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Marcos López: "Me convertí en profesional del colorinche y la baratija; quedé congelado en el Frankenstein que yo mismo construí"

María Paula Zacharías
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9 de julio de 2015  

Marcos López abre en pijamas la puerta rosa chicle de su estudio, a las diez de la mañana de un día de semana. Está a cinco cuadras de la estación Constitución, pero impera el silencio en esa calle ancha de casonas centenarias y ruinosas. Dentro, un perro achacado y un gato remolón se arriman a las estufas, mientras él se viste (jeans, camisa "verde fotógrafo") y prepara un té.

De un vistazo se puede recorrer su historia: su obra se desparrama en colores brillantes por la pared, en pinturas que se expanden o ampliaciones de sus fotos icónicas (el Gauchito Gil, la maestra argentina que promociona un producto de limpieza). O toma cuerpo en esculturas, escenografías e instalaciones, mientras se acumulan libros, dibujos y objetos de culto kitsch, como una estatua de la libertad o un chanchito alcancía. Éste es el micromundo del creador del "pop latino".

En estos días, se ve en la galería Rolf una especie de origen de todo eso: sus primeros retratos en blanco y negro, y una instalación que reproduce el living de la casa de sus padres tal como era en su infancia santafecina, sólo que el tapizado de flores del sillón trepa por el empapelado -también floral-, emerge un retrato del papel descascarado, y se multiplican los animalitos de porcelana y las carpetas de crochet.

"Me lleva directamente a una situación afectiva familiar, de mi mamá y su decoración con platitos en la pared. Mis padres se pasaban la vida decorando la casa. Él era aficionado a empapelar cada sala con un motivo diferente. Los recuerdos no siempre son verdad, uno se inventa sus recuerdos, pero creería que cada dos años cambiaban los empapelados. A veces pienso que todo lo que yo traté de hacer con el color, el humor y el pop latino fue un intento de escaparme de esa melancolía de la infancia y juventud en la provincia. Un intento fallido de ir hacia el colorinche. Sin embargo, vuelvo a construir ese «livincito» que es un poco la estructura de lo que soy. Porque soy el crochet que tejían mis tías", evoca. Pero en la familia no había ningún interés artístico. En pos de su necesidad expresiva, por la imagen, y de salir desesperadamente a la búsqueda de una identidad regional, se fue del "livincito" al Altiplano, a Venezuela; se fue a estudiar cine a Cuba, a México.

-¿Cómo te convertiste en fotógrafo?

-Estudié como cinco años Ingeniería en Construcciones, pero lo único que me interesaba era la fotografía. En un momento me animé y les dije a mis padres que me venía a vivir acá [a Buenos Aires], con una beca del Fondo Nacional de las Artes. Coincidió con el fin de la Guerra de Malvinas. Era una explosión, un desborde, Teatro Abierto, los recitales BARock; conocía a artistas, como Liliana Maresca, y fotógrafos que me formaron, como Sara Facio, Humberto Rivas, Juan Travnik y Ataulfo Pérez Aznar. En esa época, la formación era por cruce de experiencias. Trabajaba en periodismo, pero siempre tuve un claro interés expresivo, apresado en una necesidad de estar explicándome o reflexionando sobre el sentido de la identidad, de quiénes somos como país, como comunidad, como continente. Mis fotos siempre se están preguntando quiénes somos, pero más allá de lo latinoamericano: van al sentido de la existencia. ¿Qué hace uno con su propia vida? Ahora me preocupa más eso que el arte.

-¿Cómo siguió tu camino?

-En un momento, leí en el diario sobre una beca de capacitación de cine en Cuba. No era mi intención hacer películas, pero me presenté y gané, junto con otros cinco argentinos. Me quedé un año y medio estudiando con Gabriel García Márquez y Fernando Birri, y fue un máster en América latina, porque éramos estudiantes de todos los países. Mirar a la Argentina desde una distancia, para eso sirve viajar. Fue clave en mi formación. Ahí creo que "inventé" el pop latino (uno no inventa nada), en un primer ejercicio. En lugar de filmar un documental del esfuerzo de los recolectores de caña de azúcar, hice una caricatura del Caribe socialista en una piscina de un hotel años 50, con caimanes embalsamados y tragos de ron con revolvedores con palmeritas. De fondo, los murales del "Che" y un trío de guitarras. El tema era los cantores de tango en Cuba. Empecé a usar el color y ya no lo pude dejar más. Me quedé apresado en el pop latino, porque me contratan para una foto publicitaria y me piden un pato inflable.

-Te piden que les hagas un Marcos López.

-Me convertí en un profesional del colorinche y la baratija. Me quedé congelado en un Frankenstein que yo mismo construí. Eran los años 90, el menemismo, los anteojos de Taiwán por dos pesos, la patria como un shopping center de cartón pintado... Hice mi primer libro del pop latino, y dicen los críticos que fui documentando con la puesta en escena el menemismo. Una caricatura de un país que se pretendía como una especie de Disney World...

-... con un Mickey con patillas.

-Llegó un punto en el que dije que sólo me interesaba hacer fotos de América latina. Europa no me importaba. Con los años me voy poniendo más flexible. De hecho, hice una película, porque sentía que tenía una deuda pendiente con el cine. Como mi esposa, Lena Esquenazi, es sonidista de cine, se nos ocurrió un proyecto juntos. Me venía la imagen de Ramón Ayala, músico y poeta del alto Paraná; una especie de capitán de barco para subir río arriba desde el Río de la Plata, hacia las entrañas del continente. Finalmente, encontré que esas entrañas están en los mercados de Constitución; en La Salada, con sus costureros bolivianos o paraguayos (la inmigración, sus marcas falsas). La película terminó siendo una road movie que pasa por lugares afectivamente importantes para mí como el Festival de Cosquín o el reloj cucú de Carlos Paz. Ahora estoy empezando a pensar otra película, que se va a llamar Exceso, en la que mezclo la gente comiendo sánguches en La Bristol, el altiplano boliviano, el Gauchito Gil, los santos populares venezolanos y las artesanías. En Tucumán me interesó un pueblo, Famaillá, donde se celebra la Fiesta del Mellizo [que justamente se realiza hoy], porque el intendente tiene un hermano mellizo con el que se va alternando el puesto. Hay una frase: a la insípida consigna minimalista menos es más, yo le contrapongo más es más. Destacar, exagerar, subrayar, como un intento desesperado de hablar de lo mismo.

-El eje de tu trabajo de los últimos 25 años es -dijiste vos- el mantel de hule, un concepto que le debés a Leonardo Favio.

-Sí, es una frase que le escuché a Favio. A mí siempre me interesa la sensorialidad poética de los objetos. Cuando parás a comer en la ruta en restaurantes humildes, la dueña le pasa un trapo rejilla sucio sobre ese mantel ya desteñido. Hay que apoyar los antebrazos en ese mantel pegajoso y da vergüenza limpiarlo rápido con una servilleta cuando no te ven, para que no se ofendan. Ese mantel plástico con motivos florales, desgastado, tiene una poética de la precariedad. Todo lo que tengo para decir está en esos dos centímetros cuadrados del antebrazo apoyado en el mantel de hule. Mi obra siempre está buscando lo sensorial. Los zapatitos de las maestras gastados, pero limpios; las ojotas de los trabajadores de Brasil; las camisetas de fútbol falsas de Barcelona, de ese material que raspa la piel, y que por algo cuesta cinco dólares y no 95. La morcilla tiene esa sensorialidad, un rasgo de identidad. Me da asco tocarla con la mano, cada vez como menos carne. Toda mi obra no habla del subdesarrollo, sino de su textura emocional: el empapelado, la carpetita crochet, los pulóveres tejidos a mano que me remiten a mi propia infancia. La fotografía tiene una relación directa con lo melancólico porque habla de lo que ya no está. En un punto, uno es siempre un chico de pueblo: soy un niño de campo, de un pueblito de inmigrantes donde viví hasta los doce años y en donde era el hijo del ingeniero.

-¿Cuándo empezaste a alejarte de la fotografía para expresarte por otros lenguajes?

-Creo que siempre lo estuve haciendo. Siempre dibujé mis fotos. El exceso de la era digital de los últimos diez años (las redes sociales, la posibilidad de sacar fotos con el teléfono y que todo el mundo lo haga, la moda de la fotografía como arte y las ferias) me angustia. Cualquier niño hijo de rico con un iPhone puede hacer una foto y queda bien. El problema es que queda siempre bien. Y entonces me dio una especie de ataque de ir hacia la pintura, el dibujo, la instalación, hacia lo artesanal. Yo entro y salgo de la fotografía, y siempre amenazo. De hecho, hice una muestra que se llamaba Debut y Despedida. El arte contemporáneo se pone muy cercano a la moda, a la publicidad, a la frivolidad del consumo, y entonces me da por refugiarme en las tejedoras anónimas de ñandutí del lago Ypacaraí. La artesanía popular siempre me interesó como antídoto al ego de los artistas. Es tan cansador, como ahora, hablar de mí mismo, qué siento, por qué hago lo que hago. Marcos, ¿qué quisiste decir, qué quisiste opinar? Siempre testeándose, explicándose. Hay una escena en la película de Ramón Ayala que creo que es la más lograda. Le pregunto a un artesano: "Señor, cuando está pintando chanchos, ¿en qué piensa?". Y él me contesta: "En el chancho, ¿en qué voy a pensar?". Cuando estoy angustiado, me pongo a dibujar o a pintar, y me calma.

-¿Y en qué estás ahora?

-Últimamente escribo online en Facebook, que es como saltar al vacío sin red. Como un cuaderno de notas público. Ahora contraté una ayudante para que junte los textos, a ver si los publico junto con mis dibujitos. Yo trabajo en veinte proyectos a la vez: tres libros, cinco películas, un documental, fotos y una escenografía para un programa de televisión. Lucho contra mi propia dispersión. De repente me canso y me pongo a pintar con acuarela, y me da tranquilidad. Pero eso no es trabajar, es perder el tiempo. Supuestamente, sacar fotos sí: soy un profesional. Es un problema ser un artista profesional, porque vivo de mi obra, mi obra se comercializa en el mercado del arte, y cambia el concepto de ser artista cuando se convierte en un trabajo. Que circule una economía alrededor de una obra de arte la cambia: sigamos haciendo patos inflables y chancletas volando. ¡No, es un peligro! Siempre está en mí el deseo de provocar al establishment, por más que uno está absolutamente dentro. ¿Querían mis fotografías? Bueno, ahora me puse a pintar. Soy un adolescente eterno.

-¿Qué te provoca rebeldía?

-Me ahoga el problema de vivir en esta ciudad tan caótica, la desigualdad social, la angustia de lo cotidiano, los falsos eslóganes de la publicidad: tome cerveza y tenga amigos, compre este auto y sea feliz. ¡No me mientan! Circulo con una hipersensibilidad a todos esos estímulos... De ese exceso de información se me ocurre que salen algunas formas de ironía para exorcizar ese sentimiento. Siempre estoy pensado en lo que hago... los santos populares, la fe.

-¿Tenés fe?

-Sí. Mi mamá dice que siempre reza para que a mí me vaya bien, y yo creo en su rezo. Tengo ganas de hacer una película que se llame Fe, que empiece con mi mamá y mis tías hablando del poder de la oración. Cuando me pongo muy loco, hago meditaciones, me calmo respirando y pienso que me encomiendo a algo. La única solución para calmar la angustia es la fe religiosa; yo no lo he logrado. Pero ni el éxito, ni el dinero, ni el arte calman nada. El pop latino te entretiene. A veces siento que mi trabajo tiene sentido cuando retrato a gente que me encuentro circunstancialmente en la calle o en los mercados, almas gemelas con las que construyo un objeto de valor poético y aportamos algo al mundo. Me reconcilio. Pero tengo un conflicto permanente: ¿por qué hago lo que hago y para qué?

-Y ahí te preguntás existencialmente ¿quién soy?

-Sí. Ya no sé si me interesa tanto la identidad local, debe de ser por los años que tengo, más de 50. Mis padres ya están viejitos y mis hijos ya están grandes. Las preguntas van más allá de mi foto del asado [ Asado en Mendiolaza reconstruye el cuadro La última cena, de Da Vinci, con artistas plásticos cordobeses]. Ahora me interesan más universalmente los personajes que están ahí: Cristo cortando el cordero mira a cámara, y pregunta: "¿Qué hacemos con lo que hacemos?". Creo que las soluciones pasan por actitudes de ternura cotidiana, solidaridad en los pequeños actos, y por eso descreo mucho de los movimientos políticos y las grandes causas. Me refugio en esa mirada del Cristo y su pregunta sobre a dónde vamos, para qué estamos acá. No soy una persona naturalmente alegre. Siempre estoy tratando de vencer una tendencia a la melancolía. En ese sentido, hay un simulacro en las sonrisas de mi obra. Nada tiene sentido en la construcción de la vida.

Bio

Profesión: artista visual

Edad: 57 años

El pop latino es el sello personal de sus fotos, que son parte de las colecciones del Museo Reina Sofía y de la Fundación Daros Latinamérica en Suiza, entre otras colecciones públicas y privadas. Su obra publicada quedó reunida en Marcos López, Fotografías 1978-2010 (2010). Su ópera prima cinematográfica Ramón Ayala ganó el Premio del Público del Bafici

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