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El dilema no es cambiar o no, sino los plazos

Nicolás Dujovne
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14 de julio de 2015  

Mientras gran parte de la discusión económica de los últimos meses pasaba por analizar el ritmo al que se producirían los cambios económicos durante el próximo gobierno (gradualismo versus shock), la designación del actual secretario legal, Carlos Zannini, como compañero de fórmula de Daniel Scioli y la hegemonía de La Cámpora en las listas de candidatos al Congreso por el oficialismo modificaron el contenido de esa discusión. Ahora se incorporó al dilema una alternativa más: la continuidad del actual esquema económico y político a las alternativas de cambio lento o cambio rápido. El dilema mutó en trilema.

El kirchnerismo ha sido muchas cosas. En lo económico, se ha basado en un nacionalismo populista que expandió el gasto público y la influencia del Estado tanto como pudo, apropiándose para ello de cuanta caja se le cruzó por el camino: la renta del agro, de las empresas públicas, los fondos de las AFJP y las reservas del Banco Central.

Cuando las cajas "heterodoxas" se agotaron, los mecanismos de estiramiento del no ajuste se tornaron más costosos y derivaron en la imposición de medidas cada vez más disfuncionales (el cepo, las restricciones a las importaciones), que llevaron a la economía al estancamiento. En 2014, el swap con China le ha permitido sumar "reservas" por US$ 5000 millones, lo que ha sido utilizado para atrasar el tipo de cambio real. Esto explica una parte sustancial del clima de mejora que se observa este año.

Por último, a partir de fines de 2014 el Banco Central ha rechazado la venta de divisas a importadores por compras ya efectuadas al exterior por un monto cercano a los US$ 5000 millones, lo que en la práctica ha generado una operación de financiamiento involuntaria desde los proveedores del exterior a los importadores argentinos. Magia pura.

Quien ejerza el poder a partir del 10 de diciembre próximo contará en el Banco Central con apenas US$ 26.000 millones de reservas brutas, las que netas del swap con China, de los autopréstamos con el Banco de Francia y de los pagos retenidos de bonos Par y Discount caen a sólo US$ 16.000 millones. Ese nuevo gobierno tendrá un tipo de cambio nominal cotizando en $ 9,6 por dólar, lo que equivaldrá a un tipo de cambio real multilateral equivalente al de diciembre de 2001 y observará una situación fiscal en la que el déficit de 2015 será equivalente a 6,5% del PBI o US$ 37.000 millones.

Con esos números, mantener el actual esquema económico de cepo, atraso cambiario, déficit fiscal creciente y restricciones a las importaciones por mucho tiempo más no es una tarea que pueda llevarse adelante fácilmente.

Los vencimientos de deuda en dólares con el sector privado son muy bajos en 2016: apenas US$ 6000 millones sumando capital e intereses. Asumiendo que el futuro gobierno deseara evitar una nueva caída en las reservas, el financiamiento que necesitaría en 2016 para evitar el ajuste fiscal y cambiario debería ser equivalente al déficit de la cuenta corriente del balance de pagos (unos US$ 8000 millones en 2015) y a las amortizaciones del sector público más las ventas de dólares "ahorro", lo que agregaría unos US$ 7000 millones adicionales.

Con unos US$ 15.000 millones de financiamiento, el Gobierno podría eventualmente seguir demorando el cambio. Pero ese volumen de financimiento, sin un arreglo con los holdouts y sin señales de cambio en la política económica sólo podría provenir de China.

Mantener no quiere decir crecer: aun consiguiendo una masa de financiamiento como la descripta, es imposible que la economía se expanda. Con el actual atraso cambiario, las exportaciones continuarían cayendo y las importaciones ya no pueden caer más sin producir un daño muy grande sobre la capacidad de funcionamiento de la economía.

La continuidad "pura" sólo podría ser transitoria y dependería del volumen de financiamiento extra-mercado que pudiera conseguir el Gobierno. La alternativa sería lanzar un programa de reducción del déficit y un sinceramiento cambiario en donde el financiamiento externo también sería crucial.

La economía del kirchnerismo, al menos como la conocemos hasta ahora, tiene pocas chances de continuar indefinidamente. Que pueda estirarse un tiempo más dependerá no sólo de quién gane las elecciones sino de su capacidad para conseguir divisas.

El autor es economista

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