Running carcelario: cuando la libertad es un instante

En Batán se desarrolla uno de los dos proyectos que incluyen al atletismo como deporte; "Acá el tiempo no pasa y correr me hace sentir libre", dice uno de los reclusos participantes
Carolina Rossi
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18 de agosto de 2015  • 14:17

Dos días a la semana, un grupo de reclusos corren en el Penal de Batán
Dos días a la semana, un grupo de reclusos corren en el Penal de Batán Crédito: Mauro V. Rizzi

"Correr me da sensación de libertad". Con esas palabras, Yeyo, recluso de la Unidad Penitenciaria de Batán, explica por qué participa de las clases de atletismo que, dos veces por semana, dicta Leonardo Malgor. Yeyo, afuera, no había corrido nunca. Empezó a hacerlo ahí, del otro lado del muro que lo separa del mundo exterior. Pero, afirma, y suena genuino, que seguirá sumando kilómetros cuando cumpla la condena.

Finalizado el entrenamiento, se despide y camina hacia su pabellón. De repente, da una vuelta, regresa y dice: "¿Sabés también por qué lo hago? Por la energía que me queda después de correr". Una vez más saluda y se va hasta perderse en la inmensidad del interminable pasillo del pabellón.

El programa deportivo del penal de Batán (el otro se desarrolla en Gorina, La Plata) comenzó en 2010 con la enseñanza de rugby por una iniciativa del juez Esteban Viñas. La exitosa experiencia se replicó en unas 10 cárceles, y el juez decidió subir la apuesta con la inclusión del atletismo como herramienta de socialización. "La primera vez que vine fue muy fuerte. Acá, todo es fuerte: el ruido de las rejas y las llaves, el silencio, el olor. Los pasillos con tantas puertas con candados. Con el tiempo asumís que para los reclusos esto es muy importante. El día que viene alguien de afuera, una visita, es un verdadero agasajo para ellos", explica Malgor. Un puñado de minutos son suficientes para entender que ejerce el mismo rigor que impone, impiadoso, en la pista con sus atletas de elite o con los más de 100 corredores amateurs que entrena en Mar del Plata.

Malgor entrena a varios de los mejores fondistas y medio fondistas del país en la actualidad: Mariano Mastromarino, último ganador de la maratón de Buenos Aires, María Peralta, representante olímpica en Londres 2012; Belén Casetta, las hermanas Florencia y Mariana Borelli, Sofía Luna, otra joven promesa marplatense.Y la lista podría extenderse varias líneas más. Siempre fue un agradecido a la vida y a su trabajo, pero desde que asiste al penal sostiene que valora muchísimo más las pequeñas cosas. "Estar acá un par de horas a la semana te lleva a entender lo importante que es la libertad. Poder tomarme una cerveza con mis amigos después de un entrenamiento, tener en brazos a mi hija Joan, cenar con mi mujer", precisa. Y añade: "Hasta el detalle más tonto toma enorme relevancia".

Palabra: "Uso vocabulario exagerado, para que aprendan e incorporen. Les digo que tienen que hablar bien, porque, si no, condenan a sus hijos al mal vocabulario", dice Aiello

Es viernes y garúa en Batán. Mientras el vehículo de Malgor avanza, el termómetro anuncia que allí, a unos 15km de Mar del Plata, el frío es más cruel. De 6 grados baja rápidamente a 3. Por momentos, el viento se torna bravío y obliga a cerrar por completo las camperas. Los reclusos se colocan varios abrigos. Uno encima del otro. Otros, usan guantes y gorros de lana. Ninguno luce el último modelo de las zapatillas para correr. Pero todos quieren hacer lo mismo. Empezar cuanto antes a correr para sacarse el frío que logra calar los huesos. "Llega un punto que, un poco, te acostumbrás al frío y al calor. Al resto de las cosas no te acostumbrás nunca", dice Palomino, uno de los internos más longevos y respetados, que está cumpliendo una pena de 25 años y lleva 12 en Batán.

Por un instante, las nubes dejan salir un ínfimo rayo de sol que es venerado por todos. El viaje desde playa Varese hasta Batán no demora más de 25 minutos. Los trámites de ingreso son rigurosos, pero expeditivos. La lista de invitados había sido previamente cotejada desde La Plata. En Batán todos, absolutamente todos, conocen a Malgor. El ex atleta acude todos los martes y viernes desde hace cuatro años. El abrir y cerrar de las celdas es constante, pero a cualquier extraño le hiela la sangre.

Atletismo para algunos

Las clases suelen tener alrededor de 15 o 20 jóvenes de entre 25 y 30 años. Pero no todos pueden participar del programa. Para estar allí, en lo que supo ser una cancha de básquet (los aros están enclenques), se requiere buen comportamiento. Por caso, quienes conviven en el área de máxima seguridad no pueden concurrir. Malgor es el profesor a cargo. En algunos tramos de la clase lo asiste Martín Dirazar, profesor de educación física que enseña fútbol en el penal. También está Juan Manuel Aiello, voluntario del programa de la ONG "Cambio de paso", que incluyó el rugby en la unidad. "Acá todo es muy triste. La visión es limitada, no se ve más allá de 50 metros. Para ellos (por los internos), después de esa pared no hay más nada. Acá lo que ves se termina en esa pared", señala Dirazar. Para Aiello, el programa no es un beneficio si no una herramienta de tratamiento. "Como entrenador y ex jugador de rugby es muy fuerte ver, por ejemplo, cuando les digo al piso y ellos, sin decir nada, van al piso para cumplir con la orden. Supuestamente son personas que desconocen la legítima autoridad. Y, sin embargo, hay una confianza en aceptar esa indicación", describe el ex rugbier. "El primer objetivo es mostrar parámetros, cosas buenas. Por eso, uso vocabulario exagerado, para que aprendan e incorporen. Les digo que tienen que hablar bien, porque, si no, condenan a sus hijos al mal vocabulario. Si alguno habla con terminología tumbera, todos deben hacer un ejercicio extra que suele ser flexiones de brazos. Las flexiones las cuentan hasta 10 en inglés, en francés y en italiano", agrega. Se podría decir que Aiello no sólo entrena a los reclusos. También, a su forma, intenta educarlos. Al menos, busca dejarles algo que les sirva para cuando vuelvan a comunicarse con la sociedad. Edgardo, uno de los entrenados, lo escucha atento y, entre risas, acota: "¡Juan Manuel parece nuestro papá! ¡No sabés cómo nos reta!".

Correr no te soluciona los problemas, pero te despeja la mente para afrontarlos con más fuerza que antes

El reloj marca las 10.45 y en el patio descubierto del pabellón 16 empieza la clase. Un trote suave para entrar en calor por una calle, o algo así, de 600 metros. "Hoy la hicieron dos veces, pero en general hacen bastante más", resume Malgor. Van arribando y todos se ubican en ronda para realizar un poco de movilidad articular. Se suman algunos ejercicios de equilibrio, y después al piso para los trabajos de fuerza: abdominales, tijeras, flexiones de brazos, planchas. Otra vez de pie y Malgor arma las vallas. Es el turno de saltar. "Muchachos. Esto no se trata de saltar la valla. Se trata de pasarla", indica con vehemencia. Después de varios intentos, se sube las varillas y advierte que cuando están más altas hay que atacar desde más lejos. Para terminar, unas rectas a toda velocidad, lo que parece el momento más esperado y entretenido. Vuelta a la calma, trote final y, otra vez, elongación. Mientras realizan los distintos ejercicios, Malgor cuenta algún chiste o anécdota. Es un momento de desconexión casi total. Salvo el entorno, la clase se asemeja a cualquier otra fuera de los muros. Los atletas la pasan bien. Por momentos, se ríen como chicos. "La semana que viene y la otra no estoy. Viajo a Cachi, un centro de alto rendimiento en la altura en Salta, que allá se están entrenando Belén y el Colo (por Casetta y Mastromarino, respectivamente)", advierte Malgor. "¿Van a Toronto, no? Ojalá que traigan alguna medalla. Lo vamos a ver todos los que venimos a tu clase, Leo", pide Palomino, uno de los más activos concurrentes a los entrenamientos. En poco tiempo se volvió un fanático del running. No falta casi nunca y, además, corre por su cuenta los otros días. Asimismo, trabaja seis horas por día en la lavandería del penal. En su calabozo lucen 15 pares de zapatillas que su hermano le envía desde Estados Unidos. El mate y el retrato del Gauchito Gil aparecen en varias de las celdas en las que hay una cama cucheta y no mucho espacio más. Allí, en ese reducido espacio de no más de 2 metros por 3,5 de largo (no mucho más), deben estar buena parte del día. "Acá no gasto casi nada y ayudo a mi familia. Y para darme algún gustito también. Correr me hace sentir libre, cuando salga quiero seguir con Leo. Me ayuda mucho para que el día no sea tan largo", expresa.

Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro V. Rizzi

Es casi el mediodía y es tiempo de partir. Entre todos levantan las colchonetas, los conos y las vallas. Todos agradecen. Los reclusos vuelven a su realidad, pero afirman volver distintos, con más energía. Es tiempo de almorzar y seguir esperando a que se haga de noche para, al otro día, volver a empezar. Porque, como dice Malgor: "Correr no te soluciona los problemas, pero te despeja la mente para afrontarlos con más fuerza que antes".

Batán, el Penal

En la actualidad, la Unidad Penal 15 de Batán tiene a 1080 reclusos que purgan sus penas y están divididos en dos sectores: el pabellón de máxima seguridad y el de mediana seguridad. En este último se encuentran los reclusos que tienen la posibilidad de participar de los programas de atletismo y rugby. Las clases a cargo de Leonardo Malgor se desarrollan dos veces por semana, los martes y viernes, desde 2011. Varios internos con buen comportamiento salieron algunas veces a correr en la pista externa de la unidad, pero no consiguen el permiso para ir a correr al exterior.

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