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Las mil caras de Chino Laborde

Chino Laborde
Chino Laborde Crédito: Victoria Gesualdi
Después de ser la voz de la Fernández Fierro y de comandar una banda de rock, el cantante estrena su propia orquesta típica
Mauro Apicella
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23 de agosto de 2015  • 12:10

El último martes fue su cumpleaños, pero dice que hace mucho tiempo que no lo festeja. Motivos de celebración no le faltan, porque hoy estrenará su orquesta típica en el Festival y Mundial Tango Buenos Aires (a las 20, en el Teatro 25 de Mayo, Triunvirato 4444). ¿Será que tiene muchas fiestas en su haber? Para empezar, las que animaba cuando era un veinteañero -al ritmo de temas del Puma Rodríguez y Chayanne- y todavía ni asomaba el cantor de orquestas/ frontman tanguero en el que se convirtió después. Así comienza la charla con Walter "Chino" Laborde, mientras pide un café en el famoso bar de los banderines de fútbol del barrio del Abasto.

"Tenía 22 años cuando comencé en fiestas. Lo mejor que me podía pasar era que me tocara cantar rock nacional. Igualmente, yo tenía mi banda. Pero al año y pico me agarró un vacío. Me di cuenta de que tenía que cantar tango porque esa era mi voz primaria. A los 24 fui a la Casa del Tango y una cosa trajo a la otra", dice Laborde, que desde entonces se dedicó a cantar y a actuar -excepto por algún estudio mínimo y eventual-de manera intuitiva. Hacia fines de los noventa empezó con la orquesta típica Sans Souci, que es un viaje al pasado, y con la Fernández Fierro (para esos años se llamaba Fernández Branca) con toda la fuerza juvenil que traía. "Dos mundos distintos. La Sans Souci es la recreación exacta de los años cuarenta, sin nada nuevo, pero con todo el laburo que significa tocar esa música, un estilo de salón muy delicado. Con la Fierro comenzamos haciendo el estilo Pugliese, pero en temas que la orquesta de Pugliese no tocaba. Y luego música nueva, durante nueve temporadas, hasta hace un año y medio que dejé de cantar con la orquesta. Me gusta hacer música nueva, aunque también pienso que no hay que olvidarnos de dónde venimos. Los tangos clásicos son goles hechos, pero me encanta cantarlos.

-¿Hace un año y medio volviste a barajar?

-Con la Fierro pasaron dos cosas. Si es difícil ponerse de acuerdo entre tres personas, imaginate lo que puede pasar cuando hay quince monos, contando músicos y técnicos de luces y sonido. Además, tuve un problema dentro del Club [el CAFF, sede de la orquesta] que no me gustó cómo se lo resolvió; para mí fue de una manera muy mezquina. Creo que yo había entregado muchas cosas como para que me hicieran pagar el error en dinero. Una cosa es tener que pedir perdón, otra es que cuando no hay un mango, te toquen el bolsillo. Las mezquindades me echaron. Me sentí expulsado. Por otro lado, musicalmente, la cosa se estaba acotando. La orquesta se estaba limitando, las temáticas eran todas oscuras y yo pensaba que había que abrir una ventana desde adentro. Igualmente, aunque creo que están demasiado oscuros, pienso que la cantante Julieta Laso le queda muy bien a la Fierro. Es rea. Los temas están bien para su tonalidad. Con la Sans Souci sigo cantando, fue la primera orquesta típica con la que viajé. Fuimos a Portugal. Ahora vamos a milongas. Pero es una orquesta que tiene varios cantores. Sans Souci es la representación de una época que me vuelve loco: peinado al agua, moño. Todo años cuarenta. Y ahora con la orquesta nueva...

"Los tangos clásicos son goles hechos, pero me encanta cantarlos"

-¿Sos un frontman?

-Mi laburo de fondo fue animar fiestas. Cantar entre las mesas "La gente va llegando al baile". Era la manera, a los veintipico, de perder el miedo. En las orquestas típicas uno es cantor estribillista. En mi trabajo con Dipi [el guitarrista, Diego Kvitko] no ando caminando entre las mesas. En esta nueva, que lleva el nombre del cantor, se abren otras posibilidades. Me voy a dar el gusto de ser un poco más frontman, ir a caminar el escenario a lo Sandro [se ríe de su exageración]. Ahora se me da porque hay muy buena onda con los pibes y la directora.

-¿Cómo es la sociedad con Analía Golberg?

-Primero comencé a trabajar con su sexteto Ojos de Tango. Cuando Analía se fue del grupo Color Tango, hace cuatro años, viajamos y nos llevamos muy bien. Lo que sucede es que no tiene en el sexteto las mismas posibilidades de una típica. Ésta es una nueva posibilidad de laburo y, a la vez, de poder sumar música nueva a los temas clásicos. Me siento cómodo con una orquesta. Analía tiene material, yo también. Ella puede canalizar ahí lo que no puede en el sexteto. Queremos incorporarlo de a poquito. La idea no es hacer cosas nuevas porque sí. No es fácil hacer tango. He escrito treinta canciones de rock, sólo un tango y un vals. Veremos qué podemos hacer en el Festival.

-¿Qué pasó con la banda Telepod?

-El violero se fue. Y así es difícil hacer música en vivo. Ahora estamos disfrutando los ensayos.

-¿Si pegaras con una banda de rock te tirarías de cabeza a eso?

-Sí, pero creo que nunca podría abandonar el tango. El otro día canté con la Sans Souci y es algo maravilloso. Te comés la película.

-Te gusta la esquizofrenia de esos muchos cantores en uno.

-Sí. Siempre me sentí un actor frustrado y un día hice El romance del Romeo y la Julieta con Guille Fernández y Flor Peña, después eso trajo Discepolín y yo, que era algo que no podía creer porque tenía 30 años y estaba trabajando con Diego Peretti y Roberto Carnaghi, y más tarde Luna de Avellaneda. Ahora voy a ver si retomo. Me gustaría hacer algo. De chorro, de carnicero. No sé.

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