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Guerras próximas: economía, política y cambio climático

Las inundaciones de los últimos días llevan el debate sobre la contaminación más allá de los ecologistas; muchos hechos sociales y económicos se explican por la meteorología
Sebastián Campanario
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23 de agosto de 2015  

En el segundo semestre de 2010, una sequía severa llevó al gobierno ruso a suspender las exportaciones de cereales, porque la cosecha se redujo y se intentaba que no hubiera faltantes de alimentos para la población local. La medida afectó a varios países, entre ellos Egipto, quien importa la gran mayoría de los cereales que consume desde el gigante euroasiático. La tensión que se generó a posteriori por la escasez de comida fue un condimento central en la revolución egipcia. El efecto del cambio climático en un lugar del planeta tuvo consecuencias geopolíticas de magnitud a miles de kilómetros de distancia.

Eventos de este tipo hacen que la discusión por el impacto de la contaminación exceda su ámbito tradicional de "militantes ecologistas contra industrias contaminantes" y pase a tomar protagonismo en la agenda de seguridad de los países. Hay reportes en Inglaterra y Estados Unidos que hablan de "Clima de destrucción masiva" ("Weather of mass destruction"), mientras que el vínculo entre aumento de la temperatura y conflicto es muy directo (y documentado) en algunos casos, como el de Darfur (en Sudán), que ya se cobró 200.000 víctimas. Personalidades como el físico Stephen Hawking llamaron a cambiar el foco desde el esfuerzo en la "guerra contra el terror" hacia el cambio climático.

Si el tema debe tratarse desde el prisma de la "seguridad nacional", sus aristas parecen mucho más complejas que las que había en la Guerra Fría, dice el experto en sustentabilidad Alejandro Litovsky, un argentino que estudió en la Di Tella y en la London School of Economics relaciones internacionales y sociología política, y que hoy es una referencia global en este tipo de agenda. "En décadas anteriores, había una certeza de «destrucción mutua asegurada» que previno a las potencias de iniciar un ataque: cualquiera que apretara primero el botón enfrentaría una represalia inmediata, con una aniquilación mutua como resultado final. Hoy, en cambio, enfrentamos un juego no lineal, con lazos de interdependencia que a veces son indirectos y no visibles. La creciente interdependencia entre los países por agua, comida y energía requiere que se tomen decisiones de sustentabilidad en el más alto nivel político", explica Litovsky, en diálogo con LA NACION.

En el siglo XXI, no hay un país que amenace en forma directa a otro de manera tan clara, como sucedió en su momento con la Unión Soviética y los Estados Unidos, sino que prevalece un "sistema complejo" en el cual las decisiones provocadas por la escasez de agua, energía o alimentos tienen consecuencias inesperadas en otras regiones. Litovsky desarrolló un Índice de Seguridad de la Tierra (Earth Security Index), en el cual mide todos los años 24 factores de presión sobre variables de vulnerabilidad.

¿Qué dice su estudio para el ámbito local? "La Argentina enfrenta algunos desafíos urgentes, y otros que se cocinan a fuego lento: la inclusión social y laboral, con el impacto de la inflación sobre la seguridad alimentaria, van a crecer como determinantes de estabilidad política. La posible pérdida de capital natural del país, el sobreuso de químicos que socavan la calidad del suelo y la seguridad del agua crean una vulnerabilidad para la seguridad humana y el futuro político del agro en términos de aceptación social", sostiene el especialista, que vendrá el 1° y 2 de septiembre a Buenos Aires a disertar en el evento de Sustainable Brands. Litovsky trabajó con físicos y matemáticos especializados en sistemas complejos, que tratan de sacar conclusiones con esquemas como la teoría de los juegos. "Un aspecto fundamental de teoría de juegos es el proceso y la psicología de toma de decisiones de actores con información imperfecta", dice. "A nivel global, el paralelo que hacía sobre la Guerra Fría y el desafío de recursos limitados es que cuando los gobiernos deben tomar decisiones sobre su seguridad energética y alimentaria de corto plazo, la tendencia es siempre hacia el proteccionismo, el nacionalismo, y el corto plazo. Pero en un mundo tan interdependiente, en donde los países dependen unos de otros para los recursos, cadenas de valor, y para la inversión, el aislamiento produce mayor exclusión y menos seguridad como resultado agregado."

En los últimos años, se multiplicaron los trabajos de economistas y sociólogos que estudian el vínculo entre clima y conflictos violentos. El calor no sólo está correlacionado con un menor crecimiento, sino también con una mayor cantidad de guerras y conflictos. Los economistas Marshall Burke, Solomon Hsiang y Edward Miguel publicaron en agosto del año pasado un trabajo revelador al respecto, en el cual se cuantificó la relación causal entre conflictos entre personas y cambios extremos en el clima. Ya sea se tomen en cuenta peleas entre personas o inestabilidad política a gran escala; sociedades ricas o pobres; episodios en la actualidad o de hace 10.000 años, la conclusión es la misma: la suba de la temperatura hace que la gente se vuelva más violenta.

Burke, Hsiang y Miguel relevaron 60 de los mejores estudios que comparan niveles de violencia en períodos de temperatura promedio con los niveles de agresión en años de desvíos importantes en el clima. Los trabajos incluidos para este metaanálisis vienen de campos muy diversos, como la arqueología, la criminología, la economía, la geografía, la historia, las ciencias políticas y la psicología. La magnitud de los efectos descubiertos sorprendió a los investigadores: por cada desvío estándar hacia temperaturas más cálidas y lluvias menos copiosas, el promedio de conflicto entre grupos se incrementa un 14%.

Para llegar a esta cifra se consideraron episodios como los aumentos del crimen en los EE.UU. y Australia en años calurosos, los conflictos étnicos en Asia en períodos de poca lluvia y las invasiones de tierras en Brasil durante inundaciones. Otro trabajo reciente de la Universidad de Hong Kong demostró que en una serie de mil años, el ciclo de guerra y paz en China está directamente ligado al cambio climático.

La idea no es nueva. La relación entre calor y pobreza viene de larga data. Uno de los primeros en notar que los países pobres tienen por lo general temperaturas más elevadas fue el pensador político Montesqieu en 1750. El concepto se refuerza ahora con la mejora en técnicas econométricas y con los avances en la paleo-climatología, que permiten establecer con mayor exactitud la temperatura en siglos pasados.

Las críticas a esta visión, con todo, no son pocas. En primer lugar, desde el fin de la Guerra Fría los conflictos bélicos no crecieron, sino que disminuyeron. Con este fenómeno ocurre lo que Nassim Taleb en El cisne negro llama "evidencia silenciosa": hay "saliencia" en las noticias de guerras y conflictos, pero no de los procesos de paz. Y las fuentes están sesgadas: think tanks, consultores en seguridad y académicos que dependen de presupuestos de seguridad y, por lo tanto, tienen incentivos a colocar el problema en un lugar protagónico.

La segunda crítica al "determinismo climático" es que es reduccionista: las guerras y conflictos tienen una gestación muy compleja, en la que intervienen infinidad de factores que corren el riesgo de ser (erróneamente) ignorados si se impone el eslogan, "Es el cambio climático, estúpido".

Cómo sea, se trata de una discusión "caliente" (valga la referencia) a nivel local: esta semana y la pasada se debatió intensamente cuál es el efecto de las inundaciones en las urnas, y qué pasaría si un fenómeno así ocurre en la PBA o en CABA en octubre. Hubo furia en redes sociales contra el viaje a Italia de Daniel Scioli, pero hay otras visiones: en un artículo titulado La política anfibia, en Bastión Digital, Martín Kunik, director del Programa de Políticas Públicas Metropolitanas de la Universidad de San Martín, sostuvo: "Las inundaciones son funcionales a la política. Los votantes premian a los oficialismos por el gasto en la atención del desastre y, al mismo tiempo, no se interesan en el corto plazo en que el gobierno gaste en evitarlas". Tal vez los candidatos deban pensar en empezar a contratar a menos consultores en imagen y a más meteorólogos.

sebacampanario@gmail.com

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