Anna Neistat. "Los peores criminales hoy saben que son punibles por la ley internacional"

Martín De Ambrosio
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28 de junio de 2015  

Crédito: Patricio Pidal

Amnesty ayer y hoy; los problemas de la Argentina y América del Sur; Rusia en comparación con la Unión Soviética que experimentó de niña; Estado Islámico y los errores de la comunidad internacional; la "primavera árabe" y el rescate de los aspectos positivos de esa experiencia. Y cómo es llegar a un lugar donde la gente ni siquiera imagina tener derechos, como en China.

De todas estas cosas habló con la nacion Anna Neistat, la moscovita que es directora general de Investigación en Amnistía Internacional, durante su breve visita a la Argentina.

Bajo su órbita está la respuesta a las crisis humanitarias y ha trabajado en informes en decenas de países, incluyendo lugares candentes como Siria, Ucrania, Chechenia, Kenia y Sri Lanka. Antes de ingresar en Amnesty fue directora asociada de programas en Human Rights Watch.

"Hay un cambio: los gobiernos no pueden matar a la gente y quedar impunes. Incluso los peores criminales saben con certeza que son punibles por la ley internacional", dice. Paradójicamente, y pese a que es conciente de que no se va a quedar sin trabajo en el corto plazo, concuerda con quienes sostienen que se vive uno de los períodos de menor violencia en la historia de la humanidad.

-¿Cuál es el rol de Amnesty en la actualidad? ¿Difiere del pasado?

-Ahora somos una organización más grande, y todo el rol de las ONG ha cambiado. Probablemente tenemos más poder que antes. Y, sin dudas, tenemos más miembros: hoy Amnesty tiene más de 7 millones de miembros en todo el mundo. No es algo como para ignorar. Tenemos más oportunidades para influir, en parte porque somos más conocidos: es raro abrir el diario y no encontrar una mención a Amnesty en alguna de las notas. Asimismo, los gobiernos se dieron cuenta de que deben tenernos en cuenta. Todos los meses tenemos reuniones de alto nivel. Acabo de venir de Nigeria, donde lanzamos un informe sobre violencia militar, y estuvimos con el presidente electo para discutir ese informe.

-Buen acceso al poder.

-El acceso al poder es increíble: presidentes, primeros ministros, fiscales, gente a la que antes ni Amnesty ni otras ONG no tenían acceso. Y nuestras investigaciones son tomadas muy seriamente. Antes nuestro mecanismo era poco menos que hacer acusaciones públicas (conocido como name and shame), pero ahora existen mecanismos para continuarlas y que sigan procesos judiciales, nacionales y en cortes internacionales.

-Justo iba a preguntar respecto de los impactos reales de la acción de Amnesty. ¿Los tiene?

-Sí, claro. No digo que en muchas ocasiones nuestro trabajo no sea frustrante o que no tengamos todavía muchísimo para hacer, pero sí tiene consecuencias lo que hacemos. Casi cada semana sucede algo que me asombra. Por ejemplo, lo que logramos hace dos semanas en Nigeria. Había una persona condenada a muerte esperando la ejecución durante diez años por haber robado tres teléfonos celulares. No se trataba de un defensor de los derechos humanos, ni un activista político, pero tomamos el caso e hicimos campaña, toda Amnesty hizo campaña, y fue liberado. Y te puedo garantizar que si no hubiera sido por todo ese movimiento probablemente hubiera muerto. Así de simple. Otro ejemplo: en El Salvador, que tiene las peores leyes del mundo respecto de aborto y donde estamos trabajando mucho, una mujer había sido condenada por un aborto espontáneo.

-¿Por un aborto natural?

-Sí, sí, un aborto espontáneo, involuntario. No les importó y la condenaron a 30 o 40 años de cárcel. Estamos en campaña por unos 17 casos así. Y esa primera mujer ya fue liberada. Son ejemplos específicos e individuales, pero también puedo decir que cambiamos leyes e instrumentos internacionales. El año pasado logramos que el Tratado sobre el Comercio de Armas se adoptara y fuera ratificado para entrar en vigencia.

-El mundo parece estar lleno de refugiados y desplazados, guerras y problemas migratorios. ¿Cuál considera que es el problema más importante?

-Te respondo con los objetivos de Amnesty para los próximos cuatro años. Para ser más eficientes decidimos enfocarnos en ciertas áreas. Elegimos cuatro, basados en dos factores principales: la gravedad del problema y las posibilidades reales que tenemos de cambiar la situación, porque a veces existen lugares de horrendas violaciones de los derechos humanos, pero las posibilidades de hacer algo son cercanas a cero. Las cuatro son: primero, que la gente sepa que tiene acceso a los derechos, que los conozca. La segunda tiene que ver con la discriminación, desde el género a la cuestión indígena. El tercero es proteger a los civiles durantes crisis bélicas. La cuarta es que los responsables sean castigados, a nivel local, regional o internacional. Desde luego, no podemos abarcar todos los lugares todo el tiempo, entonces tenemos que ser selectivos, con los lugares en los que creemos que podemos tener resultados.

-En la Argentina, y en América del Sur en general, ¿cuál es el foco?

-Hay varios temas. Uno es libertad de expresión, sobre todo teniendo en cuenta las próximas elecciones, y que si hay protestas las fuerzas de la ley se muevan estrictamente en el ámbito de lo permitido. Que no usen la fuerza de manera desmedida, algo que hemos visto en muchos países. En ese sentido, la violencia policial es un problema agudo en la Argentina, no en relación directamente con protestas, sino con sospechosos de crímenes sin dimensión política. La otra es por supuesto la migración: sus dimensiones de discriminación; los indígenas y sus derechos a la tierra; y algo que está hoy en la agenda de todo periodista que es la violencia contra las mujeres. Argentina es un caso interesante en ese sentido, porque las leyes para la protección de la mujer están vigentes, pero no su implementación. Ver el por qué de esa desconexión nos permitirá mejorar la situación.

-En las décadas del 70 y el 80, Amnesty fue bien conocida en la Argentina por su lucha contra la violencia estatal. ¿Sigue siendo un foco?

-Bueno, si ves a la policía, aún está ahí. Pero por supuesto no se puede comparar con lo que fue la policía en los setenta, no a esos niveles. De vuelta: Argentina tiene un conjunto de leyes muy buenas, en varias áreas, pero a veces deja que desear su implementación. Incluyendo todo lo que tiene que ver con la policía.

-Usted trabajó mucho en el movimiento que se conoció como "primavera árabe". ¿Por qué falló, si se puede decir que fue una experiencia fallida?

-Es demasiado temprano para decir que falló en su conjunto. Depende de con qué se compare. No ha sido todo lo exitosa que pudo haber sido, pero si se lo compara con cómo estaba la región antes, se ven matices. Había países con dictadores con cuarenta años en el poder y ya no están más, eso es un buen comienzo. Túnez, por ahora y cruzo los dedos, parece ir por el buen camino. Y Libia es otro ejemplo semiesperanzador, porque si bien hay niveles altos de violencia, quizás todo desemboque en un proceso democrático. Y desde luego, tenemos los contraejemplos de Egipto y Siria, donde la situación no puede ser más deprimente. El rol de la comunidad internacional debe ser analizado y criticado, sobre todo ahora con la aparición de Estado Islámico, crisis que hubiera tenido un desarrollo totalmente distinto si los países occidentales, junto con Rusia y China, hubieran respondido a la "primavera árabe" de manera responsable. Hubo demasiadas dudas, demasiado cálculo del interés geopolítico de cada uno, en lugar de prestar atención a la desesperación de la gente de la región.

-¿Es posible que Estado Islámico incremente su influencia en la región?

-Totalmente posible. Hasta ahora han demostrado su habilidad para expandir territorio e influencia. Y es muy difícil detenerlos. Ahora parecen estar autofinanciados, así que es difícil cortar con sus fuentes de financiamiento. Lo única esperanza es que sean rechazados por la gente de los países en los que buscan entrar.

-¿Qué tan importante y extensa es la participación de jóvenes occidentales en EI?

-Existe y es aterrador, pero no es tan significante como se presenta.

-En términos filosóficos, ¿el mundo es ahora más o menos violento? Lo pregunto por un debate que originó el neurocientífico Steven Pinker cuando explicó que la violencia del mundo es hoy la menor de toda la historia y vivimos una época de paz inaudita.

-Es verdad, pero no se trata de una pregunta filosófica, son datos, hechos, ¡es así! Incluso los peores conflictos que tenemos ahora en comparación con los del siglo XX llevan a una escena completamente distinta. El nivel de protección de los civiles es muy diferente. He estado en los últimas dos décadas en las peores catástrofes del mundo y no importa qué tan horribles hayan sido las cosas que vimos, son difícilmente comparables en número a lo que fue la Segunda Guerra Mundial. Además, como digo, el nivel de protección, las leyes que se adoptaron en la mitad del siglo pasado, tras la guerra, como la Convención de Ginebra y similares, dieron a las poblaciones un respaldo. Es un concepto totalmente diferente, una idea de que los gobiernos no pueden matar a la gente y quedar impunes. Incluso los peores criminales saben con certeza que son punibles por la ley internacional.

-Usted dijo alguna vez que su experiencia en los últimos años de la Unión Soviética marcó su vida y su trabajo. ¿Por qué?

-La respuesta es simple. Imaginate con 14 o 15 años en medio de una gran transformación histórica. A pesar de que era chica, me acuerdo perfectamente cómo era la vida entonces. Era una niña que marchaba cantando todas las canciones soviéticas y de repente comenzó a ver a todo el sistema temblaba y caía ante sus ojos. Eso da la increíble sensación de que el cambio es posible.

-En términos generales y pensando en la vida de la gente común, ¿se vive mejor o peor ahora en Rusia en comparación con los tiempo soviéticos?

-Depende a quién le preguntes (piensa varios segundos). Hay varios períodos. Ahora mismo no estamos en el mejor momento de Rusia en todo aspecto. Hay una gran declinación respecto de los períodos de esperanza de los que hablábamos recién, en términos de derechos humanos y libertades. Casi no hay prensa independiente, no existe la libertad de expresión, no se puede protestar; los niveles de propaganda son tan masivos como jamás conoció la Unión Soviética. Y se avecina una gran crisis económica. Al mismo tiempo, la gente puede viajar, cosa que era imposible en la Unión Soviética, donde ni siquiera se podía elegir el lugar donde vivir; incluso si se tenía el dinero era virtualmente imposible comprar un auto, o había que esperar años. Y la disponibilidad de bienes básicos diarios es incomparable con lo que solía ser. Pero también hay que decir que ahora en educación Rusia es un desastre. Teníamos los más altos estándares en el mundo, pero ya no. Hay una gran fuga de cerebros, sobre todo en ciencia. Rusia no pudo lograr hacer funcionar una economía de mercado. Sigue basada en recursos naturales, los niveles de corrupción son muy altos, y las prospecciones de futuro no son buenas. Y Putin es un nuevo zar.

-¿Los índices de pobreza también son peores ahora?

-Es difícil de comparar el nivel de bienestar en los dos sistemas, tan distintos. Mis padres tenían entonces un nivel correcto de ingresos para lo que era entonces, pero si ves la ropa que yo usaba de chica... Pero lo que sí ha cambiado es la brecha entre pobres y millonarios, que es monstruosa. Eso no pasaba en los días soviéticos, salvo por un par de miembros del Partido, y ni siquiera.

-¿Cuál fue la experiencia más impactante que tuvo?

-(Piensa) ¿Impactante?

-Sí, conmovedora, emocionante, o dramática.

-Creo que lo más deprimente que viví fue en China, donde llegamos a lugares donde la gente ni siquiera podía comprender que tenía la posibilidad de tener derechos humanos. No habían visto jamás a un activista o a un periodista y no tenían noción siquiera de que podían hablar de sus problemas. Y no por miedo, sino porque no había nada, era un desierto en derechos humanos. Siempre hay un periodista, un activista local en casi todo lugar, alguien con voluntad de hablar y quejarse, pero ahí en China no había nada de nada.

-¿Eso la conmovió?

-También podría decir "Bruselas" (sede de organismos internacionales como la Unión Europea), como dice un colega cuando le preguntan cuál fue la misión más difícil de su vida. Porque hay momentos en que dan ganas de golpearse la cabeza contra una pared porque es tan frustrante? Cuando después de todos los reportes, las informaciones, las fotos que muestran una violación de derechos humanos nos encontramos con la indiferencia de algunos funcionarios. No pasa siempre, pero es tremendo. Y sí, me conmueve. Como cuando hicimos los reportes de Sri Lanka, conseguimos todo y había una masacre que detener. Estuve varias semanas trabajando todo el tiempo sin parar, testimonié en el Congreso, en Naciones Unidas. Todos sabían de la situación. Había que hacer algo para proteger civiles. Pero muchos murieron por la inacción. El mundo está mejorando, pero a veces veo los ojos de políticos y diplomáticos y me pregunto qué están pensando.

Un futuro posible, según Neistat

¿Cómo evalúa el desarrollo de la justicia internacional según los conflictos actuales?

Supongo que en el futuro las distintas formas de violencia seguirán disminuyendo. Aunque si se ve este momento en comparación con hace diez años hay motivos de preocupación, sobre todo por la enorme cantidad de refugiados que hay en diversos lugares del mundo. Pero hay cosas que no creo que sean posibles de revertir, como las cortes internacionales, que son un gran avance. Tienen aún miles de desafíos, y los eventos de las últimas semanas son ilustrativos al respecto. Su alcance en ocasiones depende de la buena voluntad de los países (como por ejemplo el no arresto del dictador de Sudán Al-Bashir que dependía de Sudáfrica, cuyas autoridades lo dejaron ir pese a que estaban obligadas a detenerlo). Pero de todas maneras el solo hecho de la existencia de una justicia planetaria es nuevo; si se ve históricamente, es en verdad muy reciente. Lo que vemos hoy son problemas de crecimiento. Desde luego, es mejor que se juzgue de manera nacional, pero cuando eso no es posible entran las cortes internacionales. Yo creo mucho en la justicia internacional.

Mano a mano

Una vida normal

Con fama de dura, Anna Neistat dice que intenta tener una vida normal entre viaje y viaje y que puede hacer mejor el trabajo que muchos hombres, que resultan "más emocionales" que ella. Ahora está embarazada de cuatro meses, lo que no le impide viajar constantemente. Luego de la estadía de tres días en Buenos Aires, le tocaba ir a la oficina de Amnesty en Río de Janeiro, luego hacia Londres y finalmente a Dakar (Senegal) para ordenar la sede de la ONG para Africa Occidental. Durante su anterior embarazo, cuando estaba de siete meses, quiso ir a Siria pero no la dejaron por los riesgos que implicaba. En cambio, fue al Líbano. Formada en leyes en Harvard, no guarda los mejores recuerdos de esa institución norteamericana; para ella fue "una gran decepción". Brillante, Neistat pudo haberse dedicado a ejercer la abogacía en corporaciones y ganado miles de dólares, pero no eligió ese destino. En parte, porque tampoco sus padres nunca dispusieron de mucho dinero en la Unión Soviética, ni el consumo de bienes era algo que les interesara particularmente ni que inculcaran en ella y en su hermana mayor, según cuenta. En cambio, sí la indujeron a tener un trabajo que ame. Y en eso está.

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