Juana Bignozzi: poeta de tono único y belleza inevitable

Pablo Gianera
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6 de agosto de 2015  

Ayer, a las cuatro de la tarde, en el Hospital de Clínicas, donde estaba internada desde hacía varios días, murió la poeta Juana Bignozzi, autora de una obra decididamente incomparable que salió a la luz en la década de 1960, aunque ya en pugna irónica con las poéticas dominantes de la época, y que mantuvo después una interlocución con los poetas argentinos más jóvenes, que la admiraban sin reservas.

Había nacido en Buenos Aires el 21 de septiembre de 1937, hija de una obrera textil y un obrero panadero. A los nueve años, ganó un premio en la escuela primaria como "mejor lectora" y después del acto escolar la madre le regaló un libro de Belisario Roldán. Nunca olvidaría esos versos. Más adelante, una profesora de francés la señaló como poeta. Ella, Bignozzi -o Juanita, como la llamaban quienes la querían- nunca se había pensado a sí misma de esa manera. Fue un principio.

El título del libro más leído de Bignozzi, Mujer de cierto orden (1967), era más que un nombre en la bibliografía: contenía a su modo todo un programa poético y una declaración de principios. Cuando apareció La ley tu ley, el volumen de su poesía reunida que publicó en 2000 Adriana Hidalgo, Beatriz Sarlo, que la conocía de la época en las que las dos trabajaron para el Centro Editor de América Latina, señaló esa misma singularidad, esa misma feliz anomalía: "Bignozzi es única en la poética de los años sesenta y sigue siendo única hoy. No puede confundirse ni con la literatura militante ni con la coloquialidad de aquellos años. Por eso, el tiempo casi no ha pasado sobre estos poemas. Sin dudas, el tono grave y magistralmente irónico de los últimos poemas de La ley tu ley es definitivo como no podían serlo los escritos de los años sesenta. Sin embargo, la voz es la misma. La musicalidad de Bignozzi ya se escuchaba en 1967".

En 1974 se radicó en Barcelona, y desplegó allí una intensa tarea como traductora; en verdad, fue también una de las traductoras más extraordinarias que haya dado la Argentina. Volvió en 2004 y se instaló en un departamento del centro, a una cuadra de la avenida Corrientes. Nada le gustaba más que Buenos Aires y, quizás un poco en broma, pero no demasiado, decía que sentarse a tomar un helado en Corrientes -siempre en las cuadras entre Callao y Libertad- le alcanzaba para sentirse feliz.

Fue una poeta de poetas, que, sin embargo, no vivía solamente de poesía. La ópera y la pintura eran para ella tan importantes como Pavese. Era una poeta tremendamente culta. De ahí venía tal vez su idea de la belleza. Su último libro, minúsculo, perfecto a la manera de Bignozzi, se llamaba significativamente Las poetas visitan a Andrea del Sarto. En un verso de un libro anterior, Regreso a la patria (1989), hay una declaración que la sigue implicando: "Sé que largué un búmeran que todavía no volvió".

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