, el palazzo Barbaro era propiedad de los Curtis, una riquísima familia estadounidense, emparentada con John S. Sargent, que invitaba a intelectuales y artistas europeos y norteamericanos a pasar el verano en ese escenario irreal. Henry James terminó allí uno de sus relatos más hermosos, Los papeles de Aspern. La magnificencia de las chimeneas, los mármoles, los estucos dorados se puede apreciar en algunos capítulos de la miniserie británica Retorno a Brideshead (1981), adaptación televisiva de la novela de Evelyn Waugh. Los productores decidieron grabar allí los episodios venecianos de la narración. El libro de Waugh, a fin de cuentas, bien podía considerarse una continuación de la obra de James.

En el piano nobile pude ver la "excusa" de mi visita, la exhibición La unión del fuego y el agua, montada por dos artistas, Rashad Alakbarov, de Azerbaiyán, y Almagul Menlibayeva, de Kazajstán. Las esculturas e instalaciones de Alakbarov y los videos de Menlibayeva tienden un puente inesperado y fascinante entre Venecia y Bakú, la capital de Azerbaiyán.

La unión del fuego y el agua utiliza el palazzo Barbaro para contar y poner en escena una tragedia.

Hacia fines del siglo XV, uno de sus propietarios fue Giosafat Barbaro, embajador veneciano en Azerbaiyán ante la corte del shah Uzun Assan. Por eso se eligió ese espacio para la muestra, ya que los artistas proceden de Azerbaiyán y de Kazajstán. En el patio, Alakbarov expone la escultura de un león (el símbolo de Venecia), recortada contra el suelo, hecha de ladrillos, piedras y metal cortado con láser. Ése es el punto de partida. En el otro extremo del "puente", la otra historia, que no transcurrió en el palazzo Barbaro sino en Bakú. Allí, en 1912, el riquísimo Murtuza Mukharov, uno de los reyes del petróleo de Azerbaiyán, fabricante de máquinas perforadoras, levantó un palacio de estilo gótico veneciano para su esposa Liza, que amaba todo lo relacionado con la ciudad del Adriático. Según otra versión, Liza le pidió a su esposo un hogar en estilo gótico francés. En todo caso, el resultado puede prestarse al debate estilístico. Los artistas de la Bienal se inclinaron por la versión veneciana de la historia. Hoy, ese edificio de Bakú es un Registro Civil, donde se celebran los matrimonios, por eso se lo llama el Palacio de la Felicidad. Sin embargo, en el origen, no hubo allí felicidad sino desdicha. Los Mukharov gozaron de su fastuosa vivienda hasta que las fuerzas soviéticas invadieron Bakú en 1920. Cuando tres oficiales rusos entraron en aquel espejismo gótico, Murtuza Mukharov los mató a tiros y luego se suicidó.

La idea del puente entre las culturas se corporiza en la muestra con la instalación de Alakbarov, Todos los caminos conducen a Venecia. Una de las salas, de proporciones medianas, está íntegramente ocupada por un laberinto de puentes de madera encadenados los unos a los otros, que el visitante debe subir y bajar para poder continuar el recorrido. De ese espacio veneciano se pasa al de Bakú. Hay, por ejemplo, un gran armario vacío, salvo por una percha de la que cuelga una camisa. En el suelo, una silla caída sugiere la fuga precipitada y la violencia. En otro cuarto, una serie de filosos alfanjes está bañada por la luz siniestra del fuego y de la sangre. Las ventanas, que deberían dar al Gran Canal o al campo Santo Stefano, se abren, por medio de la proyección de fotos y videos, al mar Caspio, a las calles de la antigua Bakú, pero también a las de hoy, animadas por automóviles, motocicletas y una población ajetreada. La ilusión es perfecta. Entré en la muestra, una "excusa", desde una calle veneciana, y salí por una plaza de Bakú: un pase mágico en la ciudad de los reflejos.

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