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Creer o no creer, ésa es la cuestión

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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11 de julio de 2015  

En la sexta temporada de The Good Wife, a Alicia Florrick la convencen para que se postule al cargo de fiscal general. Viejo y simpático zorro, su jefe de campaña le dice que debe esconder su ateísmo ante el electorado. Ella le responde que no puede hacerlo, porque en verdad no cree en nada más allá de la muerte. Su jefe de campaña insiste y ella habla con su hija, quien por las suyas, y ante la sorpresa de la madre, se ha vuelto una devota cristiana. En medio de su debate interno y de sus tironeos, Alicia quiere saber de qué está hecha una fe. Sin estridencias, The Good Wife cifra en ese episodio distintas dimensiones de la religión en la vida humana: la íntima, la social, la política.

Algo parecido puede leerse en el viaje que el Papa está haciendo por América latina. Lo complicado es que aquí tampoco es posible discriminar tajantemente entre las diferentes dimensiones que la religión tiene. Las palabras que pronuncia el Papa son un buen ejemplo. Allí donde algunos ven una imperecedera verdad evangélica dirigida al alma, otros leen una sentencia política que apunta, aquí y ahora, a los oídos de poderosos con nombre y apellido. La misma naturaleza elíptica y metafórica del discurso religioso favorece la multiplicidad de sentidos, algo de lo que el Papa, que conjuga en su ministerio lo íntimo, lo social y lo político, parece ser particularmente consciente.

Como asunto humano, es inevitable que la religión se manifieste en todos estos aspectos distintos. Así opera también el arte, otra vía de la trascendencia. De todas maneras, sospecho que la religión, y no sólo la católica, debería tender cada vez más a la dimensión de lo íntimo y de lo privado, relegando lo demás. En beneficio de Alicia Florrick, yo separaría la política de la religión, que nace del impulso humano a vivir experiencias trascendentes que luego eventualmente se traducen en la creencia en Dios o en algo que nos espera más allá.

Para mí, la religión es experiencia. La trascendencia se experimenta o no. Cuando ese impulso humano hacia una mayor espiritualidad se cristaliza en creencias, en dogmas y en doctrinas la cosa se complica. En el plano individual, se divorcia al sujeto de su experiencia. En el social y el político, empieza la lucha por la hegemonía. Una lucha que puede tornarse violenta, porque todos aquellos que profesan una fe sin fisuras sienten, nunca entenderé por qué, una irrefrenable necesidad de evangelizar. Incluyo aquí a los que, en la vereda de enfrente, enarbolan un ateísmo militante, como Richard Dawkins o Christopher Hitchens, que mientras agonizaba de un cáncer de esófago escribió con su sarcasmo de siempre: "Si me convierto será porque es preferible que muera un creyente a que lo haga un ateo".

Cuando somos chicos, creer es fácil. Hasta cierta edad yo iba a misa con mis amigos todos los sábados por la tarde. En parte, lo confieso, para encontrarnos con las chicas a la salida, en el atrio de la iglesia. Nunca me voy a olvidar de la emoción que me embargó durante una lectura teatralizada de la pasión de Jesús, en una misa de Semana Santa. Hasta me pregunté si no tendría pasta de santo. Cuando crecemos, creer es más difícil. Hay que ponerle empeño, y la vida ofrece una cuota considerable de esfuerzos y sacrificios como para andar buscando un suplemento en la religión.

La experiencia trascendente es otra cosa. Eso es lo que hace la diferencia, como sugiere Claudio Magris, para quien la humanidad se divide entre aquellos que creen que hay algo más y los que piensan que aquí se acaba todo. Hay en ella algo que no manejamos: esa luz de otro mundo viene y se va, casi siempre de modo sorpresivo o caprichoso, aunque suele dejar huella.

Así como aquella misa de Semana Santa, también recuerdo las tardes en el río Amazonas. Habíamos embarcado en Iquitos, en cuyo precario puerto había visto chamanes o farsantes con serpientes enroscadas al cuello que vendían polvos para el amor o la enfermedad. Viajábamos en el Jaquelinita, un pequeño barco de madera donde de noche, para dormir, colgábamos en la cubierta nuestras hamacas paraguayas. Por la tarde subíamos al techo. Allí, sentados, contemplábamos la caída de la noche sobre el río y la selva. Con el ruido del motor de fondo, asistíamos al momento mágico en que la luz desaparece. Yo sentía entonces una súbita revelación. Por unos instantes una belleza desconocida me causaba la ilusión, acaso cierta, de que algo puede durar para siempre.

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