La significación de Aramburu

Rosendo Fraga
Rosendo Fraga PARA LA NACION
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25 de mayo de 2000  

A treinta años de la desaparición del general Pedro Eugenio Aramburu, su figura debe ser considerada en el contexto de la inestabilidad política que sufrió la Argentina en el medio siglo que va de la revolución de 1930 a la democratización que tuvo lugar en 1983.

Para la mayoría, su figura aparece vinculada a la Revolución Libertadora y a dos hechos sangrientos de la historia argentina contemporánea: los fusilamientos de 1956 y su propio asesinato, llevado a cabo por la organización Montoneros en 1970, hecho que marcó el inicio de la década más sangrienta de la historia argentina desde la Organización Nacional.

Pero Aramburu no fue un presidente de facto más.

Nacido en 1903 en Río Cuarto, hijo de inmigrantes vascos de los que heredó la tradición liberal, ingresa en el Colegio Militar y se recibe de subteniente del arma de Infantería en 1922. Cumple diversos destinos a lo largo de su carrera militar. Son años en los cuales el Ejército comienza a tener un papel político activo. Pese a ello, Aramburu no se encuentra entre los oficiales que conspiran en 1930 ni en 1943, manteniéndose al margen de ambos movimientos.

Peronismo y antiperonismo

Fue profesor de historia de la Escuela Superior de Guerra en 1943, jefe del Regimiento 11 de Infantería en Rosario en 1946, subdirector de la Gendarmería en 1947, agregado militar en Brasil entre 1950 y 1951, director de Sanidad del Ejército en 1953 y director de la Escuela Nacional de Guerra (actual Escuela de Defensa Nacional) en 1955 al producirse el movimiento que derrocó a Juan Domingo Perón. Durante este período, siempre fue sospechado de no ser adicto al gobierno. Participa con prudencia en las conspiraciones, pero cree que el movimiento debe tener suficiente base militar para no fracasar.

Con el triunfo de la Revolución Libertadora, pasa a desempeñarse como jefe del Estado Mayor General del Ejército, y el 13 de noviembre de 1955, a ejercer la presidencia provisional, en reemplazo del general Eduardo Lonardi.

Su gabinete es expresión de diferentes fuerzas políticas no peronistas. Uno de sus ministros del Interior, el radical Carlos Alconada Aramburú, será tres décadas después el titular de Educación y Justicia de Raúl Alfonsín. Es que nuestra historia es mucho más compleja que una simple sucesión de gobiernos militares autoritarios y civiles democráticos.

El embajador de Aramburu en el Uruguay era el dirigente socialista Alfredo Palacios, que al dejar el cargo, el 1° de mayo de 1957, le escribe: "Vuelvo para dar mi opinión libremente, no siempre de acuerdo con la suya, respecto a los problemas nacionales. [...] Al expresar a usted mis sentimientos afectuosos y mi anhelo de que la Revolución sea sostenida por la clase trabajadora, le ruego acepte las seguridades de mi más distinguida consideración". La relación entre Aramburu y Palacios se mantendrá, pese a las diferencias políticas, hasta el fallecimiento de este último.

Aramburu no llevó un diario ni escribió sus memorias. Sólo ha dejado algunos apuntes con reflexiones, los que están en poder de su hijo Eugenio y hasta hoy no han visto la luz pública. Uno de ellos lleva el título de "Los fusilamientos" y dice, al referirse a los que tuvieron lugar en 1956 durante su presidencia de facto: "Los actos de violencia se iniciaron en circunstancias en que me encontraba en la ciudad de Rosario, completamente ajeno a los hechos que se preparaban". Dado que el gobierno estaba a cargo del almirante Isaac Rojas, que era el vicepresidente provisional, es éste el que adopta la decisión de iniciar los fusilamientos.

Pero Aramburu en su reflexión no rehúye la responsabilidad, y transcribe una cita tomada seguramente de su época de profesor de historia: "Pues por enemistad jamás hizo mal a nadie ni a nadie tuvo por contrario y sólo en lo preciso hizo frente a los que se le oponían en lo que por bien de la patria ejecutaba siendo en tales casos ásperos inflexible e implacable".

En los últimos meses de su gobierno, Aramburu tiene que enfrentar las presiones de los sectores civiles y militares más antiperonistas, que se niegan a entregar el poder a Arturo Frondizi, elegido con el apoyo del peronismo.

Un período turbulento

Al asumir el nuevo presidente, éste anuncia que enviará al Congreso un proyecto para ascender al ex presidente de facto a teniente general. Aramburu le envía una carta personal, en la que desaconseja el ascenso, "sin ocultarle la satisfacción que su intención me produce". Interpretando que "nuestra República necesita de paz para consolidar la esperanza de grandeza en realidad; y es pensando en esa necesidad imperiosa ante la cual toda satisfacción personal y todo reconocimiento empequeñecen al punto de exigir de los argentinos, cualquiera que sea su ubicación, el máximo esfuerzo en la medida de cada posibilidad, que creo sinceramente en la inoportunidad de mi ascenso".

Durante el conflictivo gobierno de Frondizi, Aramburu se mantiene a la expectativa, y protagoniza una frustrada gestión para salvar el régimen constitucional, que finalmente cae en marzo de 1962.

Aramburu se vuelca a la acción política práctica. Crea un partido, Udelpa, y en 1963 se presenta como candidato a presidente en un frente con el Partido Demócrata Progresista. Resultará elegido el candidato radical Arturo Illia.

Frente a este proceso electoral, refutando públicamente la posición de quienes sostenían entonces que el país no estaba preparado para llamar a elecciones: "Que no está preparado para elecciones y que es peligroso intentarlo es el argumento utilizado por los dictadores americanos para perpetuarse en el poder hasta que el pueblo logre madurez política".

En 1964, al reflexionar públicamente sobre las dificultades que enfrentaba el país, señala como causa de ellas "que la clase dirigente argentina no tiene conciencia cabal del papel que está obligada a desempeñar. Dirigir es, en gran parte, educar y sacrificarse por la colectividad. Entre nosotros se educa poco y no siempre bien".

Desde su participación en el proceso electoral de 1963, Aramburu mantuvo contacto con sectores del peronismo en la búsqueda de los consensos necesarios para pacificar el país. Sostiene esta posición durante los años de la presidencia de Juan Carlos Onganía y cuando los síntomas de agotamiento del régimen de facto se hacen evidentes, la figura de Aramburu comienza a convertirse en un punto de referencia para los sectores políticos y militares que perciben la necesidad de retornar a la democracia. Es entonces cuando se produce su secuestro, el 29 de mayo de 1970, y posterior asesinato.

El relato de sus últimos momentos fue hecho público por los miembros de la organización Montoneros que lo ultimaron, que no pudieron ocultar la dignidad que mantuvo Aramburu hasta el mismo momento de su muerte.

Sin duda, las circunstancias y las motivaciones por las cuales Aramburu fue muerto requieren un estudio histórico profundo y riguroso que todavía falta. En mi opinión, tanto los que lo asesinaron como los que contribuyeron a ello vieron en Aramburu lo que realmente era en aquel momento: una figura de conciliación, que podía haber conducido el país al restablecimiento de las instituciones en un clima de convivencia política.

A Aramburu le tocó vivir y actuar en un período turbulento de la historia argentina, que hoy es difícil de comprender para las nuevas generaciones. Su figura sigue generando resistencias en sectores de la ciudadanía, pero estoy convencido de que la evocación de su figura permite hoy rescatar los valores del diálogo y la convivencia política, que muestran que nuestra historia es mucho más compleja que un sistemático enfrentamiento entre civiles y militares. © La Nacion

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