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Si vamos a pedir tiempo, seamos ambiciosos

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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4 de julio de 2015  

Los buenos profesores nos enseñan que el mundo no cabe en una fórmula y siempre puede ser más rico y complejo de lo que creemos. En la secundaria, tuve un profesor de filosofía que, lejos de recitar un manual, llevaba a la clase aquellas preguntas que lo desvelaban. Nos alentaba a pensar y a cuestionar lo dado. Eso, en un colegio religioso, era un salvoconducto hacia la libertad. En una de las pruebas escritas en que los alumnos filosofábamos con impunidad, yo escribí que el hombre, con su capacidad de abstracción, había elegido ordenar la realidad desde las matemáticas. A los pocos días me devolvió la hoja con una pregunta anotada: ¿no podía ser acaso que las matemáticas precedieran a la realidad y la Creación hubiera sido vertida en ese molde?

Me acordé de esto cuando leí que el Servicio Internacional de Rotación de la Tierra y Sistemas de Referencia decidió agregar un segundo al día 30 de junio. Usted no lo habrá notado, pero este martes no duró 24 horas de 60 minutos de 60 segundos, sino un poco más: tuvo un latido extra que permitió alinear la díscola realidad con el orden perfecto y preciso de los números.

La cosa es así. En el mundo, el Tiempo Universal (UT) depende del paso del Sol por encima del meridiano de la localidad inglesa de Greenwich. Es decir, depende de la rotación de la Tierra. El problema es que el planeta, a causa de las mareas y otros caprichos, tiene tendencia a frenarse, razón por la cual los científicos crearon un reloj más confiable. Así nació el Tiempo Atómico Internacional (TAI), donde un segundo siempre dura lo mismo. Imagine usted al UT y al TAI como una de esas parejas que, por más que lo intentan, no puedan acompasar el paso y se van alejando de a poco, pero inexorablemente. Con el segundo que le han agregado al martes pasado, entonces, volvieron a poner en caja la realidad para que responda a la idea.

Como se ve, hay gente empecinada en vivir en la caverna de Platón, y tal vez sea necesaria para que el mundo no se desmorone. Ante ellos, mi profesor se hubiera preguntado: ¿llevan la realidad a una perfección preexistente o la fuerzan en virtud de un orden imposible? Con la impunidad de siempre, yo me inclinaría por la segunda hipótesis y, en consecuencia, perdido por perdido, les pediría a los científicos que la próxima vez que regalen tiempo sean un poco más desprendidos. Porque eso es lo que todos queremos y lo que escasea cada vez más, a medida que nos hundimos en el engaño de la vida posmoderna. Invertimos el día trabajando para comprar cosas que nos van a dar más tiempo y libertad, pero cuanto más avanzamos en esa carrera, más lejos estamos del tiempo marcado por el flujo de las mareas y más cerca de aquel cronometrado por las máquinas, en donde un segundo es siempre igual al que le sigue y en el que los días se parecen tanto entre sí que ya nos resultan ajenos.

Eso sí, además de cantidad, demandaría calidad. Pediría tiempo no apurado y de jugar, que es el mejor, como decía la canción de María Elena Walsh. Porque no da lo mismo cualquier segundo, aunque nos quieran hacer creer lo contrario. No son lo mismo el segundo de la risa que el del llanto, ni el de la muerte y el del amor. Resulta imposible medirlos y cada cual dura lo suyo.

Sin embargo, parece más sensato no esperar que nos regalen nada. Se nos iría la vida esperando. Incluso corremos el riesgo de tomar por regalo aquello que sólo perfecciona la trampa en la que estamos metidos. En cambio, haríamos bien en vivir el día como si fuera tiempo que nos regala el tiempo. Porque, en verdad, eso es todo lo que tenemos.

A mi profesor de filosofía le gustaba contarnos las sensaciones que experimentaba en sus paseos por una Buenos Aires vacía. Por ejemplo, cada vez que la selección jugaba un partido en un Mundial. Mientras el país seguía la actuación del equipo aferrado a la pantalla de la televisión, él aprovechaba para caminar por una ciudad distinta a la de todos los días, casi sin ruido de coches, sin gente en la calle, una ciudad de algún modo devuelta a su estado de naturaleza, en la que quizá, cerrando los ojos, se podía escuchar algo parecido a lo que habrían escuchado Juan de Garay y sus hombres el día del desembarco.

Era otra lección del maestro. Porque el tiempo es el espacio que se habita, y también eso depende de nosotros.

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