Vinos top: la calidez de la experiencia versus la frialdad de un buen puntaje

Frente a las mejores 30 botellas argentinas, enólogos, críticos y amantes del buen beber participaron de una cata a ciegas que dio cátedra sobre cómo combinar emoción y matemáticas
Sabrina Cuculiansky
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21 de agosto de 2015  

De pie frente a una góndola repleta de botellas, tener que elegir "un buen vino" puede convertirse en una verdadera odisea. Si bien los expertos coinciden en que la única manera de dar con el indicado es probar y descubrir el que sea más afín al gusto del consumidor, en Europa y los Estados Unidos los críticos especializados idearon un sistema de puntajes que terminó por dar la vuelta al mundo.

Pero como la valoración cambia según quien lo deguste, no existe nada que fehacientemente determine cuál es el mejor. Y para sumar un poco más de desorientación al consumidor principiante, tampoco un alto puntaje influye sobre el precio. Es decir, a veces los vinos con mejores calificaciones (los que están entre 90 a 100 puntos) pueden costar menos de $ 150. Ése es el caso de Jijiji, de bodega Gen del Alma (ver aparte), la botella con mejor valuación entre los 30 mejores vinos argentinos.

En definitiva, ¿qué es lo que ponderan los especialistas a la hora de evaluar cuán bueno es un vino? ¿Qué sistema utilizan para calificarlos? El primer paso refiere a los atributos mensurables de la bebida: el aspecto, que puede mostrar señales de algún defecto; la intensidad, que indica su edad; el aroma, que permite diferenciar los básicos de los de gran calidad. En la boca, se comprueba la acidez, el dulzor y los taninos, así como se mide el cuerpo y la persistencia del vino en la boca. Finalmente, es la hora de sacar conclusiones, cuando se incluyen criterios sobre si la bebida está lista para beber y con qué comida se podría acordar, por ejemplo. Queda para este capítulo la identificación de origen, la variedad de la uva y el rango de precios de ese vino. Entonces sí, llega la hora del bendito puntaje.

Todo este cotejo de los sentidos se puso en juego el viernes pasado, en Mendoza, en uno de los encuentros más importantes del sector, la quinta edición del Premium Tasting, donde 350 personas probaron a ciegas -con las etiquetas de las botellas tapadas- los 30 vinos con los mayores puntajes de la argentina, estandarte de cada bodega. Para Nicolás Aleman, el creador del encuentro, catar un vino a ciegas es la mejor forma de reconocer un buen vino, porque entonces se degusta sin preconceptos y sin reparar en la variedad, marca o año de cosecha. "Si dejamos que el vino hable por su cuenta, uno puede llevarse muchas sorpresas. Saber qué estás bebiendo siempre te condiciona", indica. Y agrega: "El puntaje sirve como reconocimiento al trabajo y desde ya, es una gran herramienta comercial. Altos puntajes significan grandes ventas y posicionamiento a nivel internacional", señala Aleman.

Los vinos que allí se probaron son relevantes, representan personas y regiones, y fueron elaborados por los grandes enólogos locales. Así lo explica la sommelier Agustina de Alba. "No existen vinos perfectos, sino auténticos. Como dijo un enólogo amigo, la gente más linda es la que se respeta a sí misma y no la que intenta ser o pretender otra cosa. Ésa es mi regla de por qué elijo un vino y no otro", dice.

Para Patricio Tapia, crítico de vinos en importantes publicaciones internacionales, los puntajes son un mal necesario. "Por un lado, me parece absurdo y frío reducir la experiencia de beber a un número. Pero por el otro, es una muy buena forma de orientar al consumidor. Los puntajes se definen en relación a quién los otorga y, aunque se trata de números, otorgarlos no es una ciencia exacta. Es decir, lo que para mí es 86 puede que sea 93 para otro", define.

"La cata a ciegas es una herramienta técnica para ver qué es lo que te gusta o no, sin la parte emocional. Pero el vino sin el lado emocional tampoco es vino", analiza Alba.

El mito de más caro es mejor

Con Jijiji se terminó el mito de "lo más caro es lo mejor". "No es el mejor vino del país, pero sí es una sincera muestra de que se pueden hacer cosas simples, con nervio y agarre. Las uvas son de Gualtallary, aquellas mismas de las de los grandes vinos, y ahí está el secreto. El resto es búsqueda de simpleza, armonía y frescura", cuenta Gerardo Michelini, uno de los creadores de este blend de malbec y pinot noir, dos variedades que normalmente no van juntas. Este estilo de vinos, en los que la madera empieza a ser retirada y, por lo tanto, el costo no supera los 200 pesos, está en concordancia con la búsqueda del consumidor. Un kilo de uva, que cuesta siete pesos, se usa para una botella. A eso, hay que sumarle el costo de elaboración de la bodega que ronda los cinco pesos, más gastos de etiquetas y cajas. Es decir, una bodega que entre sus costos de elaboración no incorpore la madera (las barricas) puede vender el vino a 50 pesos, es decir, a un tercio de precio del mercado. Claro, que una barrica nueva cuesta 1000 euros.

En el medio de la tabla de precios con su malbec Finca La Escuela 2012 de la bodega Tinto Negro ($ 490), premiado con el Oro Decanter 2015, Alejandro Sejanovich aclara que, más allá de la posibilidad comercial que da tener un alto puntaje, haber recibido ese galardón implica que la zona donde se produjo el vino fue reconocida. "Si trabajamos en un lugar que tiene identidad, los puntajes llegan", aporta Sebastián Zuccardi, autor de la botella más cara, Aluvional Altamira 2012 ($ 810), con 94 puntos. "Debemos trabajar mirando el terruño y no los trofeos porque los puntajes varían según el degustador", concluye.

Los porteños pueden ir preparando sus paladares para el 29 de octubre cuando se realice por primera vez esta exclusiva cata en el marco del BA Food Fest en La Rural.

Premium Tasting: los seis más votados

Gran Enemigo Cabernet Franc Gualtallary

Bodega Aleanna, 2011, $ 795

Aluvional Altamira

Zuccardi Wines, 2012, $ 810

Single VineyardLa Pampa Plot 21 Malbec

Salentein, 2011, $ 480

1100

Doña Paula, 2013, $ 210

Brioso

Susana Balbo Wines, 2012,$ 415

Finca Los Nobles Malbec Petit Verdot

Luigi Bosca, 2011, $ 700

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