Suscriptor digital

Ritual de pasión y violencia

Alejandro Lingenti
(0)
20 de agosto de 2015  

Mis sesiones de lucha (Mes Séances de Lutte, Francia, 2013) / Guión y dirección: Jacques Doillon / Elenco: Sara Forestier, James Thierrée, Louise Szpindel, Mahault Mollaret, Bill Leyshon / Producción: Jacques Doillon y Daniel Marquet / Dirección de fotografía: Laurent Chalet y Laurent Fenart / Montaje: Marie Da Costa / Sonido: Ivan Dumas / Diseño de producción: Anaïs Romand / Duración: 99 minutos / Nuestra opinión: buena

"Cuanto más se ama a alguien, más cerca se está de odiarlo." Eso asegura una de las máximas que el aristócrata francés François de La Rochefoucauld pergeñó en el siglo XVII y calza a la perfección con el espíritu de esta película del francés Jacques Doillon que revitaliza la saludable idea de programar estrenos en la Sala Lugones del Teatro San Martín, un espacio mayormente dedicado a valiosos ciclos y revisiones (de hecho, habrá un foco de otros tres largos de Doillon que acompañará a este film). Cineasta veterano (nació en 1944) y de vasta filmografía (ha dirigido cerca de treinta largometrajes), Doillon pertenece a la misma camada de Philippe Garrel, posterior a la explosión de la nouvelle vague. Los cinéfilos locales más memoriosos seguramente recordarán Ponette (1996), conmovedora película protagonizada por Victoire Thivisol cuando tenía apenas cuatro años. La problemática amorosa y el despliegue físico para tematizar los misterios psicológicos son dos de las constantes del cine de este director. Y en este caso quizá más que nunca: los protagonistas excluyentes de la película son los personajes sin nombre específico que encarnan Sara Forestier y James Thierrée, embarcados en una disputa verbal que evolucionará gradualmente hacia un tipo de violencia corporal cargada de pasión y erotismo. Doillon reitera el juego durante buena parte de la historia, convierte ese extraño ritual que replica algunas investigaciones de la danza contemporánea en el corazón del relato y también encuentra allí una de sus limitaciones más evidentes: la simbología es un poco obvia y la tensión disminuye a medida que la información se repite. Una cámara inquieta sigue a los personajes en un escenario de límites precisos ubicado en medio de la inmensidad de la campiña francesa y subraya sus ánimos inestables, ecos notorios de algunos traumas del pasado: "Mi problema es la familia de mierda que tengo desde hace veinte años; el tuyo, que nunca pudiste acostarte conmigo", sintetiza la impulsiva y provocadora jovencita que Forestier interpreta con la misma intensidad con la que Thierrée, nieto de Charles Chaplin y bisnieto del dramaturgo Eugene O'Neill, aborda su papel. Temáticas muy transitadas, como la pulsión amorosa (con las perversiones, la dominación y la entrega como motores), la paternidad y hasta los asuntos vocacionales son parte del menú que Doillon intenta presentar de una manera novedosa. Lo logra de a ratos, cuando consigue que, como explicita en un pasaje el personaje de Thierrée, la excitación sea provocada por no saber lo que va a ocurrir. Pero está claro que en la película hay más eficacia conseguida por el efecto de la acumulación que por el de la sorpresa.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?