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Recuperan al macá tobiano, el ave acuática más amenazada del país

Es una especie endémica de Santa Cruz; dos ONG libran la batalla para su conservación
Loreley Gaffoglio
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21 de agosto de 2015  • 10:11

Es el ave acuática "más joven", menos estudiada y a la vez, más famosa de Santa Cruz, la única región del mundo donde habita y nidifica. Hasta su hábitat —la estepa patagónica— llegan todos los veranos miles de observadores foráneos para avistar sus cortejos (hipnóticos bailes nupciales), aunque fuera de esa geografía hostil, pocos argentinos han escuchado su nombre y acaso sepan que podría desaparecer esta misma década.

Sobre el macá tobiano —de esa especie endémica de Santa Cruz se trata— pesa una espada de Damocles: la del cambio climático en alianza con la progresiva alteración de su hábitat. Según los científicos, es el ave más vulnerable del país, seguida por el cauquén colorado, arrasado por el furtivismo en el sur de la provincia de Buenos Aires.

En peligro crítico de extinción— por la desertificación de las lagunas donde anida, la erosión de los suelos y el aumento en la intensidad de los vientos que barren con sus nidos— los macaes libran una lucha desigual de supervivencia en la meseta en altura del Lago Buenos Aires, en la Patagonia andina santacruceña.

La introducción de especies exóticas e invasivas en su hábitat, primero en los años 20, y luego en los 60, del visón americano y de la trucha arcoiris, depredadores voraces, devinieron en las principales amenazas a sus colonias y alimento. El incremento exponencial de otra especie autóctona, las gaviotas cocineras, por la proliferación de basurales a cielo abierto, han dejado a la especie en un punto de no retorno, alertan los expertos.

Apenas unos 500 ejemplares

El macá tobiano (Podiceps gallardoi) fue descubierto en 1974 por el guardapaques Mauricio Rumboll. En la década del 80 su población ascendía a 5000 ejemplares. Cuarenta años después, se convirtieron en un emblema inquietante de la conservación y en el orgullo de los santacruceños. Un equipo de rugby, una escuela y un centro de interpretación llevan su nombre como una forma simbólica de combatir su extinción: en 20 años su población se redujo un 80 por ciento; de aquellos 5000 ejemplares, llegaron a contabilizarse apenas unos 500, según mediciones científicas.

Pero desde 2009, dos ONG pelean por su supervivencia y su lucha ha sido sindicada por instituciones internacionales como uno de los proyectos de conservación más importantes a nivel mundial. Aves Argentinas (AA) —la primera ONG ambientalista del país, que este año cumple 100 años de vida—, junto a Ambiente Sur, han logrado recuperar su población (a 800 ejemplares) con trabajos de campo in situ y guardianes de colonias (técnicos de campo) que acampan en las lagunas donde anidan y combaten a sus depredadores.

El proyecto de conservación, apostado en la Estación Biológica Juan M. Barnett, la primera en su tipo en suelo patagónico, estudia su biología y sus amenazas y traza estrategias de protección, monitoreadas por biólogos, naturalistas y voluntarios argentinos y extranjeros.

La creación, en enero pasado, del Parque Nacional Patagonia —52.000 hectáreas, donadas en gran parte por la Fundación Flora y Fauna Argentina —resultó en un impulso vital para preservar la especie, que nidifica en verano sólo en lagunas provistas de una planta flotante llamada vinagrilla, y en invierno migra— en un viaje nocturno, cuando merma el viento, de 1000 kilómetros y siete días de vuelo —hacia la costa atlántica, para guarecerse de las nevadas. "Es la primera vez que se crea un Parque Nacional para preservar a una especie y proteger los reservorios de agua dulce para la población local", explicó Francisco González Taboas, de AA.

Depredadores exóticos

"El principal éxito del programa ha sido el control del visón americano mediante un método de trampas, especialmente diseñadas, que puede sentar las bases para un trabajo regional sobre esta problemática tan compleja para el medio ambiente", dijo a La Nación, el naturalista Hernán Casañas, coordinador del programa Patagonia de AA.

Para los defensores de animales los métodos aún incruentos pueden suscitar controversia, ya que las trampas exterminan al visón de forma instantánea.

"Este es un tema complicado y debe ser abordado con madurez por la sociedad. Las especies exóticas son la segunda causa de extinción de las especies, después de la pérdida de hábitat. Desgraciadamente, no existe otra forma de controlarlos que eliminándolos de la manera más humana posible. La ciencia y el ambientalismo piensan de manera similar. Los países más avanzados gastan millones para erradicar a las especies exóticas porque amenazan la diversidad biológica nativa. No hay términos medios, hay que elegir", explica Casañas.

Pone como ejemplos el desequilibrio que produjo en Tierra del Fuego el castor, que está modificando el ecosistema, los ataques de las gaviotas cocineras a la ballena franca en la Península de Valdés, y el agotamiento de la fauna y flora en arroyos y lagunas con presencia de trucha arcoíris, una especie americana introducida con fines comerciales. "En el caso del macá, la trucha altera la condición del agua, destruye la vinagrilla y arrasa con su alimento. Donde hay truchas difícilmente sobreviven otras especies".

González Taboas recuerda que temporadas atrás, un solo visón exterminó a una colonia entera de macaes.

¿Por qué son tan peculiares? "Para mí es como el oso panda criollo: es emblemático de la Patagonia, frágil y en la época reproductiva baila con su pareja para aparearse; son movimientos gráciles, de cinco patrones, sincronizados y muy elaborados", describe. "Pero lo más importante es que estas aves son indicadoras de la salud ambiental del ecosistema".

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