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Ahora, a la caza del electorado más volátil

Marcos Novaro
Marcos Novaro PARA LA NACION
Tras las PASO, los dos candidatos mejor posicionados saldrán a conquistar esos votantes poco fieles que podrían migrar de otras fuerzas por razones pragmáticas o principistas
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11 de agosto de 2015  

Las PASO arrojaron resultados para festejar pero también para lamentar en todos los sectores políticos. Es por ello, y no sólo por una estrategia de marketing "pum para arriba", que todos se esmeraron en resaltar las buenas noticias y esconder las malas. Scioli ganó, pero fracasó en perforar su techo y en serrucharle el piso a Aníbal Fernández. Macri se ubicó en un expectable segundo puesto, pero no logró polarizar la elección todo lo que necesitaba. Y Massa se recuperó en parte de las fugas sufridas por el Frente Renovador entre abril y junio, pero tiene pronóstico reservado su capacidad de retener esos votos en lo que sigue.

Como sea, es razonable pensar que la moneda sigue en el aire. Y que de qué lado vaya a caer finalmente depende de lo que hagan los principales candidatos de aquí a octubre.

Pero no sólo habrá que atender a la evolución de la oferta política: también hay que seguir la demanda.

Y al respecto tan importante como saber por qué la gente votó como lo hizo en las PASO es anticipar las opciones que tiene para decidir su voto en la primera vuelta. Podría imaginarse que es poco lo que va a cambiar, que la gran mayoría va a repetir su voto. Pero las campañas en estos dos meses van a ser mucho más intensas de lo que fueron hasta aquí y los ciudadanos seguramente les prestarán bastante más atención. Y también van a influir los procesos políticos, judiciales y económicos, que distan de presentar un panorama tranquilo y previsible: se vio en los últimos días con la reanimada dolarización, que el propio cronograma electoral alimenta, ya que nadie cree que la bicicleta financiera con que se la refrena vaya a durar mucho más; y con los escándalos judiciales que dos por tres golpean a figuras del oficialismo.

En cualquier caso, habrá que ver con qué criterios juzgan tanto las campañas como estos problemas aquellos ciudadanos que están en alguna medida dispuestos a cambiar su voto: ¿prestarán atención a los resultados de gobierno o a las promesas?; ¿tendrán en cuenta el corto plazo y las prestaciones estatales o el largo plazo y la precariedad de la situación económica?; ¿buscarán la mayor identificación posible con los candidatos o maximizarán la utilidad estratégica de su voto?

Hasta aquí pareciera que una buena porción de la sociedad está más atenta al día a día que a los problemas de sustentabilidad económica y que no se preocupa demasiado por los abusos de poder, por la corrupción ni por la ineficiencia en el manejo de la cosa pública: de otro modo sería difícil de explicar el triunfo de Martín Bruera justo cuando las lluvias vuelven a amenazar la precaria infraestructura de La Plata, o el de Aníbal Fernández sobre Domínguez, pese a todo el esfuerzo de Scioli en contrario.

Pero sería exagerado decir que nada de esto le importa a la mayoría: algún costo electoral terminó pagando Scioli por la presencia de Aníbal en las listas bonaerenses, y también por la decisión de Cristina de poner a Axel Kicillof al tope de las porteñas (lo que condenó a la ola naranja a repetir allí el escuálido resultado de Mariano Recalde), y nada asegura que esto no vaya a empeorar si la dolarización, la corrupción y las complicidades con el narcotráfico siguen dando que hablar.

Destaquemos, además, que, por más que no sean muchos los que decidan cambiar, con seguridad serán los suficientes para definir la situación. Como hay dos candidatos con chances y varios sectores menores con electorados heterogéneos y bastante poco fieles, es muy probable que la batalla se concentre en esos "territorios de caza" y que sus referentes puedan hacer bastante poco por evitar fugas. Con que un 5% se decida para un lado o el otro el resultado de octubre variará definitivamente; y aun si eso no pasara y las migraciones fueran menores o se compensaran unas con otras, será con esos electorados dispersos con los que se saldará la disputa en octubre.

Una primera disyuntiva usualmente referida para anticipar cómo se puede definir esta competencia es la que diferencia a los votantes pragmáticos de los principistas. Los primeros sin duda serán los más inmediatamente interpelados por Scioli y Macri: ¿cuál de ellos logrará presentarse como la mejor opción, o mejor dicho como la menos mala, ante el porcentaje necesario de quienes no los votaron en las PASO, porque no los convencen demasiado pero recelan más de su antagonista?

Los principistas serán un hueso más duro de roer. Pero al respecto hay que marcar una diferencia: Scioli podría sacar también algún provecho de apelar a los principios y la identidad de muchos peronistas disidentes, sobre todo los que apoyaron a Rodríguez Saá, a De la Sota, en menor medida los de Massa; en cambio, Macri tal vez pueda hacer algo de esto con los radicales que acompañaron a Stolbizer, pero va a tener que esforzarse bastante más por seducir a los primeros.

Es cierto de todos modos que el principismo y las identidades están en baja entre nosotros. Algo que muchas veces se considera una gran pérdida, el origen de nuestra decadencia cívica, del escaso interés en las ideas, los valores y todo lo bueno y noble que puede ofrecer la vida política, pero que en verdad no es tan de lamentar: las lealtades partidarias nunca han tenido, al menos entre nosotros, mayor relación con las virtudes ni con las ideas de los políticos, más bien todo lo contrario, y su crisis ha hecho posible que se evalúen más atentamente resultados y rendimientos, cuestiones prácticas, que sí pueden vincularse con valores e ideas. Por caso, es muy probable que De la Sota y muchos de sus militantes prefieran votar a Scioli antes que a Macri por tradición y lealtad, pero una enorme mayoría de sus votantes son antes cordobeses que peronistas y lo más probable es que atiendan más a lo que estos dos líderes puedan ofrecerle a su provincia que a lo que les sugieran votar sus autoridades locales.

Esto nos lleva a una segunda disyuntiva, la que contrapone la valoración de los resultados vs. las promesas. ¿Hay que decidir el voto según lo que cada líder nos brindó? ¿O eso es secundario y ambiguo, pues depende más que nada de las chances que tuvo de usar recursos públicos, lo que vuelve difícil saber si lo hizo eficientemente o no? Dada esta dificultad, tal vez sea mejor prestarles atención a las intenciones y los planes. Pero ¿cómo hacerlo, si en sus intenciones todos parecen ser más buenos que Lassie?

Atender a las intenciones no siempre es útil y, en ocasiones, es por completo contraproducente. En cambio, con los resultados sucede más bien lo opuesto: en ocasiones es muy difícil, pues pueden influir más las ventajas circunstanciales que el mérito y la eficacia de los políticos, porque un beneficio inmediato y visible tal vez se pague caro más adelante. Pero nunca es un dato irrelevante, siempre es una buena guía para juzgar a los líderes y elegir a los menos malos. El problema cardinal que enfrentamos a este respecto es que casi todo el tiempo en el último cuarto de siglo, en el país y en casi todo su territorio, han gobernado más o menos los mismos, así que es muy difícil comparar resultados. Por eso el pluralismo político no puede cumplir bien su función. Claro que tenemos por delante una oportunidad invalorable para empezar a corregir esa tara de seguir votando a los mismos de siempre.

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