Los dioses de Sylvia bailan en el Colón

Néstor Tirri
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25 de agosto de 2015  

Sylvia, ballet en tres actos / Coreografía: Frederick Ashton / Repositora: Susan Jones / Música: Léo Delibes / Escenografía y vestuario: Christopher y Robin Ironside / Iluminación: Mark Jonathan y Rubén Conde / b Dirección: Maximiliano Guerra / Orquesta filarmónica de buenos aires, Dirección: Emmanuel Siffert / Teatro Colón / Funciones: hoy, miércoles, viernes y sábado, a las 20 / Nuestra opinión: muy bueno.

De por sí es auspicioso que el Ballet del Teatro Colón haya incorporado a su repertorio una pieza de envergadura. A pesar de los inconvenientes: que Nadia Muzyca haya debido salir "al toro" (como se dice en la jerga teatral) a reemplazar a Karina Olmedo en el rol epónimo de Sylvia, y en la función de estreno, no es un dato menor. Debió pasar el trance del arranque (tensión y algún arabesque desdibujado), pero se sobrepuso y salió del paso.

Sylvia es una pieza con raíces en la era del ballet romántico; la primera versión, de 1876, no tuvo aceptación, pero la notable partitura de Léo Delibes sobrevivió, y así fue como Frederick Ashton (1904-1988) retomó el plot y lo reavivó para su musa, Margot Fonteyn, quien lo estrenó en 1952. Antes, en 1946, el coreógrafo había soñado que Delibes le encargaba revitalizar ese agonizante ballet. El argumento original (inspirado en el poema Aminta, de Tasso, de 1563) incluía complicaciones propias de algunos mitos helénicos. Pero sir Frederick, con su espíritu british -y su punzante ironía gay-, lo simplificó enunciándolo así: "Chico ama a chica; chica es secuestrada por hombre malo; chica es restituida al chico por un dios". Brillante.

Sin embargo, su concepción de la pieza incurría en una naïveté excesiva, que en la lograda versión del Ballet del Colón (repuesta con admirable rigor por Susan Jones) asoma cada tanto. Su visión, pues, ya empieza también a mostrar una hilacha démodée. Pero gracias a Ashton se recuperó la idea original y su trazado fue la base para otras versiones que le sucedieron (notoriamente, la simplificada de Mark Morris, de 2004, con el Ballet de San Francisco).

La heroína de la historia, la virginal ninfa Sylvia, tiene varias facetas, y así es como la vigorosa amazona inicial deviene en insinuante seductora en el segundo acto, cuando el villano Orion la tiene secuestrada en una gruta; allí, Muzyca pudo resarcirse desplegando sensualidad y gracia, con nítidos port de bras y giros (en contraste, Dalmiro Astesiano impuso su rudeza y su previsible intencionalidad lasciva).

En el tercer acto (la presunta bacanal en el Templo de Diana) es cuando despuntan las sutilezas melódicas y tímbricas de la rica partitura de Delibes que el maestro Emmanuel Siffert condujo con ajuste, incluido el célebre pizzicato, bien aprovechado por Muzyca en calidades salticadas. Ese mismo acto da lugar a la plena intervención de la compañía del Colón, en una entusiasta exaltación. Allí irrumpe Federico Fernández con un solo de decidido élan aéreo (si bien su figura de danseur noble no condice mucho con la simpleza de Aminta, el pastorcito del mito). Su pas de deux con la heroína resume, en buena medida, un fugaz tributo de Ashton a la tradición clásica rusa (léase Petipa). Muy aplaudidas, en el mismo tramo, las apariciones de la pareja de Cabras (Emilia Peredo Aguirre y Emiliano Falcone), como así también la severidad de Daiana Ruiz, quien asumió (precisamente) a Diana, la deidad de la caza.

Son personajes concebidos (y así deben ser construidos) con trazos netos: no son caracteres sino arquetipos. El rol en la trama del pastor Aminta luce débil, tal vez porque él sí es un "carácter", más cerca de lo humano pero entre seres mitológicos. Así, esta compleja producción (escenografía, vestuario, efectos) ya reluce en el Colón.

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