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Milagro de la comunicación

Jorge Aráoz Badí
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15 de agosto de 2015  

Recital de cámara / Con: Paula Almerares, soprano, y Karin Lechner, piano / Programa: obras de Debussy, Fauré, Chopin, Liszt, Brahms, Richard Strauss, Guastavino y Juravsky / Ciclo quinto aniversario / Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente

Ni siquiera un piano con algunas fallas de mantenimiento pudo impedir que el miércoles se produjera en el Colón un concierto de alto valor musical, a cargo únicamente de dos artistas argentinas que se apoderaron del interés del público y lo llevaron a un nivel de participación entusiasta, sin muchos antecedentes en la historia reciente de sus espectáculos.

Karin Lechner volvió a mostrarse depositaria digna de la herencia de sus abuelos y sus padres, una prosapia pianística que no sólo ha dejado legiones de alumnos destacados en el país, sino recuerdos de una actividad concertística de excepcional excelencia.

Por encima de su maduro mecanismo, su tan atractiva y placentera articulación y el refinamiento con que tocó el Preludio, de Debussy, las tres mazurcas de Chopin (la Op. 17 en La menor, fue una joya interpretativa), el equilibrio de los valses de Brahms y la forma en que fraseó el Bailecito, de Guastavino, el magnetismo de su labor estuvo concentrado, más que en la satisfacción instrumental, en la expresividad que comunica de manera especialmente persuasiva y compartida con el oyente.

Este efecto de consonancia y empatía con quienes escuchan no es nada común. No hay muchos músicos que disfruten de esta condición. No se adquiere en ningún conservatorio ni nadie puede enseñarla. Simplemente, se tiene o se carece de ella. Cuando el oyente entra en sintonía con un intérprete de esta clase, la audición se consuma como si todos estuvieran listos para producir este intercambio natural de energía.

Pero lo más curioso es que Karin Lechner se ha unido en dúo a una cantante como Paula Almerares que, por su parte, apenas aparece en el escenario, consigue atrapar la simpatía de la gente. No hay necesidad de decir cuánto valor tiene para un intérprete esta posibilidad de súbita seducción. Y mucho más aún, si ha encontrado una asociada gemela.

Almerares tiene afinación impecable, voz depurada, sana y límpida. Frasea con particular sutileza, su registro medio es muy atractivo y su poderoso volumen hace que constantemente sea convocada por los teatros de ópera. Pero también produce placer escucharla cantar música de cámara, porque su musicalidad se transparenta nítidamente. Nadie que el miércoles la haya escuchado en el último de los bises, cantar "Morgen", de Richard Strauss, con tan profunda expresividad, puede ponerlo en duda.

Ya se sabe que la comunicación es un fenómeno milagroso, parte esencial de la mitología de artistas que practican un arte abstracto como la música. Cuando se la encuentra desplegada, como en el caso de este recital, merece celebrarse. Almerares y Lechner formularon un programa que, por cierto, no tiene nada de convencional. Tampoco es de los más "duros", pero no está armado con simplezas. Porque Debussy, Fauré, Brahms y Richard Strauss no son compositores que figuran cotidianamente en recitales.

Sin embargo, la solemnidad y el empaque no estuvieron en la sala ni un minuto. Las dos artistas hicieron un recital divertido, festejaron lo que muchos suponen infestejable, lograron que la gente se soltara y se involucrara con las interpretaciones. Y al mismo tiempo todas sus versiones de las obras tuvieron un sello de seriedad musical y dignidad artística invulnerables.

Es injusto que recitales con resultados tan brillantes se produzcan durante dos horas de una sola noche y desaparezcan. Sobre todo, si su repercusión está notoriamente garantizada.

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