Héroes de la Guerra del Paraguay

Miguel Ángel De Marco
Miguel Ángel De Marco PARA LA NACION
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17 de agosto de 2015  

En la revisión de hechos del pasado que ha impulsado este gobierno, hay que incluir también la Guerra del Paraguay, también llamada de la Triple Alianza, de la que se conmemora el sesquicentenario. Ante las jornadas sobre el tema programadas en la TV Pública en estas fechas, vale la pena repasar los acontecimientos históricos con rigor y equilibrio.

La invasión paraguaya a la provincia de Corrientes, producida luego de la toma por sorpresa de dos buques de guerra anclados en el puerto de la ciudad capital (13 de abril de 1865), encontró al país casi inerme. El presidente Bartolomé Mitre dispuso el envío de unas pocas fuerzas de línea al mando del general Wenceslao Paunero, para que procurasen detener, junto con las milicias correntinas, un rápido avance que llegó hasta Goya. Además, ordenó la movilización de una parte de la Guardia Nacional, es decir, de los ciudadanos aptos para el servicio militar que debían armarse en defensa de la Nación según lo dispuesto por la Ley Fundamental.

El impacto que produjo el ataque provocó una rápida respuesta en la ciudad de Buenos Aires, donde la juventud se presentó a tomar las armas en las unidades de línea o en los batallones de milicias; en la campaña bonaerense, en Rosario, San Nicolás, Córdoba y otros sitios.

Mientras el gobierno nacional suscribía un tratado de alianza con Brasil y Uruguay, que ya se hallaban en lucha con el Paraguay (1° de mayo de 1865), en el interior se iniciaba la movilización de efectivos, lenta no sólo por la carencia de uniformes, armamentos y medios de transporte, sino por la resistencia de los reclutas a abandonar hogares y modestos bienes con el objeto de empeñarse en una guerra remota contra un adversario del que pocas veces o nunca habían oído hablar. Las distancias para trasladarse desde el Noroeste y Cuyo eran enormes y las tropas convocadas debían cubrirlas en carro o a pie. De ahí que se produjeran deserciones y que se tomaran duras medidas para contenerlas.

La falta de órdenes precisas del presidente paraguayo Francisco Solano López y la derrota de su escuadra a manos de la brasileña en el combate naval de Riachuelo (11 de junio de 1865), obligó a la retirada de las fuerzas que se hallaban en Corrientes, permitió luego la victoria aliada en Yatay sobre el río Uruguay (17 de agosto) y provocó la rendición de la plaza de Uruguayana, el 18 de septiembre de ese año, ante los efectivos comandados por el generalísimo aliado Mitre.

Mientras se registraban estas acciones, se acentuaba el adiestramiento de los batallones de guardias nacionales de las provincias en el campamento general de Ayuí, próximo a Concordia. Estaban ausentes Santiago del Estero, que no había logrado reconstituir su contingente después de la sublevación de La Viuda, y Jujuy, que no había podido superar la falta de medios para responder al llamado. Si bien formaba parte del ejército un cuerpo de infantería de Entre Ríos, su caballería se había desbandado en Basualdo y volvería a hacerlo en Toledo.

Por decisión de Mitre, esos cuerpos iniciaron la marcha hacia las márgenes del Paraná y se concentraron con el resto del ejército aliado en las proximidades de la ciudad de Corrientes, donde se establecieron extensos campamentos.

El 16 de abril de 1866, un año después de la ruptura de hostilidades con la Argentina, sus tropas, unidas a las brasileñas y orientales, invadían a su vez el territorio paraguayo por el Paso de la Patria.

Los hombres del interior, una vez que asumieron la separación del pago y de la familia y moderaron -al menos parcialmente- el antiguo encono hacia los porteños, y apreciaron, como lo hicieron éstos, que lo que realmente unía a salteños y santafecinos, catamarqueños y entrerrianos, bonaerenses y riojanos, cordobeses, sanjuaninos, mendocinos y tucumanos era el coraje inherente a la mayoría de los argentinos.

Como tantas veces antes, aquellos seres hechos a la vida dura, a las luchas fratricidas, a los desafíos insensatos pero viriles, se cobijaron bajo el paño celeste y blanco de la Bandera. Y no pensaron sino en combatir, en dejar bien alto el nombre de sus provincias, de cada pequeño y entrañable mundo donde aguardaban el regreso sus seres queridos.

A lo largo de casi cinco años bregaron codo a codo con los soldados de línea en Corrientes, Yatay, Paso de la Patria, Estero Bellaco, Tuyutí, Yataytí Corá, Boquerón, Curupaytí, Humaitá y Lomas Valentinas. Juntos apreciaron el valor legendario de los paraguayos y compartieron las victorias y los infortunios con los brasileños y los orientales.

A un siglo y medio del comienzo de la contienda que enfrentó a cuatro naciones hermanas correspondería evocar los sacrificios y el heroísmo de quienes defendieron sus respectivos pabellones en los campos de batalla.

Hoy se viven momentos de fraterna cooperación entre los antiguos adversarios y sería aleccionador que en los cuatro países se expresara públicamente la decisión de cerrar en forma definitiva las heridas que hubiesen podido quedar de aquella dolorosa sangría sudamericana.

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