El dolor despierta la conciencia

Crédito: Fabián Marelli
Ariel Ruya
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24 de agosto de 2015  • 22:46

Dos meses de gestación. Dos meses y, de pronto, un terremoto transforma el olor a vida nueva en una trampa del destino. Los médicos le trasladaron la decisión íntima, profunda, sin marcha atrás, a Sebastián Torrico y señora: el bebe iba a tener serios problemas de crecimiento y maduración. El arquero de San Lorenzo, un hombre noble, silencioso y tenaz, debió tomar junto a su mujer, tal vez, la determinación más compleja que pueda atravesar un ser humano. Siguió, entonces, latiendo con esfuerzo en el vientre materno. Nació Justino, a los siete meses, en penumbras: no había ni una mueca de esperanza. No hubo milagro, el dolor se hizo real, visible y final.

El fútbol argentino, en todos los ámbitos –en los estadios, en las redes sociales, entre jugadores, dirigentes, hinchas-, se unió como pocas veces en tiempos recientes. Los acompañó el dolor de un hombre bueno, como días atrás se conmovieron por el drástico final de Diego Barisone. La pelota, destruida por las luchas de poder, por la violencia enquistada en las entrañas, por River y Boca, por audaces y amarretes, por todo el mundo que nos separa y nos agobia, se reúne ante el drama, frente al dolor. No ofrece dobles lecturas: es uno solo, un canto unido y conmovedor.

Si ese compromiso fuera una calcomanía de casi todos los días, con derrotas y despistes, con victorias y vueltas olímpicas, también entre diferencias, nuestro fútbol sería cada vez más grande. Sería un cambio ejemplar. Que el inmenso dolor sea un motor, en el mañana, para despertar conciencias adormecidas, mezquinas. Aún estamos a tiempo.

Por: Ariel Ruya

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