La Boca, territorio operístico

Pablo Kohan
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16 de julio de 2015  

Cavalleria rusticana y pagliacci / Con: Enrique Folger (Turiddu), Guadalupe Barrientos (Santuzza), Leonardo Estévez (Alfio), Anabella Carnevali (Mamma Lucia) y Mariana Rewerski (Lola); José Cura (Canio), Mónica Ferracani (Nedda), Fabián Veloz (Tonio), Gustavo Ahualli (Silvio) y Sergio Spina / Régie, escenografía e iluminación: José Cura / Orquesta y coro estables y coro de niños del Teatro Colón / Dirección general: Roberto Paternostro / Teatro Colón / Nuestra opinión: muy buena.

Se sabía que José Cura había decidido adaptar Cavalleria rusticana y Pagliacci y trasladarlas de Sicilia y Calabria hasta La Boca, como un homenaje a la inmigración italiana. Pero lo más significativo es que la traslación geográfica y temporal de estas célebres hermanas líricas, que no son mellizas ni, mucho menos, gemelas, además, implicó, en su concepto, la reunión de ambas en un único espectáculo continuado, transformando a cada una de ellas en un acto de un díptico que tuvo un encadenamiento lógico. En el mismo espacio, el pasaje Caminito, primero tienen lugar todos los aconteceres de Cavalleria rusticana y, cinco meses más tarde, los de Pagliacci. Pero no sólo eso. Los personajes y las consecuencias de la ópera de Mascagni reverberan y se manifiestan dentro del drama de Leoncavallo. Eso conlleva algunas libertades que van más allá de una puesta determinada y la utilización creativa del ámbito escénico sino de otro tipo de licencias como, por ejemplo, que no sea Tonio quien cante "La commedia è finita", en el cierre de Pagliacci, sino Mamma Lucia, ante el cuerpo de Silvio, a quien había adoptado casi como un hijo sustituto luego de la muerte de Turiddu.

En líneas generales, las adaptaciones de tiempo y espacio a las que son sometidas las óperas en estas lícitas (y necesarias) búsquedas que los puestistas aplican para darles un nuevo significado u otra amplitud, comportan algunas contradicciones que pueden generar rispideces o desacomodamientos. No es lo mismo el paisaje cultural real o simbólico de un pueblo siciliano o calabrés del siglo XIX que el barrio porteño de La Boca a principios del siglo pasado. Con todo, insistimos, son detalles menores si las ideas teatrales generales tienen sustento y racionalidad. Y Cura las tiene y las emplea asumiendo todos los riesgos. En el comienzo, antes de los sonidos sinfónicos de Mascagni, se escucha la voz de Gardel cantando el emblemático y porteñísimo tango de Filiberto. No hay contradicción. Es apenas una introducción para poner aromas y colores a un lugar determinado. Mucha mayor osadía, en cambio, es la de duplicar la línea de los violines con un bandoneón en el bello Intermedio de Cavalleria mientras una pareja -la de Lola y Turiddu- baila un trágico tango bajo la luz de un farol, escena que puede generar reparos por su pertinencia o su extemporaneidad. Por último, un toque diferente. Cuando concluye la primera ópera, no se cierra el telón ni se prenden a pleno las luces del teatro. En una semipenumbra, mientras el público sale o decide quedarse, en el centro del escenario -esto es, en el centro de Caminito- Juan Kujta, con toda su fina sensibilidad, se queda desgranando tangos y milongas con su bandoneón.

El encadenamiento entre ambas óperas José Cura lo aporta a partir de la aparición física en Pagliacci de los personajes de Cavalleria... Al comienzo, una procesión lleva el ataúd donde están los restos de Turiddu y, cinco meses más tarde, Santuzza se pasea con un embarazo avanzado, Mamma Lucia sigue atendiendo en su cantina, y Lola ha devenido en una mujer muy violentamente tratada por su marido Alfio. En el mismo lugar, la vida ha continuado y los habitantes, en definitiva, son los mismos. Los que no son los mismos son los cantantes y, en este sentido, son mucho más venturosos los del segundo elenco que los del primero.

En Cavalleria... sólo Guadalupe Barrientos alcanza un nivel de excelencia indiscutida. Sus desdichas, que son, en definitiva, las causantes de todas las desgracias, encuentran en su voz y su presencia actoral una gran realización. A su alrededor, en otro plano, sólo primó cierta corrección. En cambio, los tres principales personajes de Pagliacci tuvieron muy buenas concreciones. Fabián Veloz fue un estupendo presentador, luego un repulsivo Tonio y, por último, un payasesco payaso, siempre muy bien. Mónica Ferracani se destacó tanto en el aria de los pájaros como en su representación de Colombina. Y José Cura, el múltiple artista estelar de la noche, mostró todo su caudal vocal, su expresividad y su musicalidad en la construcción de un Canio perverso, dolido, machista y final.

Correctos el Coro Estable, el Coro de Niños y la Orquesta Estable, todos bajo la muy buena dirección de Roberto Paternostro, que acompañó con ductilidad cada momento, respetando los tiempos de cada cantante. El público, al final, pareció un tanto remiso en el momento de agradecer tanto esfuerzo y tanta entrega. Tal vez, hayan sido esas muy originales y bien llevadas adelante ideas teatrales de José Cura las que frenaron un poco el entusiasmo. En todo caso, a los cantantes más destacados sí les llovieron los aplausos y las ovaciones.

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