Dani el Rojo: "Tengo una moral personal; sin código no se puede vivir ni dentro ni fuera de la cárcel"

El gánster barcelonés, ex ladrón de bancos devenido autor de policiales, está invitado al festival BAN! que comienza mañana; sus libros tienen más autobiografía que ficción
Matías Néspolo
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30 de julio de 2015  

GUIJÓN.- La palabra autenticidad suena tan limitada y obvia en su caso que mejor guardarla. Pero sucede que Daniel Rojo Bonilla, alias Dani el Rojo o Dani el Millonario, como lo llamaba la policía en su cumbre de esplendor a fines de los 80, es tal y como se muestra. Un tipo afable, de sonrisa franca, con el que resulta imposible no trabar amistad a la primera copa (o gaseosa, mejor dicho, porque hace tiempo que eso también lo dejó). Y por suerte se muestra así a los 53 años, en su nueva vida como autor de novela negra, actor de reparto, monologuista y demás, porque de cómo era en sus años mozos aún se seguirán acordando entre pesadillas muchos empleados bancarios: un ex convicto de un metro noventa con una cara de villano de historieta para cortar el hipo y un prontuario más largo que las barbas de un profeta.

Del feroz Edward Bunker, que Tarantino hizo actuar de sí mismo como Mr. Blue en Perros de la calle, al italiano Massimo Carlotto, Rojo no será ni el primero ni el último de los hermanos de sangre de Jean Genet que le saca partido al género negro con conocimiento de causa y sin documentarse ni un ápice. Es decir, echando mano de su experiencia vital. Pero sí puede que sea uno de los autores de esa línea más carismáticos en actividad. Y sin duda el más espectacular en su pasada faceta delictiva.

Rojo es un pozo inagotable de historias que ponen a prueba la incredulidad. Historias reales de su propia vida. La cuenta en sus novelas (la ficción sólo le sirve para hacer más verosímil, lo que no lo parece) y también en el festival Buenos Aires Negra (BAN!) de viva voz a quien quiera escucharlo. A este cronista se la reveló en una larga sesión sin desperdicio hace solamente unos días, en la cita previa a la cita porteña, la Semana Negra de Gijón.

Y la pinta de viejo rocker que además gasta el amigo de infancia de Loquillo, todo un prócer del rock'n'roll ibérico, tampoco es inocente porque todo comenzó por ahí, bajo el espíritu de la Transición. "David Bowie, Lou Reed.. Entre la muerte de Franco en el 76 y los 80 no había grupo anglosajón que no hablara de heroína. Teníamos una percepción positiva porque las canciones no decían nada de enfermedades ni de yonquis tirados en la calle", rememora.

Contra todo pronóstico, Rojo no venía de una familia desestructurada, sino de un decente hogar barcelonés de clase trabajadora. "Llámame rebelde, pero bastaba que me dijeran esto no lo hagas para que fuera a por ello de cabeza." Si a los siete años ya fumaba a escondidas -tabaco, de lo otro aún no lo ha dejado, pero no quiere internarse en ese "jardín de hipocresía social" en el que crece el uso recreativo del cannabis, porque recuerda los problemas que tiene su amigo Andrés Calamaro a la menor alusión-, para los 15 ya lo había probado todo y estaba enganchado a la heroína y de algún modo había que financiar la adicción.

No recuerda su primer delito -"atracaba farmacias, tabaquerías o cualquier cosa que tuviera caja registradora"-, aunque sí su primer atraco a un banco a los tiernos 16 y, sobre todo, su primer golpe en solitario un año después, en 1978, que le falló un compañero, en el que se alzó con el equivalente en pesetas de unos 60.000 euros. Nada comparado a lo que vendría luego, después de purgar siete años a la sombra, cuando perfeccionara su método "a la retardada", sin violencia. Entrar a la entidad a primera hora con el empleado bancario que abriera desactivando la alarma, recibir al personal y, si había suerte, al matutino camión de caudales, y largarse a los pocos minutos. Enfermo de sida, en 1989 le habían diagnosticado un año de vida. "Ése fue mi mejor momento profesional, porque iba a por todas. Pero tengo que reconocer que si no me hubiesen agarrado en el 91 ahora no estaría vivo, porque tenía menos defensas que el Barça de entonces", recuerda. Por supuesto que en aquella época Mascherano no estaba en plantilla.

Entonces Dani el Rojo vivía en una mansión de las afueras de Barcelona en cuya sala colgaban un Kandinsky y dos Dalí, pero cuando se marchaban las prostitutas los restos de la fiesta sobre la mesa de cristal de Murano no eran tan halagadores. "Comencé a sospechar que no era tan feliz con todo aquello", recuerda. Se calcula que el gánster se alzó con un botín que probablemente superara los 60 millones de euros. Y su leyenda viene de un hecho incuestionable: "Fui procesado por 150 atracos bancarios sin un solo tiro; no me imputaron un solo delito de sangre", cuenta sin jactancia. Y aunque no los tenga entre la población civil, Rojo es lo suficientemente honesto como para no negarlos dentro del gremio, sobre todo cuando recuerda al pasar cierta guerra territorial contra una organización marsellesa.

Aunque reconozca que para su padre "fue un duro golpe que su hijo le saliera delincuente y toxicómano", el gángster no se arrepiente de nada, a prudente distancia de la apología del delito. "Arrepentimiento es una palabra muy católica y no digo que está mal robar un banco porque creo que es peor ser director de uno. Pero tampoco me enorgullezco de aquellos años, sí de los 20 que llevo limpio", remata. Cayó preso por última vez en 1991. Purgó 10 años de condena: siete en prisión y tres más en granja de rehabilitación (volví a la cárcel a dormir) y salió definitivamente en libertad en 2000.

El resto de la historia es mucho más luminoso (o glamoroso, incluso). Dejó las drogas en prisión sin otra ayuda que su fuerza de voluntad. Al salir su amigo Loquillo lo contrató para que llevara el merchandising de su banda y seguiría como asistente personal o guardaespaldas de famosos como Enrique Bunbury, Serrat o Rosario, hasta terminar una noche cenando como grandes amigos con Calamaro y Messi, para el que también trabajó. "De él sólo puedo hablar maravillas en lo personal, me demostró ser una persona íntegra de pies a cabeza; de las genialidades ya se ocupan los comentadores deportivos."

Escritor por casualidad

Su conversión a popular autor de género es tan causal como lógica. Similar a su debut como actor de reparto -"yo lo llamo un cameo largo", apunta humilde- junto a Imanol Arias en Anacleto, la versión en la pantalla grande de un célebre cómic español, en la que hace, cómo no, de villano. Antes Rojo descubrió que no sólo llevaba mucha vida a cuestas, sino que era un extraordinario narrador oral con el éxito de sus tres volúmenes de memorias noveladas ( Mi vida en juego, Confesiones de un gánster de Barcelona, El gran golpe del gánster de Barcelona) escritas por Lluc Oliveras. Y eso, sumado a una propuesta editorial, lo animó a intentar la ficción, aunque de ficción sus novelas no tengan casi nada. Pero cuidado que el ex gánster no engaña a nadie, porque más que con un ghost writer, trabaja a cuatro manos con Yolanda Foix: de hecho comparten al 50% los royalties. "Yo escribo a mano y es ella la que lo pasa en limpio, pule e incluso añade detalles o hasta personajes que luego a mí me dan mucho juego y nos divertimos. Yo no quiero ganarme el Cervantes, sino entretener y pasármela bien contando mis historias."

En suma, más que autenticidad, si hay algo que lo defina es algo tan esquivo y difuso como el código. "Yo tengo una ética o moral personal que me ha llevado por buen camino. El código lo es todo. Si no lo tienes, no puedes vivir, ni dentro ni fuera del trullo (cárcel)", concluye.

Mañana, Buenos Aires Negra

La edición 2015 del festival dedicado a la novela policial se inaugurará mañana, a las 18, en el Centro Cultural San Martín. A las 20.30, Dani el Rojo, en su doble condición de escritor y personaje, tratará de explicar dónde empieza uno y termina el otro: cómo se convirtió en autor y de qué forma el mundo literario fue un medio para reinsertarse en la sociedad.

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