Esmeralda Mitre y Darío Lopérfido, en un recorrido por el Teatro Colón

Crédito: Matías Salgado
La pareja recibe a ¡Hola! Argentina en el mítico edificio y habla de todo
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26 de agosto de 2015  • 12:41

La invitación supone un privilegio único: recorrer el Teatro Colón de la mano de Darío Lopérfido (51), su flamante director general y artístico. El "tour" comienza por los exquisitos salones que deslumbran al mundo desde su inauguración, en 1908, pero descubre también los rincones más secretos, nunca antes abiertos al gran público, en un paseo de encanto y sofisticación. Nos acompaña Esmeralda Mitre (33), la mujer que comparte su vida y su pasión por la cultura, con quien vivió una boda de ensueño, ocho meses atrás. Juntos, frente a la cámara de ¡Hola! Argentina, protagonizan una producción histórica, cargada de confesiones.

UN PRESENTE DORADO

–Es la primera nota que dan juntos tras su casamiento, el 6 de diciembre pasado. ¿Cómo fueron estos ocho meses de matrimonio?

Esmeralda: Fueron apasionantes, porque nos pasaron cosas muy lindas para nuestro proyecto en común, aunque también fueron un desafío. Con el nombramiento de Darío como director general y artístico del Colón nos tuvimos que acomodar a una vida que es diferente a la que veníamos teniendo, con nuevos horarios y una responsabilidad muy grande… Y yo sentí que mi lugar era acompañarlo en un momento tan importante.

–Por ahora, ¿estás dedicada a eso?

–Sí. Durante cinco años no paré: hice obras muy seguidas y el año pasado complementé con cine y televisión. En el medio, nos mudamos y sólo tres días antes del Civil paré la máquina. Fue un año muy demandante a nivel físico y recién tomé conciencia de ello cuando nos fuimos a Punta del Este para pasar Navidad y Año Nuevo. Al toque fue el nombramiento y decidí que era tiempo de concentrarme en él: sentí que necesitaba de mí y que lo lógico era que trabajáramos en equipo, como siempre.

Crédito: Matías Salgado

–Darío, ¿ayuda tener al lado a alguien como Esmeralda, que al ser actriz entiende de este nuevo desafío?

–¡Absolutamente! Me acompaña mucho y una de las cosas que más me gustan de nuestra relación es que somos unidos e independientes, algo que puede sonar contradictorio, pero no lo es. Ella es muy talentosa, tiene un gran conocimiento del arte en general y compartimos una mirada similar del mundo, algo fundamental para mí. Como dice Esmeralda, se dio todo junto: fue un shock y pudimos acomodarnos sobre la marcha. Son tiempos divertidos e intensos porque, por mi cargo, paso todo el día dentro del teatro, lo que me apasiona. Además de estar al tanto de los distintos aspectos de la gestión, voy a todos los ensayos y me quedo a las funciones. Llego al Colón a las 10 de la mañana y me voy pasadas las 12 de la noche…

–Suena agotador…

–No lo vivo como un pesar, pensá que no hay ningún lugar en el mundo en el que me gustaría estar más que acá. Entre cualquier otro programa o un ensayo de ópera a las 12 de la noche, no lo dudo: elijo estar en el ensayo. Mi pasión por lo que hago es absoluta.

–Esmeralda, ¿en qué te enfocás a la hora de acompañar a Darío?

–Somos de esas parejas que piensan las cosas juntos. Darío conversa todo conmigo y yo me dedico a "empujarlo". El es un intelectual, cree en el saber y en aprender cada vez más y yo soy más práctica: lo animo, le digo "dale, hacelo, animate, avanzá". Me enfoco en darle confianza para que pierda el miedo y lo fascinante es que él hace lo mismo conmigo.

SU NUEVA CASA: EL COLON

–¿Cómo fue la primera noche en la que debutaron como "anfitriones" del teatro?

Esmeralda: Fue muy movilizante. Estábamos juntos en el palco del director y, en un momento, vi cómo Darío levantaba la mirada y recorría toda la sala, maravillado. Se me caían las lágrimas. [Se emociona]. Porque si bien de chico, cuando vino al Colón por primera vez, supo que iba a ser su director, nunca pensó que se le iba a dar a esta edad.

Darío: Sí, me dio muchísima alegría porque es un logro importante en mi vida y siento una enorme responsabilidad porque me importa dejar una marca. Por otro lado, también siento mucha familiaridad con el teatro porque veo ópera acá desde los 17, cuando vine por primera vez, y nunca más dejé de hacerlo.

–¿Qué recordás de aquel momento en el que "decidiste" –o soñaste– que ibas a ser su director?

–Un amigo que estudiaba música me invitó porque había conseguido unos tickets muy baratos. Cuando entré por primera vez, no podía creer lo que veía, estaba azorado. El Colón me maravilló. Eso, de hecho, es algo que disfruto mucho cuando me cruzo con personas que vienen por primera vez: ser testigo de cómo se deslumbran. Conozco teatros de todo el mundo y no es mentira que el Colón se impone. Es tan lindo como la Opera de París, pero el doble de grande, y esa sensación no se circunscribe únicamente al público: lo mismo les pasa a los profesionales de la música cuando debutan aquí.

–Esmeralda, ¿cuáles son tus primeros recuerdos aquí?

–Siempre tuvimos palco, así que mis primeras experiencias con la ópera fueron desde muy chiquita, con mis padres [Bartolomé Mitre y Blanca Isabel Alvarez de Toledo]. Recuerdo cómo siempre me quedaba dormida en la antesala del palco, escuchando la música. Mamá siempre fue muy responsable con el palco de La Nación, se obsesionaba con que no quedara vacío y ahora entiendo por qué era tan estricta con que yo fuera. Evidentemente, me preparó para el hoy, porque soy de las que creen que nuestras vidas están planeadas de antemano.

–Darío es un fanático declarado de la ópera, ¿junto a él aprendiste a disfrutarla?

–Sí. De hecho, solemos ir a ver ópera en las distintas ciudades que visitamos. Me acuerdo de una de Wagner, de cinco horas, que Barenboim dirigió en Berlín. En esos casos es fundamental que te entregues a la experiencia porque, si no, estás luchando en tu asiento durante mucho tiempo. Si bien en el Colón no me permito quedarme dormida por el lugar que ocupa Darío, en Berlín, que somos más anónimos, sí.

–Cuando ves a los cantantes y al cuerpo de ballet sobre el escenario, ¿no te dan ganas de estar ahí?

–El Colón es palabra mayor y yo no soy ni bailarina, ni cantante de ópera. Si por esas cosas del destino la oportunidad se llegara a dar, no accedería, porque con Darío como director no corresponde. Después, cuando veo a los artistas en el escenario, sufro: quiero que todo salga bien, por él y por los artistas, y estoy pensando todo el tiempo en la responsabilidad que tienen frente a su público y en la presión que sé que sienten por no fallar.

–Debe ser muy especial ser testigo de cómo se le cumple su anhelo máximo a la persona que amás…

–Sí, es fuertísimo y muy abrumador, porque la responsabilidad que tiene Darío es realmente grande. Me gusta cómo trata de disfrutarlo y de lo poco que "se la cree". Los dos sabemos que este es sólo un momento, porque el cargo es rotativo, y, como dice Darío, esta es su oportunidad para dejar huella. Somos un frente y así como él me ayudó a lograr un montón de cosas, yo ahora estoy enfocada en que Darío brille.

–Darío, ¿cómo te proponés dejar tu marca en el Colón?

–Hoy, toda mi atención está puesta en abrir las puertas del teatro a la mayor cantidad de ciudadanos posible, porque el Colón es de ellos, de los contribuyentes. Cuando las instituciones son tan grandes, tienden a anquilosarse y a replegarse sobre sí mismas y lo que me interesa es que cada vez más personas tengan acceso al Colón, abriendo los ensayos al público y transmitiendo las funciones por streaming, como hicimos con las presentaciones de Daniel Barenboim y de Martha Argerich, por ejemplo. En su sentido amplio, el arte es una expresión de la belleza y, como tal, aumenta la calidad de vida de las personas. Sé de eso porque a mí, que vengo de un contexto humilde, me pasó: la cultura me completó como persona.

–Esmeralda, ¿estás cómoda en este nuevo lugar que te toca de coanfitriona del Colón?

–Sí, y lo estoy más allá de lo demandante que puede llegar a ser, porque como soy conocida no pasa desapercibido si vine o no a las galas. Mi rol, hoy, es estar presente y apuntalarlo en lo protocolar, por ejemplo, que parece una pavada, pero no lo es.

–En lo que refiere al director, ¿cuáles son las reglas protocolares del teatro?

–Cuando llega el jefe de Gobierno, por ejemplo, el director y su mujer tienen que ir a buscarlo a la puerta y entrar con él. Y en las galas, con Darío tenemos que recibir a los invitados, ya que el Colón es como "la casa" del director.

Darío: Como te imaginarás, tener a Esmeralda al lado es genial. Estoy muy agradecido con ella y muy orgulloso de cómo me apuntaló durante estos primeros tiempos de una aventura que no estaba planificada. De todas maneras, ella hizo una carrera muy buena como actriz, y sé que de a poco va a ir encontrando el tiempo para volver a darle espacio a la actuación, que tanto la apasiona.

MRS. & MR. LOPERFIDO

–Volviendo a su boda, ¿qué los llevó a dar ese paso después de siete años de convivencia?

Esmeralda: Si bien en algún momento de mi vida el casamiento dejó de ser una prioridad, disfrutamos mucho de esta nueva etapa que inauguramos y más adelante queremos coronarlo con la llegada de nuestros hijos. Creo que hay momentos cruciales en los que la pareja necesita dar un paso grande, como el casamiento. En ese sentido, casarnos fue lo máximo. Además, yo quería darle ese regalo a mi papá porque adora a Darío y Darío lo adora a él. Lo viví como un gran final de fiesta, una experiencia muy sanadora para mi familia, la unión después de tanto quebranto. Se me caen las lágrimas cuando lo pienso… Después de mucho tiempo de lucha, perdonar y que todos estemos en paz, fue lindísimo. Darío entendió eso y me lo regaló.

Darío: Yo también lo viví desde ese lugar y sé lo sanador que fue para Esmeralda. Desde mi lado, fue el modo que encontré de celebrar un proyecto en común que empezó cuando nos fuimos a vivir juntos; una manera de armonizar algo que ya existía y de darle más fuerza. Fue importante reunir a las personas que queremos para honrar que con Esmeralda nos encontramos y apostamos por una vida juntos.

–Después de pasar por el Registro Civil y por el altar, ¿las cosas cambiaron?

Esmeralda: Sí. Al casarte, vos ya estás ahí, no te vas a ir y parece algo simple, pero no lo es. Más allá de la firma en el libro de actas y del "sí, quiero", es una sensación que te atraviesa el corazón, que cae en la boca del estómago. ¡Pum!, algo pasó y te transformó sin que te dieras cuenta. Son sensaciones que después, cuando las cosas se acomodan, se van, pero las vivís, te pasan…

–¿Con qué sueñan de aquí en más?

Darío: Con no perder el tiempo en cosas que no lo merecen, como lo que piensan los demás de mí, o de nosotros, y también los juicios de valor que uno mismo hace sobre la vida de los demás. Es decir, que el afuera ocupe el lugar que tiene que ocupar en mi vida y en sólo darles espacio a aquellos que sumen con una mirada amorosa.

Esmeralda: Darío no tiene techo: sé que todo lo que se proponga lo va a lograr. En ese sentido, deseo que pueda disfrutar de sus logros y que nada de lo nuestro se ponga en juego. El es como un Buda, un viejito joven que sabe de crisis, de fracasos y de éxitos. El ya ganó y perdió muchas veces, entonces no se come el cuento del éxito ni el del fracaso. Transita. Y en cuanto a mí, tengo que comprender que la guerra de mi vida ya la gané. Ahora tengo que aprender a disfrutar.

Texto: María Güiraldes

Fotos: Pilar Bustelo

Producción: Victoria Miranda

Asistente de Fotografía: Matías Salgado

Maquillaje: Irene Arcieri

Peinado: Nancy Torres, para Gino Lozano

Agradecimientos: A.Y. Not Dead, Caro Müller, Claude Benard, Concepto Estético, El Camarín, Gabriel Lage, Kallalith, Mishka, Rochas y Santesteban.

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