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Una dinastía de artistas

De los abuelos Ricardo y Roxana a los nietos ya en acción, todos los nombres de una estirpe que ha hecho de la actuación un modo de vida
Laura Ventura
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28 de junio de 2015  

"Aquellos que provienen del Rin." Literales y sinceros, para no olvidar jamás sus raíces ni su éxodo, los germanos que se asentaron hace varios siglos en la Puglia italiana, eligieron el apellido Darin. Vitales, para no olvidar jamás la gracia de existir, escogieron una fecha durante el verano, cada 23 de julio, como día de su onomástico. ¿Sabrán ellos, los del lago di Cadore, que del otro lado del Atlántico, su nombre se invoca mucho más seguido que una vez al año? Cuenta la leyenda oral, aquella que cruzó el océano, que en el pasado esa familia encontró su Arcadia y se asentó como una tribu de pastores dedicados al cuidado de cabras. Coherentes, para no olvidar jamás su esencia, ese animal sagrado del teatro, cuya sangre se bebía en las fiestas dionisíacas que parieron la tragedia, fue y es el medio de subsistencia de los Darín.

En el Río de la Plata se mezclaron las gotas del Rin con las especias del Líbano y el apellido cobró la tilde aguda. Allí, en radio El Mundo, dos actores, Ricardo y Roxana, se enamoraron y formaron una familia. De esta unión nacían Ricardo y Alejandra, quienes, sinceros, vitales y coherentes, siguieron los pasos de sus progenitores. Luego vendría otra generación, la que hoy no supera los 30 años: Ricardo "Chino" y Clara, por un lado, hijos de Ricardo y Florencia Bas, y Fausto y Antonia, por el otro, hijos de Alejandra y del también actor Alex Benn. No se trata de una simple herencia, aquella dote por la cual se recibe algo sin realizar esfuerzo alguno. No es la historia de una dinastía ni de una estirpe -con un Ricardo I, un Ricardo II y un Ricardo III-, sino el devenir de una familia que sabe contar historias, porque sabe narrar bien las propias, con personalidad y una voz nítida.

Los abuelos

Ese sonido vibrante, la "r" al cuadrado, sonaba en Las aventuras del Zorro, y en el vínculo de dos de sus intérpretes: Ricardo y Renée Roxana (su primer nombre artístico). Un año después de conocerse, en 1955, se casaron. Luego volverían a compartir el trabajo en Un viaje de ensueño hacia el Líbano, de Alberto Migré y Aldo Cammarotta. Para su hijo, hoy actor de fama internacional y defensor de su memoria, Ricardo es un héroe de carne y hueso que fue, además, poeta y aviador. Nuestras lágrimas es el libro de poemas que publicó a los 17 años, como regalo de sus padres: Andrés Antonio -empresario de la sala del teatro Marconi y Oda Vita (apellido, nuevamente, literal de esta mujer adorable que falleció a los 101 años), tronco artístico de esta dinastía.

Ricardo Darín (padre) partió a los 18 años con un pasaje de ida a Europa y allí pasó a integrar la Legión Extranjera. "¿Viste El gran pez? Bueno, papá era así. Él nos contaba muchas historias y las poníamos siempre en duda -recuerda Alejandra, en referencia a la película de Tim Burton-. Muchos años después de que muriera nos enteramos de que era cierto."

El vértigo de su juventud se resume en la siguiente enumeración frenética de experiencias cosmopolitas y políglotas que confirma su hijo: viajó a Asia, África, le escribió un poema a la bandera chilena, conoció a Orson Welles y a Louis Jourdan, se presentó en un concurso de belleza en Francia y fue elegido uno de "Los diez fabulosos muchachos", escribió un manual sobre primeros auxilios en Portugal y cuando se quedó sin nada en los bolsillos fue a golpear las puertas del consulado argentino en Francia donde consiguió trabajo como guardaespaldas en la tercera línea del mismísimo Charles De Gaulle. "Era genuino en la vida. Tenía una impronta muy interesante y poco común, con millones de kilos de defectos, pero fue un encanto", recuerda su hija.

En una entrevista que le realizara Alejandro Fantino, el hijo famoso de este aventurero recordaba el día que fue con sus hermanas [tuvo también una hija con otra pareja] a desarmar su casa tras su muerte, a los 63 años. El inventario se realizó de modo veloz: "No tenía nada. Con nada te digo eso: nada. Un juego de cubiertos, dos platos, un vaso, un saco, un par de zapatos... Tenía lo esencial". No hubo disputas por los bienes, o mejor dicho, sí, por algo más valioso que lo material. "Mi hermano me afana los recuerdos de la infancia y los hace propios", dice Alejandra con ternura.

Por su parte, Renée Roxana llegó a la radio por casualidad, cuando acompañó a una amiga de la escuela a una audición. A los pocos días se incorporó a la compañía de Eduardo Rudy y Celia Juárez. Así comenzó un largo periplo por distintas emisoras, en las que compartiría micrófono con Raúl Rossi, Délfor y Narciso Ibáñez Menta y animaría especiales bailables los sábados por la tarde. También allí conocería a un joven Alberto Migré, a quien Roxana (durante los últimos años cambió su nombre por Roxana Darín) le daría una gran oportunidad para comenzar su carrera, favor que siempre sería reconocido por el gran guionista. En cine tuvo también un largo recorrido, pero hay un papel que atesora ella y su joven realizador, quien destaca las virtudes de su musa. Ricardo "Chino" Darín la dirigió, en un corto para la universidad inspirado y protagonizado por ella, su abuela. "A veces tuve personajes muy pequeños; otras, más destacados, pero yo los encaraba siempre con la misma fuerza y entusiasmo y sirvieron de trampolín para mi paso posterior a la televisión y al teatro", contaba hace algunos años a LA NACION. Además de la ficción, Roxana se dedicaría a defender su profesión desde otro ángulo, dentro de la Secretaría Mutual de la Asociación Argentina de Actores, una institución que hoy, con un alto perfil, preside su hija Alejandra.

Los hijos

Alejandra Darín se recuerda a los 4 años, con su manito acariciando el terciopelo rojo de las butacas del palco del Odeón, sentada junto a su hermano mayor. Es su primer recuerdo ligado al teatro, a aquella temporada en la que su mamá compartía escenario con Libertad Lamarque y Tincho Zabala en Hello, Dolly! Su papá Ricardo también llevaba a los hermanitos a los camarines cuando integraba los elencos de Edipo en Colono y El conventillo de La Paloma.

Alejandra protagoniza Tierra del fuego (en El Tinglado) y tiene un vasto recorrido por las tablas, donde interpretó, entre tantísimos personajes a Hannah Arendt en Un informe sobre la banalidad del amor, de Mario Diament. "No fue inercia familiar. Para nosotros actuar era algo natural, el alimento cotidiano." Su recorrido comenzó hace varias décadas, con fracasos añorados, como Teresa Batista cansada de guerra, en el Lola Membrives, donde compartió el escenario con su mamá, y auténticos sucesos, como De carne somos (1988), la adaptación teatral de la comedia de TV, un espectáculo que tuvo a su padre como espectador: "Se fue sin saludarme. No me dijo nada. Era muy genuino en la vida. Entendí todo con su acción". Alguien que sí elige hablar de su trabajo con todos los adjetivos ampulosos que se crucen por su cabeza es su hijo Fausto: "Lo que hace es demoledor. La potencia de mi vieja es única. La admiro mucho. Me acuerdo bien de su laburo en El libro de Ruth, uno de mis preferidos", dice.

Ricardo Darín es el miembro más famoso de su familia. No es sólo su trabajo, sino su actitud, su humildad y picardía la que abraza el público. Se apropia de los personajes y cada vez que desembarca en los escenarios, sus temporadas carecen de fecha de caducidad. Ocurrió con Art y ahora con Escenas de la vida conyugal, que pasó por distintas salas y próximamente estará en Madrid.

Ricardo Darín puede componer a un estafador (Nueve reinas), un noir detective privado (La señal), un taxidermista (El aura), el dueño de un restaurante (El hijo de la novia), un ex combatiente de Malvinas (Un cuento chino), un ingeniero atrapado en una burocracia kafkiana (Relatos salvajes) un miembro del Poder Judicial (El secreto de sus ojos) e infinitas criaturas con su camaleónica técnica. Y en esta versatilidad hay algo que siempre se mantiene intacto: esos ojos a los que Los Piojos le dedicaron un tema.

Los nietos

Cuando terminó la filmación de El secreto de sus ojos, en las planillas que detallaban las jornadas del rodaje había acumulado la mayor cantidad de horas-hombre. "Arrancaba el día a las 6 de la mañana y era el último en irme. Fue increíble, estar ahí, en ese universo tan nutritivo", dice Ricardo Darín, no el protagonista de la película ganadora del Oscar, sino el meritorio de producción, Ricardo "Chino" Darín. "Sí es cierto que me enteré que buscaban gente por mi viejo, pero me tenían para el cachetazo y no me importaba. No quería que pensaran que era un ñoqui", agrega el actor de 26 años. Su tía Alejandra también derrumba este mito de que la portación de apellido es una llave mágica: "Hay mucha fantasía, como si pusiera mi apellido o el de mis padres actores y listo. Todos en esta familia somos gente que se ganó las cosas con mucho esfuerzo".

Ricardo padre respiró aliviado cuando vio a su hijo en el ensayo de Los Kaplan, dirigida por Eva Halac, y luego en el estreno de la obra: "Verlo ahí parado con un elenco profesional con el que me he criado, en un teatro como El Globo, me dio tranquilidad a mí y a su madre. Cuando nos dijo a qué quería dedicarse, me generó incertidumbre y nervios por ese camino que quisiera tomar. Me llena de orgullo su independencia, que es algo que define su estilo de vida: jamás se deja llevar por nada en lo que no cree".

Mientras estudiaba cine, también estudiaba teatro, pero no terminaba de animarse a dar el gran salto hacia la actuación: "No me sentía preparado para un casting, no me quería exponer a esa situación. Hasta que un amigo de la familia, Alberto Pironti, me dio el primer empujón y gracias a él fui a una audición". Rápidamente el Chino fue aceitando su experiencia y ya protagonizó dos películas. Muerte en Buenos Aires y Pasaje de vida, además de haber formado parte del elenco de Vóley. "Quizá la gente piensa que tengo charlas de teatro con mi viejo, pero no es así. En realidad consulto más las cosas con mi vieja, que sabe mucho, antes que con él, porque es a ella a quien mi viejo le fue consultando las cosas durante su carrera." Ahora, el Chino filma la miniserie de Luis Ortega, donde interpreta a Alejandro, uno de los hijos del clan Puccio.

Por su parte, Clara Darín, de 21 años, la hermana del Chino, cultiva su bajo perfil, mientras se dedica a su línea de indumentaria Sarasa y se prepara para mostrar, cuando ella así lo desee, su veta como cantante.

No termina acá el talento Darín. Fausto Bengoechea, hijo de Alejandra y su ex, Alex Benn -también actor y director, debutó a los 8 años en una versión que su padre realizó de Macbeth. Hoy, a los 20, se sube al escenario de La Ranchería para hacer He visto a Dios. Su hermana Antonia, de 17 años, también incursionó de más chica nena en la actuación, en la película Sin retorno. Y se la verá en breve en La leona, donde será la hija de Pablo Echarri, y también en el film El clan, de Pablo Trapero, donde será una más de los Puccio.

Una savia única

"En casa de herrero, cuchillo afilado" debería ser el refrán de los Darín. "Algo bien deben haber hecho mis viejos para que tanto Alejandra como yo abracemos este oficio, y algo similar hicimos los dos para que nuestros hijos se sintieran atraídos por este trabajo", dice Ricardo. De aquellas raíces que en un pasado regó un río europeo, a la savia que corre por ese árbol genealógico, brota un oxígeno que alimenta a quienes los rodean. Las ramas de esta familia se extienden en nuevos brotes, sostenidos por un tronco de diálogo y trabajo. No se proponen hacerle sombra a quienes los rodean, pero el carácter inevitable de su naturaleza se impone. Conocidos por sus frutos, logran también su fama gracias a un don añejo, hoy casi marchito: ser buena madera.

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